¡Quién cree en este manicomio!

14 de agosto del 2011

La garrotera entre Santos y Uribe no es otra cosa que atraso político. A Santos lo puso Uribe en el puesto de presidente hace solo doce meses y desde el primer día de gobierno empezó la provocación y la campaña contra su antecesor y patrocinador, como si fuera el peor enemigo. En los catálogos para […]

La garrotera entre Santos y Uribe no es otra cosa que atraso político. A Santos lo puso Uribe en el puesto de presidente hace solo doce meses y desde el primer día de gobierno empezó la provocación y la campaña contra su antecesor y patrocinador, como si fuera el peor enemigo. En los catálogos para aprendizaje del poder por correspondencia dice que el primer paso consiste en escoger bien al enemigo y Santos escogió a Uribe.

¡Qué no hizo Uribe para elegir a Santos presidente! Puso al servicio de esa candidatura de probeta la maquinaria enorme del poder que había consolidado a punta de puestos, presupuesto, arbitrariedades y protagonismo a lo largo de ocho interminables años en los que tuvo a sus pies a los medios de comunicación, la burocracia, la fuerza pública regular y buena parte de la irregular, pasando por los hilos más delgados de la política nacional y local así como por los gremios empresariales que no se quitaron las rodilleras. Uribe llegó hasta a insultar a los contendientes de Santos con frases como aquella infame del “caballo discapacitado”.

Elegir a Santos no era fácil. Este personaje mimado por los presidentes que en su provincianismo e inseguridad en sí mismos se congraciaron con El Tiempo nombrándolo ministro de todo y paseándolo por el mundo entero en baldaquín, era desconocido para los colombianos del común y más que desconocido, lejano. Más bien parece un figurín entresacado de las ramas de colonias en América del árbol genealógico de los Borbón, en uso de funciones nobiliarias fuera de época. Un anacronismo. Nunca descendió a la arena del circo público, al barro de la política. No tuvo necesidad como los demás que aspiran a cualquier cargo de elección popular en Colombia, que si no se rompen el lomo aventando carretera y canoa para ir de pueblo en pueblo por entre andurriales y raudales plagados de guerrilleros, paramilitares y facinerosos de mil calañas, “no llegan a ningún Pereira”.

Conociendo a Uribe presiento la ira que debe sentir con solo pensar que le entregó el poder gratis y en bandeja a este personaje tan distinto a él. Uribe un montañero forjado a brazo partido en medio de vicisitudes y circunstancias azarosas, que peleó como tigre encelado durante años cada milímetro del enorme campo de poder que conquistó, que arrancó desde Salgar en el suroeste antioqueño y atravesó cordilleras y sabanas haciendo pactos hasta con el diablo y encantando pueblerinos por los meandros de “los caminos de la patria” como dice él, hasta llegar a la Casa de Nariño. Santos un cachaco bogotano que no tuvo sino que caminar sobre alfombra roja desde la Avenida Jiménez con séptima hasta el Palacio Presidencial, a solo cuatro cuadras sobre pavimento.

El Tiempo siempre ha estado con los presidentes elegidos, ninguno tenía que conquistar sus afectos, su sitio está en el poder al que le atribuye la verdad y la razón, con o sin razón. Ese ha sido su gran negocio. Pero aquí como los presidentes llegan al puesto de carambola desde hace décadas cuando se acabaron los líderes políticos, tal vez después de López Michelsen, El Tiempo es el que les da entidad, reconocimiento y resonancia nacionales. Los tipos se sienten halagados y hasta importantes con las lisonjas y la obsecuencia del único diario de circulación nacional. Sobre todo se sienten agradecidos, acogidos en el círculo de las castas del poder santafereño. Y se mueren de miedo de que al periódico o a alguno de sus columnistas de pronto les dé por despreciarlos o por mostrarles los dientes con cualquier parrafada o cualquier titular o cualquier foto desaliñada o con cualquier caricatura mordaz que en sus debilidades íntimas los ponen a trastabillar, así como la adulación o la simple consideración los infla y magnifica. Entonces ahí tienen a los Santos para montarlos en los tronos.

A Uribe por ejemplo se le ocurrió desde condecorar al viejo Hernando en la gobernación de Antioquia, algo extravagante en el ambiente cerrero de nuestra parroquia, hasta llevar a “Pachito” a la Vicepresidencia de la República, un chiste y un susto a la vez. Y como si fuera poco, puso a Juan Manuel en el Ministerio de Defensa y luego en la Presidencia de la República. Uribe se pasó de faena con los “santos” y a estas alturas debe revolcarse del arrepentimiento porque le pagaron con burla y traición, que es el final irremediable de la obsecuencia.

Empecé diciendo que el enfrentamiento entre Santos y Uribe es prueba de atraso político. Pero no solo de atraso sino de retroceso, porque quién en la calle entiende la política y quién cree en la política que se desenvuelve es semejante escenario de traiciones y contradicciones. Los dos tipos de la yunta tirándose los trastos y dándose hasta con el balde, mientras los que perdieron las elecciones resultan de la noche a la mañana en el gobierno muertos de la risa. Cuál es el rumbo de esta nación convertida en semejante sainete, o mejor, en semejante manicomio…

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