¡Qué metida de pata!

15 de marzo del 2011

En su columna de El Espectador del domingo pasado, titulada “Certificado de Negro”, Héctor Abad Facio-Lince se queja de que en Colombia se esté aplicando la “acción afirmativa” o discriminación positiva a favor de los afrodescendientes para garantizarles privilegios por sus características étnicas. El escritor ridiculiza esta política haciendo una comparación totalmente equívoca e injusta, a mi modo de ver, con el nazismo que buscaba favorecer a los arios en perjuicio de otras etnias.

Aquí se le fueron las luces al señor Facio-Lince y, por dárselas de irreverente o “bastardo” como se autodenomina en su columna, metió las de caminar. Es que una cosa es mantenerle los privilegios a una raza a costa de eliminar otras, como de hecho sucedió en la Alemania nazi, y algo muy distinto es disminuir las desigualdades que por siglos se han erigido contra afrodescendientes e indígenas en nuestro continente.

Los arios, miembros de esa raza que hacía suspirar de emoción a Hitler, tenían el poder, tenían la fuerza del gobierno, se habían adueñado por medio de la intimidación y el autoritarismo de los medios de producción y utilizaron la brutalidad y las armas para mantener y ampliar la supremacía aria y llevar al exterminio al pueblo judío y a todos aquellos que no eran considerados dignos de la pureza étnica que pregonaban.

En la Alemania Nazi no se trataba de proteger a nadie, sino de imponer una supremacía por la fuerza, sin ninguna legalidad, con métodos de barbarie que nadie en su sano juicio puede siquiera comparar con lo que hoy se busca establecer como mecanismo de compensación histórica.

No, señor Héctor Abad, no es lo mismo, no acuda al sofisma insostenible de comparar la búsqueda de equidad con poblaciones aplastadas y discriminadas, como las afro y las indígenas, con el aborrecible nazismo. Eso no le queda bien a un intelectual de su talante.

Las poblaciones afrodescendientes e indígenas coinciden casi que milimétricamente con los sectores más empobrecidos del país. El Chocó, la Costa Nariñense, la Caucana, Buenaventura, los pueblos wuanan, arhuaco, wuayú, tucano, paez, guambiano y en general todos los lugares de Colombia donde hay presencia indígena y afro, carecen de los más elementales servicios del Estado. En estos sitios el suministro de agua potable, energía, saneamiento básico y comunicaciones es mínimo, la educación básica es precaria y la superior inexistente, el nivel de atención en salud no pasa de los servicios básicos y ni que hablar de las vías que debieran comunicarlos con el país desarrollado. ¿Ha transitado usted por la carretea a Quibdó? ¿Sabe cómo se llega a Guapi, o Puerto Merizalde? ¿Conoce algún camino que comunique con Puerto Leguízamo o Mitú?

Como si esto fuera poco, los territorios de población indígena y afrodescendiente son aquellos con mayor presencia guerrillera, de paracos o narcotraficantes. Estas poblaciones son las que más han sufrido el desplazamiento y están pagando con sangre el descuido del Estado a sus comunidades, llámense cabildos o territorios comunitarios.

Es muy fácil señor Facio-lince desde su cómoda posición de intelectual, de viajero frecuente, de paisa blanco, de mimado por la prensa, reírse de los tímidos avances que han logrado en su larga lucha los afros y los indígenas. Pero es extraño que lo haga alguien que, como usted, ha demostrado ser consciente de las injusticias de este país. Entre otras cosas, porque los afro y los indígenas no son quienes legislan, ni quienes gobiernan. Con muy escasas excepciones aquí los legisladores son blancos, de estrato alto, con educación superior y viven en los sectores ricos de las grandes ciudades y no precisamente en Aguablanca, Ciudad Bolívar o la Comuna Nororiental de Medellín, donde si sobreviven, en medio de penurias injustificables, una gran mayoría de  afrodescendientes, indígenas y mestizos. Para estas poblaciones, empobrecidas y olvidadas, es que existe la acción afirmativa, que en nada amenaza los privilegios de otras poblaciones como a las que pertenecemos usted y yo.

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