¿Dónde encuentran pareja las lesbianas?

7 de enero del 2011

¿Dónde conoce gente la gente? ¿Dónde conocen las lesbas a sus amantes y sus novias? A mí no me ha quedado fácil, y la idea de conocer alguien online me parece tétrica, patética. Nunca he ido a una discoteca heterosexual en Nueva York, he ido a varias discotecas y bares lesbianos, y las lesbas de esta ciudad son antipatiquísimas y cerradas. Es casi imposible salir y conocer a una vieja, porque no paran bolas. Llegan a los bares a emborracharse y a gritar y no miran alrededor a ver qué hay. Y el problema no es mío, porque yo estoy regia. La gente pareciera que ya no sale a levantar, entonces, ¿dónde levanta la gente?

Una tarde llegaron a mi oficina dos de mis amigas señoronas, Harriet, de 82, y Dolores, de 76, a decirme que mi vida era muy aburrida y que debía salir a conocer gente. Me dijeron que mirara qué actividades había en el LGBT Community Center de Greenwich Village, y lo único que me llamó la atención (porque todo ahí es bastante patético también) fue un Lesbian Speed-Dating. Por definición, un Speed-Dating es un método organizado para conocer muchas personas que pueden ser parejas potenciales. Los participantes se evalúan unos a los otros, conociéndose uno a uno, durante un sólo evento.

Me inscribí en internet, pagué US$20 y allá llegué un sábado en la noche. Llegué puntual, subí al cuarto piso y entré en un salón enorme donde había varios círculos de unas ocho o diez sillas cada uno, y unas pocas lesbianas sentadas mirando sus celulares, arreglándose la chaqueta, sonriendo incómodas, arreglándose el pelo, etc. De entrada pense, ¿qué he hecho? Pero me convencí a mí misma de que se arreglaría, y de que quizá a todas les pasaría lo mismo la primera vez. Llené una de esas calcomanías que dice “My name is” y me asignaron el número 14, mi número de la suerte. Pensé: esto debe ser una señal, esto va a tener buenos resultados. Me dieron un papel de esos que dan en los exámenes que son corregidos por computador, para que una vez que conociera a todas las candidatas escribiera el número de las que me gustaran.

Elegí un círculo cualquiera y me senté al lado de una mechuda que claramente era boricua. Esas cosas se aprenden cuando se vive por acá. Me quité la bufanda, la chaqueta, el chaleco y el saco. Después volví a ponerme el saco, cerré los botones y moví el culo en la silla, incómoda. Después me solté los botones y volví a ponerme la bufanda. Estaba tratando de no ponerme a mirar el celular, porque ¿a quién le provoca hablar con alguien que no levanta los ojos del celular?

El cuarto se fue llenando de más y más lesbas, más y más feas a medida que llegaban. El promedio de edad eran cerca de 45 años. ¿Y qué tiene de malo tener 45 años? Nada. A menos que uno, a los 45, use jeans arriba del ombligo y de bolsillos chiquitos con sudadera blanca con dibujos de gaticos que juegan con ovillos de lana… ¿Por qué no hacen un esfuerzo? Yo, en cambio, me puse mi pinta más hipster. Yo sí me esmeré.

Una vez que estuvieron todas las sillas ocupadas, un calvo de unos cincuenta años se presentó y nos dio la bienvenida.

“Si se preguntan por qué el organizador de este evento es un hombre, es porque como maricón que soy tengo mucha más sensibilidad que cualquiera de las mujeres que están acá esta noche. JA. JA. JA”.

Estas lesbianas de autoestima disminuida se rieron todas y yo pensé  “Hijo de puta, devuélvanme la plata”.

El calvo explicó las reglas del juego. Según él, ese Lesbian Speed-Dating, en particular, era original y diferente a todos los demás, porque ellos (él) se habían esmerado mucho en que disfrutáramos la experiencia. También ofreció una tarjeta a la que se le haría un hueco con cada sesión atendida, y una vez conseguidos los diez huecos la onceava sesión sería gratis. Caminó alrededor del cuarto con las tarjetas en la mano y sólo una mujer se la recibió. Ya todas sabíamos que esta mujer había empezado sin tener ninguna esperanza. Así se redujeron todas sus posibilidades y yo no volví a mirarla.

Este Lesbian Speed-Dating era diferente a los otros. Es usual que la mitad de las lesbas se sienten cada una en una silla, sin moverse, en una mesa. Mientras tanto la otra mitad de las lesbas rotan, sentándose en la mesa durante cinco o siete minutos, y después pasan a la mesa siguiente, donde siempre habrá una lesba que conocer.

