¿Y en diciembre qué hacemos?

22 de noviembre del 2018

Llegó noviembre y con él, la navidad. El problema es que esta fecha, tradicionalmente, es celebrada el 24 de diciembre, día en el que a las 12 de la noche un televisor con el volumen ‘a todo taco’ trae a colación que lo mejor para la suerte es una ‘patadita’; y que la emoción de […]

¿Y en diciembre qué hacemos?

Llegó noviembre y con él, la navidad. El problema es que esta fecha, tradicionalmente, es celebrada el 24 de diciembre, día en el que a las 12 de la noche un televisor con el volumen ‘a todo taco’ trae a colación que lo mejor para la suerte es una ‘patadita’; y que la emoción de la gente por la conmemoración es amilanada con la tradicional ‘agüita’.

El personaje propietario de esta frase, utilizada por más de 40 años, es uno de los referentes de la fiesta que, en mi concepto, ha perdido sorpresa por su arribo anticipado. Pero que, para muchos, es la cebra que marca el inicio de la autopista de la felicidad.

No estoy escribiendo que no me gusta la navidad. Por el contrario; si algo me cautiva es romper papel de regalo, sin respetar el trazo o borde establecido por la mamá que lo utiliza para convertir el presente en sorpresa.

Sin embargo, comenzar a ver árboles de navidad, extensiones de luz, barbas de Papá Noel y raquíticos renos desde el primero de noviembre, en cuanta zona social, ventana o recepción de edifico exista, es frustrante. Y más, cuando la resaca del 31 de octubre está entrando en furor y el coma diabético al que uno aspira con la recolección de dulces pierde su sitio y es desplazado por el colesterol alto, el sobrepeso y la tonelada de buñuelos, cuota final del bajón de barriga trabajado desde marzo, para poder lucir una camisa ‘cortada al sesgo’ el día de navidad.

No es justo que un progenitor, con dos adolescentes a su cargo, comience a ‘echar números’ y a pensar desde el 15 de octubre en el regalo que tiene que dar el 24 de diciembre. Dos meses y medio de tortura monetaria, cálculos cabalísticos, oraciones para que caiga el baloto y un deseo desenfrenado de darle un martillazo al ‘marrano’ color zapote que, con la ranura en el lomo, invita a gastarse hasta la última moneda ahorrada.

Como si esto fuera poco, en cualquier espacio de Bogotá puede uno encontrar algo rojo o verde que lo hipnotice y lo lleve a la locura. Y, en su defecto, si no hay rojo o verde, existe el dorado escarchado o el plateado en sus dos presentaciones: brillante y mate.

Los menús para la celebración comienzan a invadir los pasillos de los supermercados: pueden ser encontrados todo tipo de lomos, pollos, pavos, pescados, quesos y frutas. Igualmente, todo tipo de rebajas y remates.

Y ni qué decir de los regalos a comprar. 40 ‘Black Fridays’ aparecen; y eso que el mes tiene 30 días. Tres pares de zapatos por el precio de dos; cuatro camisas por $100.000; ropa de marca al por mayor, al por menor y para el más desplatado; bicicletas, patinetas, patines, monopatines y lo que se les parezca; muñecas gordas y flacas; y hasta balones cuadrados.

Según la Federación Nacional de Comerciantes, Fenalco, la navidad es la mejor época de ventas, por encima de los días de la madre y del padre. Además, para las comerciantes, promocionar en noviembre es una estrategia de negocios anticipada. Los vendedores aseguran que los compradores comienzan a solicitar los productos y los incautos, como yo, nos dejamos envolver por el atractivo de la celebración.

Sé que nadie ha podido resistirse ante los ojos tristes y melancólicos de una esposa que, por estas épocas, con voz entrecortada exclama: amor, ¿será que podemos comprar un par de extensiones de luz para el arbolito?

La frase, milimétricamente pensada, está elaborada desde el 24 de mayo y ‘embarricada’ en sendas artimañas neurolingüísticas que, al ser destapadas, generan una debilidad que se puede sentir desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie.

Tras la pregunta, el ataque es repelido con una ídem: ¿y cuánto es que cuestan?

Nuevo zarpazo: como 10 mil pesos, cada una.

La interpelación fue hecha el dos de noviembre. Las extensiones, compradas el cuatro del mismo mes.

El próximo 24 de noviembre tengo una cita importantísima, en la bodega que hace parte del apartamento en el que vivo: a las nueve de la mañana sacaré la caja del árbol, los muñecos, las guirnaldas y las bolitas, y las subiré al séptimo piso. Acto seguido, desempacaré, armaré e iluminaré la sala de mi morada. Claro: con la asesoría y gerencia de mi esposa; y arriesgándome a una pelea de diseño por colocar bien o mal los adornos.

Estos procesos, en antaño, comenzaban a ser desarrollados el cinco o seis de DICIEMBRE. Esos días eran los más esperados; eran la puerta a la llegada del niño Dios y sus regalos, el inicio de la fiesta en la casa y el ‘punto de caramelo’ de la ollada de ajiaco para mis primos, tíos y abuelos.

Pero ahora, con la postmodernidad, el previo de la fiesta se me ‘aguó’. Ojalá y el otro año no estemos celebrando el día del hombre el 31 de octubre o el día del amor y la amistad, en febrero.

Llegará el mes de la navidad y no tendremos qué hacer. Solo esperar a que el 24 nazca el niño Dios; y a que el 31, por obra y gracia del Espíritu Santo, ningún abuelito se atore con las 12 uvas de los deseos.

Amanecerá y veremos…

@HernanLopezAya

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