¿Con qué lo curaremos?

10 de mayo del 2011

A nadie que tenga una mirada más o menos cercana a los ideales de una democracia (por lo demás, generalmente en la práctica improbable) le interesa que en un país la oposición sea desmesuradamente débil.

Cuando eso ocurre, la alternancia en el poder nacional de las ideologías o por lo menos de las tendencias asumidas por diferentes partidos antagónicos y no coincidentes,  que se supone es la base de esa democracia que se  considera “justa” y “completa” solamente porque permite el ejercicio del poder de elegir y ser elegido y de todo lo demás se olvida, esa alternancia,  no opera  y se establecen poderes prolongados por décadas, poderes ilegítimos.

Por eso observando la historia de Colombia del siglo XX, se puede decir que en este país no hubo democracia, tiempos eternos cuando estuvimos atornillados por décadas y cuatrienios al reemplazo previsible y automático de dos partidos que en el fondo eran poco más o menos el mismo, que cada cuatro años se hacían al poder para tener su cuota histórica de corruptela, venalidad y clientelismo.

Así era antes del Frente  Nacional, durante (gran pico de la falsa democracia) y después hasta el año 2002, cuando se repitió gracias al cambio de articulitos la experiencia bárbara del Frente Nacional, esta vez ya no en cuatro periodos presidenciales con diferentes mandatarios del bipartidismo, sino con dos periodos en cabeza del mismo Supremo, que pretendió quedarse cuatro años más en el que se pretendía un largo Frente Nacional de la Seguridad Uribista.

Engendro que gracias a la  separación de poderes que Uribe quería destruir, terminó por permitir la decisión de la Corte Constitucional que implica que don Álvaro no podrá nunca regresar al poder ejecutivo, directamente claro está, porque el Supremo quiere gobernar contra viento y marea. Allá Santos si se la deja montar.

Por fortuna la Corte lo extrañó del poder, de su poder y por el cual pasaron cosas aún más graves de las que conocidos entonces, como estamos viendo en estos tiempos cuando todos los tumbes y corruptelas del gobierno del “Estado de Opinión” afloran y se acumulan como una hedionda lava de un arrasador volcán.

Justamente a la sombra de esos tiempos del siglo XX en los cuales la oposición fue violentada o simplemente no se consolidó por su propia mediocridad y canibalismo (como ahora) se desataron los procesos de violencia propios de un país donde no había oposición, donde no había contrario, donde no había remedio. Chulavitas, cachiporros, pájaros, guerrillos, paracos… ¿Cuantos años  de guerra ha vivido Colombia  debido al uni-partidismo que ahora se recicla en la Unidad Nacional que recoge de nuevo todo lo azul y casi todo lo rojo?

No le interesa pues en estos tiempos a los detentadores del unipoder que no exista oposición. Saben bien que los procesos de violencia se dieron en el marco de las ideas únicas. Claro que no es fácil convencer al poder tradicional en Colombia de la necesidad de una oposición. Pero –y valga la perogrullada- a quien menos le interesa que se acabe la oposición, por ella misma y por el país, es a la propia oposición. Y con todas las metidas de pata, las carencias de visión y de estrategia, las señales contradictorias y las equivocaciones avasallantes, parece que dentro del Polo Democrático Alternativo no se han dado cuenta que esta vez -casi sin la ayuda de los poderes antagónicos- la oposición de izquierda en Colombia se ha encargado de festinar un proyecto histórico como era el Polo, a punta de mezquindad, egoísmo, turbulencias éticas, jugando un ajedrez errático y previsible, como si fueran damas… chinas.

En general, en la política suelen ser los que están en el poder quienes cometen más errores que les cuestan partes o el todo del poder, en los relevos naturales de la democracia. Pero son pocas las veces en las cuales es la oposición  la que comete la mayor cantidad de bestialidades  que le impiden relevar en el poder a quienes lo ejercen. Y lo que es más grave en este caso, faltando la dirigencia del Polo a sus deberes deontológicos de no permitir que la izquierda fuera comparable en corrupción y capacidad leonina, a las inveteradas tradiciones delincuenciales de la derecha.

Justo en el momento en el cual el país había logrado salir del unanimismo y de esa especie de perverso determinismo que suponía todo debía conducir o provenir de Uribe, en ese momento ideal del principio de la decadencia de Uribe tras  seis meses o nueve meses alejado del poder, se esperaba que la oposición, la única que quedaba ante el ingreso del partido liberal a la Unidad Nacional de Juan Manuel Santos y el intento de Petro de meterse en ella, aprovechara el cuarto de hora para destorcer el camino y avanzar, a pesar de las partidas de luchos y petros, estandartes del oportunismo y del individualismo.

