¿Cómo se las habrá ingeniado Yiyun Li?

8 de diciembre del 2010

Para la envidia de los demás escritores americanos, Yiun Li, una ciudadana china cuyo uso del inglés es reciente e imperfecto, acaba de ganarse una beca Mac Arthur. La beca consiste en la promesa de libertad total para escribir y vivir que concede medio millón de dólares que le serán consignados a su cuenta en los próximos cinco años, sin condiciones.

Cuando alguien se gana la Mac Arthur, no debe prometer nada. Yiyun Li puede hacer lo que mejor le parezca con su tiempo y dinero, y apuntar al resultado que desee. Los demás escritores se preguntarán entonces, no sin cierto secreto dolor, ¿Cómo hizo?

Esta curiosidad me llevó a leer su nueva colección de cuentos, Gold Boy, Emerald Girl (Niño dorado, Niña de esmeralda) publicada este año por Random House en inglés, y esperando ser traducida al español en un futuro cercano. Busqué una fórmula mágica, una novedosa forma de estructurar que los demás no habían descubierto, o alguna fuente de metáforas de belleza infinita. Lo que encontré, aunque no me defraudó, me dejó fría.

Yiyun Li se da el lujo de construir estructuras abiertas, sin gran resolución. En vez de elaborar suspenso, o llevar a sus personajes hacia un cambio inevitable, única meta buscada por las hordas de cuentistas que sueñan con la publicación, Yiyun Li toma pedazos de la vida de sus personajes. Estos pedazos son más incompletos que representativos de una unidad. En Kindness, (bondad), leemos sobre la juventud de una mujer que de militar pasó a ser profesora. El hilo narrativo lo dan una serie de sinsabores y desencuentros que desembocan en una vida común y solitaria. En A Man like him (Un hombre como él), somos testigos o voyeurs del encuentro forzado de un profesor viejo con un hombre a quien su hija ha acusado en un foro de Internet. El encuentro no desemboca en amistad, y sólo tiene sentido para uno de los personajes.

Sin embargo estos escritos tristes, que se rehúsan a dar al sentimentalismo del lector satisfacción alguna, no carecen de fuerza. Yiyun Li nos muestra a sus personajes con una transparencia fría, sin ninguna pretensión. Su prosa es escueta, y en eso consiste su elegancia. Muy de vez en cuando, después de pasar páginas y páginas, nos sorprende con un par de líneas de innegable belleza, alguna descripción que hace que su cuento se convierta en una pintura por dos segundos, y agradecemos que se hayan salvado de sus tachones editoriales, los cuales deben tener muy poca misericordia.

No obstante, con tanto talento suelto por ahí, y tantísimos escritores inmigrantes tratando de sobreponer su tierra de origen a su nuevo país, uno se sigue preguntando por qué la prosa de Yiyun Li ha sido la escogida. La primera razón es bastante obvia: la escritora ya venía con una impecable trayectoria de cuentos en las mejores publicaciones americanas y distinciones como figurar en la lista de Granta de los mejores escritores menores de 35 y de la revista New Yorker de los mejores novelistas menores de 40.

La otra razón, me atrevo a decir, es porque una escritora china que escribe en inglés, puede supuestamente explicarle a los americanos qué están pensando y sintiendo esos temibles rivales que tienen, los chinos. Creo que Yiyun Li tiene eso en común con la maravillosa Jhumpa Lahiri, que ganó un premio Pulitzer tras haber escrito nueve cuentos: una hija de inmigrantes de la India que le explica a los gringos qué es lo que están pensando, y sintiendo esos miles de seres humanos que están empujando una de las economías del futuro, y dándoles varias vueltas cuando de tecnología se trata.

Yiyun Li nos muestra un mundo gris de almas resignadas a su soledad. A veces juega con exponer a estos seres frágiles a invasiones modernas, como Internet. Y en vez de ofrecernos una resolución fácil, nos deja un vacío, nos deja preguntas.

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