Yo también odié a un vegetariano

18 de junio del 2013

El problema, como siempre, es el proselitismo, el entusiasmo del otro por embutir su visión del mundo en los ojos ajenos.

Salí con una persona que no conozco mucho. Rápidamente llegamos a esa conversación a la que llego, desde hace 17 meses, con todas las personas que acabo de conocer. Esa en la que confieso, con un poco de temor, que soy vegetariana.

El miedo se debe a que el interlocutor crea que estoy loca y, más recientemente, a que crea que yo soy la vegetariana de Carulla, la que todos conocimos por ese video en Facebook en el que ella, furiosa, se hace un champú de lechuga a favor de los animales. (Aplausos, amiga, gran logro). Pero sobre todo, temor a que yo le parezca una imbécil propagandista como a mí me pareció imbécil de proporciones épicas el primer vegetariano propagandista que conocí en la vida.

Kalpan Sha no soportaba el olor a pollo envuelto en tocineta de mi plato. Mr. Sha llegó a mi vida hace 12 años y se quedó sólo 5 meses. El tipo me cayó gordo. Nada que hacer. Pero en mi defensa diré que a los 16 años no son buenos los criterios que uno tiene para determinar si una persona merece su simpatía o no. Era un ingeniero de sistemas, un inmigrante de la India que conocí por mi hermana, y por situaciones complejas, y ahora chistosas, convivimos los tres con mi mamá en Poughkeepsie, Nueva York. Sí, Poughkeepsie.

Cada que comía, Kalpan inspeccionaba con detenimiento el queso, las verduras, la pasta o el arroz para asegurarse de que no le habíamos metido un golazo de proteína animal en su plato. No podía comer vegetales, ni leguminosas, ni carbohidratos que habían sido cocinados en un olla usada para cocinar animales. ¿Aunque esté lavada? ¿No? Bueno.

Alguna vez preguntó que si el quinto mandamiento de la religión católica se refería exclusivamente al respeto por la vida humana. No tuvimos respuesta. Por Kalpan, mis mejillas untadas de salsa BBQ después de un desenfrenado encuentro con las costillas de Ruby Tuesday’s, de esas a las que se les cae la carne del hueso con solo mirarlas, no fueron bien vistas. Por mis desenfrenados encuentros con costillas y por Kalpan, no volvimos a Ruby Tuesday’s, al menos no juntos.

Jamás oí un argumento para justificar o explicar su vegetarianismo. Tampoco lo pedí y no era necesario que lo tuviera. Yo sabía que su cuento estaba fundamentado en la religión que profesaba y, lo más importante, sabía que cada cual se mete a la boca lo que quiera. El problema es que él no parecía saber lo segundo.

El problema, como siempre, es el proselitismo, el entusiasmo del otro por embutir su visión del mundo en los ojos ajenos. Y ese tal vez sea mi gran temor. Que la sola e insignificante frase que ahora repito periódicamente, “soy vegetariana”, sepa a coctel de religión y fanatismo con un poco de trastorno alimenticio.

Comida vegetariana a domicilio, Freshii, Kienyke

Yo detesté a Kalpan por muchos otros motivos. Pero el caso es que yo también odié un vegetariano y por eso me creo mejor vegetariana. Me lo creo totalmente, pero otros dirán lo contrario. Creo que al vegetarianismo se llega por muchos caminos, con diferentes motivaciones, pero solo. Y debe quedarse uno ahí, o volver a comer animales, solo, sin lío, sin la afanada búsqueda de prosélitos.

Yo llegué al vegetarianismo antes de volverme vegetariana, cuando descubrí que realmente no quería comerme un animal si podía alimentarme de otra cosa, cuando vi cosas que ojalá pudiera olvidar, y cuando pensé que el placer de mi paladar no justificaba el dolor de un animal. Un año después dejé de comer animales. Cinco años atrás compraba el abono para ir a todas las corridas de la temporada taurina y en el remate comía chicharrón.

Claro, para qué voy a negar que cuando estoy borracha el cerebro me dice que vaya por tocineta, que hace rato no probamos esa delicia, pero aún no sucumbo a la tentación. Si pasa, creería que me subiría nuevamente al bus vegetariano, sin lío, o tal vez vomite.

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