Esa noche se hicieron varias preguntas con siete respuestas posibles,  cada una con un número diferente. Había siete círculos de sillas, también con un número cada una. Cuando se hacía la pregunta, cada persona se levantaba de su silla y se sentaba en el círculo de sillas que tuviera el número de su respuesta. Allí las personas discutían la respuesta y antes de que se terminara el tiempo de responder la siguiente pregunta, anotaríamos el número de la persona que nos hubiese gustado.

Las preguntas eran cada vez más cursis y ridículas a medida que pasaba la noche: “¿cuánto tiempo es prudente para enamorarse? 1. Ese mismo día. 2. A las dos semanas. 3. A los tres meses. 4. Al año. 5. Nunca. 6. No sabe/No responde”. “¿Cuánto tiempo debe pasar para poder mudarse juntas?”. “¿Está usted buscando una relación seria y duradera?”. “¿Usted quiere casarse y tener una familia? ¿Qué tipo de cualidades busca en una persona?”. Yo oía las preguntas y las respuestas y apretaba las manos en dos puños de la histeria.

Yo esperaba que nos preguntaran cosas como: “es usted activa o pasiva en la cama?”. “¿Usted está interesada en una relación abierta?”. “Si usted está interesada en el juego de roles, ¿qué rol quisiera jugar?”. “¿Le gusta el sexo con o sin juguetes?”. “¿Qué juguetes le gusta usar?”. “¿Qué tan frecuente limpia usted sus juguetes?”. “¿Se depila usted la vagina?”. “¿Disfruta usted el sexo oral?”. “¿Disfruta más hacerlo o que se lo hagan?”. “¿Se acuesta usted con una persona la misma noche que la conoce?”.

Conocí a una flaca con la cara llena de huecos de acné adolescente, una actriz de Los Ángeles que estaba de vacaciones en Nueva York La flaca tenía el pelo marrón, largo y liso, baboso como si estuviera sucio y las manos llenos de anillos de oro que bien podrían haber pagado mi deuda millonaria de la universidad. No me gustó, pero me llamó mucho la atención por antipática y porque parecía que no supiera lo hedionda que era. También conocí a una morena de Nueva Jersey, periodista económica para CBS, de piernas cortas y cachetona. La vi cuando entré al edificio al principio de la noche e hicimos contacto visual. Tenía unos ojazos enormes con pestañas de vaca y la cara muy seria. Había otro par de lesbas hipsters que sin duda eran menores que yo, pero como tengo cara de bebé todas las lesbas pensaron que la menor era yo, y no me creyeron la edad. Anoté sus números y otro par, porque el calvo dijo que cuantos más números escribiéramos, mayores eran las posibilidades de conocer a alguien, porque sólo iban a revelarnos las personas con las que hubiéramos coincidido.

Al final de la noche la única persona con la que coincidí fue con la periodista de CBS. A la flaca y a las hipsters no les interesé. Intercambiamos teléfonos con la periodista y quedamos en vernos y tomarnos algo durante la semana.

Salí del LGBT Community Center aburridísima y con ganas de irme a la casa a cortarme las venas. Sentí que ya no quedaban esperanzas y que me iba a quedar soltera por siempre jamás. Entonces llamé a un amigo, que me invitó a karaoke en Korea Town y así terminó mi noche, al lado de un vietnamita que aullaba Air Supply, mientras sus amigos se tapaban los oídos, agradecidos porque él sólo cumplía una vez al año.

Con la morena nos “texteamos” un par de veces, y en una de esas le dije que estaba de mal humor. Entonces ella me respondió con una foto de algún floripón violeta asqueroso. ¿Cómo iba a saber que de las flores las que me gustan son las margaritas blancas? ¿Cómo iba a saber que no son las flores las que me quitan el mal humor, sino los chocolates, los cupcakes y las galletas? ¿Cómo iba ella a saber que mi nivel de tolerancia para las cursilerías es ínfimo y casi inexistente? Yo no le expliqué nada y no volví a contestarle.

Desde entonces me he dedicado a mis ex novias, y por el momento la historia va bien. Las cosas irán mejor, si no necesito volver a un Lesbian Speed-Dating, y si no acudo a los anuncios personales de Craiglist. Es una opción: patética, paupérrima y tétrica, pero una opción al fin y al cabo. Lostiemposhancambiado, lostiemposhancambiado, lostiemposhancambiado. Ya me convencí.

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