Yo sí sé quién es usted

10 de marzo del 2015

El común denominador es la soberbia insensata del infractor, al que todos le quedamos debiendo. Increíble.

Yo sí sé quién es usted, Nicolás Gaviria, y ese grupo de fantoches colombianos que están convencidos que esto es una monarquía, y que ustedes, por supuesto, sintiendo ese abolengo que les da una posición de poder, propia o de un familiar cercano, o quizás por tener algo más de dinero que la mayoría, terminan por creerse la mentira de pertenecer al grupo de la nobleza de sangre azul que habita nuestro país, y se arrogan así, el derecho de pasar por encima de quien sea, como sea, y a la hora que prefieran. El último incidente del señorito Gaviria, de casi 30 años (no es ningún niño), es solo uno más de esa muestra de desprecio que este tipo de personajes, mal educados, ignorantes, primarios y bastante, pero bastante, ridículos, sienten por las reglas, la autoridad y el resto de la sociedad en nuestro país.

Lo casos que hemos visto durante los últimos meses, como los de los senadores costeños Merlano y Acuña, sorprendidos mientras manejaban borrachos, igual que el concejal de Chía Carlos Martínez, quien se atrevió a penetrar la puerta principal de la Escuela Militar (no sé cómo salió ileso del incidente), o Moreno de Caro que resolvió meterse en contravía en una calle bogotana como si cualquier cosa, o el hijito del magistrado de la Corte Suprema de Justicia que al parecer decidió echarse un polvo en medio de la calle usando como colchón un carro oficial que pagamos con los impuestos de todos, son solo ejemplos, capturados en video (imagínense cuántos de estos incidentes suceden sin ser gravados), en los que el común denominador es la soberbia insensata del infractor al que todos le quedamos debiendo. Increíble.

La obsoleta discriminación de clase que aún existe en Colombia, como lo demuestran una y otra vez no solo los videos mencionados, sino también el matoneo a los estudiantes del programa Ser Pilo Paga, por ejemplo, son sintomáticos de una sociedad anclada en valores feudales, que hace tiempo la dejo el tren de la historia. Solo basta imaginar lo que le sucedería a Nicolás si se atreviera a levantarle la mano a un policía de un país del primer mundo, como lo hizo en Colombia. En EE.UU. tendría una condena de hasta de 10 años de prisión. Además, indigna ver la agresividad del borracho este, y la pasmosa pasividad de la policía, que lucía asustada, pues estoy seguro que sí al menos lo hubieran reducido y esposado después de haberlos golpeado, todo el país hubiera aplaudido y respaldado la actuación de los agentes esa noche.

Este tipo de actos, o libritos lambones, como el del embajador en España Fernando Carillo que le dio por titular “La estirpe de los Santos. De la libertad de la patria a la paz de Colombia” (háganme el favor), son precisamente la justificación que han usado algunos asesinos en los últimos 50 años para cometer sus crímenes. Triste pero cierto, nos vamos a demorar un buen número de años, todavía, en llegar al siglo 21.

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