¡Qué sean niños!

9 de diciembre del 2010

Los esfuerzos de la senadora Gilma Jiménez para evitar el maltrato infantil son encomiables. No sólo los aplaudo sino que considero, además, que la legislación debería llegar hasta el extremo de penalizar cualquier forma de ridiculización de la infancia, así la lleven a cabo los padres o se ejecute con su consentimiento. Esta época es propicia para cometer exabruptos en aras de impulsar un protagonismo infantil, sin fundamento más allá del afecto y de la ternura doméstica. Hace un par de años, en esa hora del atardecer del 24 de diciembre en la que hasta no hace mucho los menores se regocijaban con la expectativa por la llegada el Niño Dios, emergían del rimbombante club de una ciudad costera dos señoras con sendas párvulas de alrededor de siete años. Los comentarios de las madres, de estrato seis, ponían de presente que salían de una fiesta infantil con motivo de la Nochebuena.  Una de ellas, entre gestos de éxtasis, enhebraba frases del corte de “¿viste como el hijo de menganita apechichó a la nena?”, mientras la otra balbuceaba idioteces que denotaban admiración. Bastaba ver la niña objeto del apretón para encontrarse con un esperpento: iba maquillada como una cortesana en miniatura al igual que su compañerita; vestía al estilo de una Miss y el peinado sugería un pastel de Saint Honoré.

En estas fechas, las peluquerías se forran pintarrajeando y travistiendo criaturas como damiselas, peinándolas como vampiresas y llenándolas de sombras y de escarcha brillante para, como manifestaba la oronda tía de una chiquilla de escasos cinco años, estimular “esa vanidad femenina que es tan bonita”. ¡Vaya estupidez! La niñez es efímera y tendría que estar prohibido violentar una etapa de la vida cuyo patrimonio es la inocencia. Lo peor es que el asunto encuentra un acicate en numerosos medios de comunicación, y en todo el andamiaje que los rodea, por la búsqueda a ultranza de una sintonía o, tal vez, de pingües dividendos comerciales. Si en los noticieros está reglamentada la aparición de menores, en otros programas no parece haber política alguna al respecto siempre y cuando lo autoricen los padres. Basta ver el absurdo de las escuelas de modelaje para niños y el resultado de sus enseñanzas: toda suerte de contorsiones que pretenden darle relieve a una sensualidad imposible y unos melindres de payaso.

Por estos días, en uno de los canales, se lleva a cabo una especie de reality para seleccionar un coro infantil. Lo que podría tener cierta ternura y hasta candidez posee una cursilería mayúscula. El jurado, ante las caritas de frustración de los rechazados de 5 a 10 años, enhebra frases como “te voy a decir algo superimportante para tu carrera” o “la vida del artista es caerse y aprender a levantarse” y otras tonterías. A esas edades, ¿cuál carrera y cuál artista? Ni hablar de los textos, ensayados hasta la saciedad, que cantan los minúsculos concursantes con unos gestos acaso impostados con el beneplácito paterno. Un muchachito de 7 años, vestido como casi todos los participantes masculinos de mariachi, con pistolas al cinto para acentuar su condición de macho, decía “no sé si puedo volver a amar porque ya te di todo el amor que puedo dar”; otra niña, entre  melindres, manifestaba que “te necesito pero tu amor ya no es para mí”. ¡Un poco de seriedad! Ojalá la niñez se extendiera por más tiempo, se hiciera hasta lo imposible por impedir cualquier forma de maltrato hacia ella, incluida la caricaturización, y se dejara de suscitar, a través de la banalidad y del escarnio, la tragedia de los embarazos a los doce años y la monstruosidad de la pedofilia.

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