¿Y para qué amar…?

24 de septiembre del 2013

Algunos piensan que soy un amargado, que mi despecho es eterno y por eso rajó del amor, pero no es así.

Existen demasiadas cosas que jamás entenderé. ¿Por qué el periodo de las mujeres y los orines de los bebés es azul en los comerciales? ¿Por qué Calamardo tiene un pene por nariz? ¿Cuál es el hombre y cuál la mujer en las novelas coreanas?… Etc… Pero quizá el único gran misterio que quisiera poder explicarme es por qué carajos el amor nos jodió la vida.

Mi experiencia en el amor se mide en fracasos, por algo es que estoy soltero. Pero cabe destacar que el inicio de todo caos es el mismo amor, es esa maldita costumbre de caer en las melosas redes de un mocoso flechero con alas que se hace llamar Cupido. Y es que ese engendro de ángel debería ser condenado por terrorismo y genocidio ante tanto corazón roto. Su modus operandi es el más perverso, su truco está en encapricharnos con todo lo que nuestros amigos odien, viva lejos o nuestras perversiones no toleren (en mi caso todo se aplica con los habitantes de Hollywood).

Algunos piensan que soy un amargado, que mi despecho es eterno y por eso rajó del amor, pero no es así. Yo sí creo que en el amor, porque lo conozco, porque fui su víctima y hasta sonreí por su culpa, sólo que un día me desmovilice sin arrepentimientos. Cupido me clavó su flecha más seguido de lo que en mis cinco sentidos hubiera permitido, me deje llevar por lo dulce y me emborrache. Eso es el amor, una rumba que se disfruta bailando y cantando, que llena de publicaciones a Instagram y WhatsApp para en la resaca tener que eliminarlas, vomitar los te amo y decir que esa fue la última vez. Yo no vuelvo a amar es el nuevo yo no vuelvo a tomar.

Pero es la misma razón la que a uno lo lleva cada viernes de rumba que la que lo apendeja enamorado cada nada: ambas vainas se disfrutan mientras duran. Amar es un placer y ser amado es un orgasmo. La traga tiene sentido en el momento en que el ego se incrementa proporcional a la conquista, mientras la autoestima lo hace a uno más bonito ante la necesidad de que el pedestal en que uno subió al otro no este tan lejano. Suena a fórmula matemática, pero es mera química de gustarle física y filosóficamente a ese alguien que lo trasnocha y lo hace morir de celos.

Entonces como uno la pasa tan deli, es que cuando todo expira se jode la fiesta, pues le prendieron las luces al chuzo y se vio lo ridículo que uno se ve tragado entre descamisado y ojeroso. Un día después la resaca invade, sus amigos que antes se hacían los pendejos ahora le recuerdan cada oso, cada humillación y le confiesan que desde el inicio sabían que su media naranja estaba ya podrida. El despecho es un abrir de ojos que duele, luego se odia y al final se ve de nuevo todo bonito.

Entonces ¿para qué amar si quizá todo acabe? Pues para lo mismo que se vive si igual se va a morir un día. Amar sirve para sentir felicidad con apellido, abandonar la eterna soledad y quedarse con todo eso que queda de cada experiencia e incluso tener a quien culpar. Yo he amado y tras sobrevivir a la tusa he decidido vivir con mi mente llena del sabor de los besos, el calor de los abrazos y el dolor de mejillas por tantas sonrisas. También me quedo con el dolor de cada error y caída, el ardor de la decepción y el arrepentimiento de algún paso atrás. Soy dueño de lo bueno y lo malo para garantizar que aunque la próxima experiencia no sea mejor, sí sea diferente.

Fue un placer equivocarme, sin dudar lo intentaría otra vez” – Santiago Cruz.

En Twitter: @pipido

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