¡A parir ideas se dijo!

29 de abril del 2011

De los aspectos más importantes sobre el legado para unos y herencia para otros, de nuestros antecesores del siglo pasado y antepasado, es el de las hijuelas de la conceptualización racional de las ideas. Ideas que posteriormente se materializaron y se concretaron en actos de valía que trascendieron en manifiestos políticos, normas jurídicas y protocolos de aplicación diplomática en la cosa pública.

Hoy en día encontramos las banalidades en primeras páginas de los principales diarios y revistas de circulación nacional e internacional. Si definimos el adjetivo banal, comenzamos por descifrar una de las banalidades lingüísticas mas cotidianas, pues no se concibe como algo que tiene poco valor o importancia por su naturaleza o por su falta de contenido; o algo trivial, nimio, sin importancia, irrelevante, sino como algo “light”; esto para empezar es una gran banalidad.

Está a la orden del día que en las reuniones de alto nivel social, económico y político temas como el de la boda entre Guillermo y Kate, los calzoncillos del príncipe, las alhajas de la novia, el ajuar de la reina y el entorno de los contrayentes sean puntos de la agenda, dejando de lado lo realmente sustancial, sobre todo en una sociedad como la nuestra que clama a gritos por la aparición de cabezas pensantes, que den al menos avistamientos de propuestas que nos saquen del hueco negro en que estamos sumidos, cada vez más profundo y oscuro.

Recuerdo con nostalgia desde lo emocional y con tristeza y anhelo desde lo intelectual, las tertulias y la bohemia que se vivían en la casa de mi padre. Eran reuniones que volviendo al primer párrafo traían a colación los pensamientos fantásticos de Miguel, los trágicos y psicológicos de Fiódor, los dramáticos y poéticos de Johan Wolfgang, los narrativos de Quevedo y los geniales de Jorge Luis. Esto en materia de literatura, pues en materia musical la lista se haría interminable, ya que al calor del coloquio intelectual, se oía con gran respeto tanto las obras armónicas de los clásicos, como los deliciosos y melódicos tiples de los vernáculos; ambos con suprema admiración.

Con esto no estoy pretendiendo que nos convirtamos en maquinillas de parir ideas con tendencia restringida hacia lo intelectual y excluyentes del pensamiento eventualmente mundano, pero sí valdría la pena dedicar más tiempo de nuestra producción cerebral a temas y actividades realmente enriquecedores para nuestra propia persona, nuestra familia y nuestro entorno, que repito, requiere de la aplicación de percepciones y pensamientos juiciosos, que realmente aporten. Sí, que aporten: no importa en qué ámbito, si es político, económico, religioso, deportivo, jurídico y/o sentimental pero que aporten en lo positivo y construyan.

Si lo que queremos es parir ideas y ojalá colectivamente, habrá que partir entendiendo lo que las ideas son en su conjunto. Esto de inmediato nos remite a las ideologías, que por lo general se fundamentan en dos pilastras: la representación de un concepto y el móvil que lo materializará, o programa (plan) de acción. Aquella representación conceptual da un criterio personal del asunto sobre el cual se va a parir la idea, basados en la realidad (con casos excepcionales como el de Cervantes), a partir del cual se hace un análisis y un juicio de valor, que por lo general trae consigo una comparación frente a un tercer concepto. El plan de acción para ejecutar la primera parte supone dejar de lado la concepción de lo sustantivo de manera utópica, es decir, bajarlo de ese estadio inalcanzable para traerlo y aplicarlo. No recomiendo el método maquiavélico, sobre todo en Colombia, donde ese fin que justifica los medios, lo único que hace es deslegitimar el concepto y generar consecuencias nefastas, por lo general irreparables.

Para este tema poco baladí y que nos acerca a la cosmovisión, bueno es traer las ideas de Wilhem Dilthey, que en su obra sostuvo que la experiencia vital estaba fundada, no sólo intelectual, sino también emocional y moralmente, en el conjunto de principios de la sociedad y de la cultura en la que se había formado. Se habla de principios comunes que inspiran teorías o modelos en todos los niveles: una idea de la estructura del mundo.

Haciéndonos a la idea, de lo importante que es parirlas, pienso de manera irrestricta que si hacemos una inversión más costosa en lo intelectual, pero apostándole a mejores dividendos que los del chisme, con toda seguridad el balance a la hora de la liquidación, va a ser mucho más positivo para nuestros hijos.

Los invito a un parto delicioso: desembarazado, sin dolor, ausente de quirófanos y batas y sin precedentes en las historias que cuentan las parteras; los invito a parir ideas. A ese exquisito alumbramiento de la intelectualidad.

Echémosle cabeza: ¿será que por estos tiempos, en este planeta nos necesitan más pensando en “los huevos del gallo” o en los de la famosa “gallinita” política, o en la Calle 26? ¡A parir ideas se dijo!

Twitter: @colconmemoria

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