¿El amor es eterno?

26 de mayo del 2011

El amor es eterno mientras dura. Me dijo hace 28 años una novia mía, briosa de ijares y 13 años mayor que yo. Tenía el pelo largo y lacio, tan negro que de cerca me causaba cegueras temporales. Hizo conmigo lo que quiso. Me lanzo al espacio de la ensoñación, sin víspera, y una noche cuando gravitaba en las ternuras mías inspirado en las maldades de ella, salí a buscarla sin aviso y la descubrí por el cancel de la ventana de su casa vieja, regalándole lo mío a cualquiera en la misma sábana que era mi territorio vital, hasta esa noche en que perdí la virginidad del alma.

Cualquier tarde después, extrañó mi ausencia y me encontró en las primeras penumbras, lápiz en mano, roto en poemas malos, rodeado de papeles arrugados, en un sardinel del parque de mi cuadra. Antes de querer evitarlo me cayó a besos y mordiscos, y yo, sucumbí sin fuerza para resistirme y me entregué del todo. Allí, bajo la luz lóbrega del alumbrado público, llorando pero armado, comprendí por primera vez, que el amor es una confusión sin cura y el sexo sin amor no es más que un remedio breve para las desilusiones y lo vacios; porque al terminar, como por arte de magia, ya no la quería.

Creí olvidar a Soledad, mi novia perversa, y comencé a entender que su frase había sido el preludio de su propio olvido y un síntoma inequívoco de aburrimiento. El episodio del parque fue su indemnización, y yo seguía siendo un imbécil que la evocaba en el baño aunque ya no la quería. Y entendí temprano en la vida -gracias a ella- que el amor es una cosa, y el impulso químico de la virilidad encendida es algo muy distinto aunque los hombres los confundamos siempre.

Quizá si alguien le enseñara eso a uno, hubiera comprendido antes la fijación de los padres de mediados del siglo XX por casar a los hijos entre vecinos y parentelas. Porque el amor, más que todo, es una decisión solemne. En cambio lo que suele llevarnos al altar se parece más al ímpetu por hincar colmillos, que pocas veces termina en solidaridad, confianza y respeto, el trípode del amor espiritual. Porque hay otro trípode que define mejor al amor, lo forman Admiración, Respeto y Deseo; esa fórmula es perfecta y más completa, solo que adolece de un defecto estructural que la vuelve un desencanto: puede ser aplicada a los amores platónicos

Hubo después otros tipos de amores. De ostentación, de obsesión, poéticos, de gordas, de altas o bajas, amores honestos de barrio humilde, amores de mentira, y amores rutilantes que engendraron envidias perpetuas.

Hace poco redescubrí un amor sobrenatural, inmerecido, sorprendente. Es alguien que he querido a lo largo de 22 años, a pesar de hondos e intermitentes olvidos. Es una hembra poderosa de esas que hacen estremecer la entraña y causan nudos en la garganta. De caderas fantásticas, talle angosto y cuello largo, más de uno ha perdido la chaveta por encabritarse asido de su pelo cobrizo. Pero yo, yo tengo el honor más grande entre todos los hombres de su vida porque jamás la he tocado, y tengo la certeza plena de que me quiere.

Es un amor incorpóreo, trascendente, de esos que no pensé que existieran de verdad-verdad. Porque no es el amor de hermanos pero tampoco uno libidinoso y pueril. No. El de ella, o mejor, el nuestro, es un amor de almas que no puede suscitar celos sino envidia.

Y por ella, volví a recordar a Soledad, porque se me había olvidado que el amor sí es eterno mientras dura, solo que hay amores que lo son, porque trascienden la existencia. Es decir, que sí hay amor eterno.

Pero las estaciones de la vida van enseñando que el amor forjado en los olores y la piel se deriva necesariamente, para ser completo, de la certidumbre. Porque entre la fidelidad y la lealtad, lo primero es más posible y lo segundo más importante y escaso. La necesidad de conseguir una fidelidad robusta, es fruto de las inseguridades propias; en cambio la convicción de contar con la lealtad de la pareja, es el camino correcto hacia el amor de veras.

Lo que me recuerda a Marcela, una novia hermosísima y dulce de años primos que se echó al hombro a casi todos mis amigos. Siempre que se sentía descubierta me confesaba sin reatos su culpa, pero sin arrepentirse, y culminaba afirmando que no me merecía. Esa salida final me sumía en la zozobra, y duré tres años entre cuernos, rogándole que no me dejara, mientras le pedía perdón -yo a ella- por no comprender sus debilidades corporales. Me era infiel instintivamente, pero siempre fue leal. Por eso la amo todavía, y doy gracias a Dios por haberme libertado de ese amor encadenante y astado.

Dicen que el verdadero amor es el del final de la vida, el que se parece a la gratitud más que a la resignación. El amor de viejos, de amantes maduros, que no responde a la satisfacción de vanidades propias o ajenas; un amor ganado a diario y refrendado por el paso del tiempo.

Claro que hay verdades que rompen todo. Como que el amor de amantes no existe. Que también es cierto, porque lo que se siente por cualquier mujer, queda reducido a nada cuando se conoce el verdadero amor que es el que brota a raudales por los hijos. Cuando se tiene un hijo la primera sensación que se experimenta es de desolación, porque nos embarga la sospecha de que, hasta ese día, jamás habíamos querido a nadie. Y es una trampa, porque terminamos adorando a la mujer que nos da hijos y odiándonos también cuando acaso dejamos de quererla o viceversa, o cuando nos sorprendemos enviciados en humedades ajenas.

El amor es una cosa y el desasosiego de la carne otra diferente. Entenderlo es la clave de la armonía y la piedra angular para elucidar el equilibrio de la vida.

Hoy tengo claro que el corazón humano, más que un armario es un panal donde cada abeja habita su hexágono, y uno termina por agrandar y fortalecer el habitáculo de la abeja que menos le joda la vida. Hasta que se convierte en una reina que domina en solitario, y se vuelve verdad la mentira de mi adolescencia: El amor existe y es eterno mientras vive, pero también es plural, infinito e incontenible, y la fuerza más formidable de la creación.

(Reedición del autor. El Heraldo.V.2004)

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