¿Cuál será nuestra creencia en cien años?

5 de febrero del 2011

Las personas siempre hemos sido, somos y seremos creyentes en algo. Mujeres y hombres nos constituimos como los únicos seres que conocemos en la evolución de la materia, sujetos de proyecto, conciencia, reflexión, creatividad, fantasía, imaginación y libertad. En este sentido nos realizamos en el desarrollo y la transformación permanente de nosotros mismos, nuestras relaciones y nuestro entorno.

Hallados en este horizonte siempre estamos halados por el futuro que de forma libre deseamos construir, el cual vamos cristalizando de las más variadas formas. De esta manera siempre creemos en un porvenir, le apostamos a él de forma continua. Pero este porvenir no existe hoy en su plenitud, luego tenemos una fe en él, la cual hala todo nuestro cotidiano. Fe es un término que viene del latín fides, el cual significa confianza, confiamos en nuestros proyectos, respecto de los cuales no tenemos la seguridad de su realización, pero tenemos fe en ellos, y en que un día los llevaremos a cabo en plenitud.

Este análisis se ubica desde el ámbito de la antropología y la filosofía de forma independiente de lo que de manera común se entiende por lo religioso. Nuestro proyecto vital lo determinamos a partir de las más diversas y opuestas intencionalidades y perfiles, dado nuestro talante creativo y libre. Y este proyecto constituye el absoluto y sentido de toda nuestra vida. Este absoluto, por ende, es lo que impulsa el vivir de personas y sociedades.

Conformamos sentidos de diverso orden, la filantropía, la solidaridad, la creación artística, el desarrollo científico, la pareja, la familia, los hijos, Jesús, Alá, Yahvéh u otro Dios, o la acumulación egoísta de dinero y poder utilizando todos los medios, aun los legales, a costa de la marginación y la exclusión de las grandes mayorías.

Solo desde el horizonte antropológico filosófico en el que me hallo acá todos tenemos un Dios, vocablo del latín Deus y del griego Theos, que significan absoluto, sentido, motor último de todo nuestro cotidiano. Inferimos por consiguiente que a toda mujer, hombre o comunidad la mueve una divinidad conformada por uno, otro, o la suma de varios de los sentidos que he enumerado en el párrafo anterior. Las personas que no logran tener un sentido de sus vidas, caen en una enfermedad psiquiátrica que es la depresión profunda. Y tal es el desespero que les produce este estado, que si no logran superarlo terminan en el suicidio. Así lo certifican las más serias escuelas contemporáneas de la psiquiatría, la psicología y las ciencias del yo profundo.

En esta misma óptica todos somos religiosos, término cuya etimología latina la constituyen los vocablos re y ligare, que significan re-unir, re-vincular, o sea, ligar doble vez. Y en efecto, toda nuestra existencia es unir de forma continua dos instancias: nuestro presente con nuestro sentido futuro que hala el primero.

Y frente a estos diversos sentidos o absolutos constatamos que hay unos que nos plenifican y nos llenan de auténtica felicidad y otros que nos frustran. Sin duda el amor gratuito y total por los hijos o los congéneres nos comunican un gozo sin par. En cambio la acumulación egoísta de dinero y poder nos frustra, porque genera millones de pobres y desgraciados, situación que causa las peores violencias y nos sume en una soledad fatídica absoluta, ya que esta acumulación nace de nuestro total desprecio e insensibilidad por los demás.

Por ésto personas y sociedades desde sus orígenes verifican que hay sentidos y tipos de existencia humanos de verdad que nos plenifican, y otros que nos hacen daño y nos conducen a la hecatombe total. Los primeros y los segundos erigen el bien y el mal respectivamente, dos términos técnicos de la ciencia ética. Se trata entonces de cultivar una fe, creencia, divinidad y sentido buenos y evitar los malos.

Desde siempre la humanidad ha estado atravesada por creencias y formas de existir plenificantes y malogradas. No tengo el espacio para avocar esta realidad a lo largo de toda la historia, por ende me referiré solo al presente. Nadie duda que la gesta de Teresa de Calcuta, Gandhi o Martin Luther King y sus más auténticos seguidores, ha llenado y llena de total entusiasmo a millones de mujeres y hombres en el mundo.

En cambio eso que llaman la globalización, la globalización de la miseria y la exclusión que es la única que conocemos, está produciendo tasas de pobreza en constante aumento desde hace más de diez años, que ya cuentan con tres mil quinientos millones de personas muriendo de hambre en todo el mundo, más de la mitad de la humanidad. Amén de absurdas guerras como la de Irak, que ya ha producido más de 1.300.000 civiles inermes e indefensos masacrados, 80% de ellos mujeres y niños.

Y en esta misma línea que decir del infame manejo de la Bolsa de Valores de Nueva York y sus derivados financieros, que supieron regar por todas las economías del mundo, generando un cataclismo bursátil inconmensurable, que solo en los Estados Unidos ha dejado sin casa a cinco millones de familias, quienes hoy viven en tugurios en los parques públicos. Cataclismo que está afectando a toda la tierra generando increíbles tasas de pobreza y desempleo, aún en medio de los países más ricos.

La tal globalización o la gesta de Teresa, Gandhi o Luther King, son el producto de divinidades, creencias y sentidos que se plasman en dinámicas existenciales muy concretas. En el caso de la primera se halla la absolutización de la acumulación de dinero y poder en pocas manos, creencia, sentido, fe y divinidad a la que se le están sacrificando miles de millones de vidas humanas por parte de grandes y oscuros poderes económicos y políticos nacionales y multinacionales, con la complicidad activa o pasiva de millones de personas. Esta infame idolatría era descrita con gran pertinencia por Juan Pablo II: “La causa última de todos los males contemporáneos se halla en el afán de ganancia exclusiva de dinero y la sed de poder a cualquier costo para imponer a los demás su propia voluntad”.

Y la gesta a la que me vengo refiriendo también es el resultado de una divinidad, una creencia, una fe y un sentido que se cristalizan en una vida humana del mayor gozo y plenitud. Se trata de la alteridad, del latín alter, que significa otro. La alteridad es el infinito placer de encontrarse con el otro, con el congénere, en total gratuidad, para asumirnos mutua y recíprocamente en el más profundo respeto por nuestras diferencias, y en él, entregarnos y hacernos crecer en todas la dimensiones que nos constituyen como persona y sociedad. Esta alteridad son Teresa de Calcuta, Martin Luther King, Gandhi, Jesús, Alá, Yahvéh, el Nirvana, y tantos sentidos, creencias, experiencias de fe, que se resumen en un solo acaecer: Plenitud de Humanidad. Por ésto el Concilio Vaticano II afirma que Jesús comunica la plenitud de la persona a la propia persona, o sea, que Jesús es plenitud de humanidad.

Hoy mujeres, hombres y sociedades creemos “en el afán de ganancia exclusiva de dinero y la sed de poder a cualquier costo”, o en la alteridad. Cual será nuestra fe o creencia dentro de cien años, en sentido estricto no lo podemos saber, ya que nadie puede adivinar el futuro. Pero al mismo tiempo el porvenir es nuestro constructo como ya lo he demostrado, y por ende tenemos toda la capacidad para que en un siglo ante todo creamos, tengamos fe y vivamos en la entrega gratuita y generosa a cada persona y a toda la comunidad humana, y no en su sistemática opresión y desventura.

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