Pero no. El Polo se dedicó a callar, a tapar, a esperar, en lugar de salirle al corte a lo que todos y desde siempre sabíamos, que había un  sector en su seno corrompido de proporciones sospechadas y calculadas. Y pasó lo que tenía que pasar. Iván Moreno fue a dar a la cárcel acusado de varios delitos y el “opus-obispo” pre juicioso” contra todas las evidencias jurídicas sacó al inútil  e incompetente Samuel. De manera tan poco apegada a las normas, que corremos el peligro de que Samuel vuelva a la alcaldía y sigamos siete meses más en el reino de la baba al viento.

Hoy el Polo se convierte en un  rey de burlas, en el partidito que reacciona sin agenda, justificando sus errores en las presiones de los medios o en su supuesta invisibilidad en la prensa. Una colectividad que durante sus años de éxito, poco hizo por la construcción de Partido, ocupado como ha estado en defender los feuditos de partiditos tradicionales (de izquierda tradicional). Un partido al cual poco le importaban las coyunturas  de la problemática del pueblo llano (minga, movimientos estudiantiles etc.) y que solo salía a la calle para celebrar recuerdos momificados. Un Polo que era incapaz de leer la cotidianidad de la gente para lograr en esa lectura procesos de identidad con el pueblo. Un partido impulsado por la autosublimación de ideas anquilosadas, defendiendo aún hoy estepas estalinistas.

Si, un rey de burlas que le pasa a Santos una terna para reemplazar a Samuel Moreno, producto de las componendas y dificultades del “centralismo democrático” como los comunistas llamaban a la farsa de la democracia soviética, en la cual el pueblo ni elegía ni era elegido.  Una terna en la cual dos van de calanchines, Taricisio Mora y Jaime Moreno y una señalada, Mariela Barragán, Secretaria de Desarrollo Económico del gobierno de Moreno. ¡No se les ocurrió sino lo obvio!

Habrá que ver si Juan Manuel Santos que sabe de póker asume este trío. Se plantea pues la continuidad milimétrica del gobierno de Samuel. Pierde el Polo -en otra decisión absurda y poca cosa- la oportunidad de ternar a tres personas para que se escogiera una que tratara de enmendar la debacle del morenismo. El liquidador o la liquidadora de la alcaldía harán su triste y nuevamente mediocre tarea.

Una terna lánguida, de relleno. Como el Polo de hoy, un partido debilitado -y no lo quiera el destino- condenado a convertirse en un grupo de izquierda como los de los años 70, 80 o 90, si sus dirigentes no se ponen las pilas y usan, cuando menos, la imaginación.

Tan grave es la crisis del Polo en materia de cuadros dirigentes, que hasta el nombre del exsenador  Jaime Dussán estuvo en la baraja para la terna. Y hasta nombres de exministros a quienes no les alcanzaba su usual paracaídas de aterrizaje  a última hora para comerse el banquete y para caer de papaya en la alcaldía.  ¡Qué olla!

Un partido tan averiado que sus grandes nombres como Carlos Gaviria, Jorge Robledo o la misma Clara López, no quisieron o no pudieron asumir el lastre que deja Samuel en el Palacio Liévano. Un partido donde nadie de los grandes es capaz del gesto generoso de medírsele a tratar de destorcer el entuerto, la enorme embarrada política, administrativa y moral del incapaz Samuel Moreno.

Entre los muchos pecados veniales del Polo, cometieron uno mortal y lo hicieron hace rato: dejar que la izquierda social demócrata de Petro y la radical comunista (que quizás hubieran podido convivir) se unieran para “construir” partido con gente como los Moreno y más de un exsenador venal. Con su pan se lo coman. Hoy el Polo paga las consecuencias de cruzar caballos no con asnos, sino con mulas atravesadas, a sabiendas que de eso no sale nada, que eso ni siquiera multiplica y más bien resta… Y otro gran pecado: cambalachear el llamado Ideario de Unidad no pocas veces por puestos y prebendas.

Qué triste sería que la izquierda volviera a sus dramáticas sub-proporciones de tantos años del siglo pasado, cuando apenas alcanzaba a arañar el uno dos por ciento de los votos. Qué malo para todos sería que regresáramos a los tiempos cuasi-totalitarios de la ausencia de oposición. Qué terrible sería que surgieran nuevas guerras por ese motivo, cuando aún no se ha acabado la última.

Qué grave que el pueblo colombiano en un acumulado de desesperación, terminara por elegir en 2014 a un engendro populista de cualquier lado del espectro ideológico. Ya tuvimos uno durante ocho años y miren cómo dejó al país.

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