Y, ¿qué pasó con los habitantes de la calle?

9 de mayo del 2011

Son muchas las zonas de Bogotá donde se ubican, deambulan y duermen los habitantes de la calle. Bien sabido es que los habitantes de la calle, en su mayoría, son gente drogodependiente o con otro tipo de adicciones igual de peligrosas. Son miles de ciudadanos que viven en la calle y se dedican a recolectar plata –de una u otra manera, lícita o ilícita- para sobrevivir a su adicción.

Según el censo realizado en 2008 por la Secretaría Distrital de Integración Social en Bogotá había 8.385 personas que ostentaban la condición de habitantes de la calle. De esos más de ocho mil ciudadanos sólo poco más del 10% eran mujeres. Cerca del 9% de los habitantes de la calle eran menores de edad. Es decir, en 2008 más de 700 jóvenes vivían de manera infame, alejados de las escuelas, de sus familias, dedicados al vicio y al delito. A esa escandalosa cifra se le debe añadir la de los jóvenes entre 19 y 25 años que eran el 17.9% de la población identificada.

Conforme lo señaló la Secretaría de Integración Social, en Bogotá se venía presentando una reducción significativa en la población que se considera habitante de la calle, puesto que hace 10 años la cifra oficial del censo era de 11.832 personas en dicha condición. Según la Secretaría de Integración Social en 2004 se identificaron 10.077 habitantes de la calle.

Eso significaría, ante la ausencia de datos, que al cerrar el año 2010 debíamos estar en presencia de cerca de siete mil habitantes de la calle. Esos datos –y mi burda suposición- parecen bastante reveladores. Sin embargo, la percepción que tiene el ciudadano común dista de un diagnóstico positivo. Las calles del centro de la ciudad son el hogar de miles de habitantes de la calle; los caños son sus apartamentos; inmuebles abandonados son tomados por los indigentes para hacer sus hogares. Los ciudadanos asocian a los habitantes de la calle con inseguridad, drogas y peligro en general. Esto genera que episodios repudiables, como el video recientemente revelado de los oficiales de policía golpeando y maltratando a un habitante de la calle, se presenten.

Según el Informe de Gestión 2010 de esa misma Secretaría los resultados de las metas propuestas en esta materia son postivas. No obstante lo anterior, la percepción negativa de la ciudadanía encuentra sustento en el hecho de que hay ciertas inconsistencias con el censo realizado en 2008: mientras en 2010 se brindó atención a cerca de seis mil habitantes de la calle que se encontraban “programados” a renglón seguido afirma que se terminó brindando atención a 8.377 personas. Es decir no hubo reducción alguna en el número de habitantes de la calle en ese periodo (2008-2010) de gestión de Samuel Moreno. Y este es el número de ciudadanos que fue efectivamente atendido, ¿cuántos no se habrán quedado por fuera?

No es que el Distrito y demás autoridades no le hagan el seguimiento a una problemática que demanda para su atención miles de millones de pesos. De hecho, hay iniciativas conjuntas de la Policía Metropolitana y la Alcaldía Mayor que buscan reclutar habitantes de la calle para que participen en procesos de resocialización. Sin embargo, siempre hay lugar para mejorar.

Considero entonces que el Distrito enfrenta una serie de obstáculos nada fácil de sortear; entre ellos (i) la debida identificación de la población habitante de la calle; (ii) la formulación de políticas que resulten atractivas para las habitantes de la calle y que incentiven a los mismos a dejar esa forma de vida; (iii) conseguir partidas presupuestales que resulten suficientes para la ejecución de las diferentes estrategias; (iv) hacer seguimiento y control a los ciudadanos que completen los programas de resocialización; (v) informar y educar a la ciudadanía del estado de ejecución de los programas y en general, rendición de cuentas.

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