¿Errática denominación?

2 de diciembre del 2010

Uno de los lugares comunes a lo largo del año ha sido el tema de los enlaces gay. En una reciente entrevista en televisión Florence Thomas dijo que en su concepto el asunto podría, como corresponde, resolverse el año entrante. ¡Ojalá! No obstante, los dimes y diretes en el congreso y en las cortes; los pronunciamientos de personajes como el procurador y los ya habituales desgarros de sotanas, a pesar de tratarse de un asunto laico, seguirán generando debates y querellas. La simple posibilidad de que llegue a consentirse el maridaje entre personas del mismo sexo les causa urticaria a los hipotéticos guardianes de las buenas costumbres y, por supuesto, a la Iglesia.

En la polémica, que más pronto que tarde acabará por parecer anacrónica hay, no obstante, una arista cuya singularidad sorprende. Si el casamiento entre un hombre y una mujer atrae cada vez a menos parroquianos, como lo indican las incontables parejas que se “organizan” sin pasar por curatos o juzgados, no deja de ser una paradoja que muchos gay, que han demostrado al elegir sus opciones de vida una libertad de pensamiento sin cortapisas, estén buscando a ultranza amparar bajo la altisonante denominación de “matrimonio” unas uniones de hecho que, en muchos casos, se han establecido a contrapelo del establecimiento.

Aunque en la aparente paradoja acaso intervengan la añoranza por el rito, la nostalgia que genera un boato de pacotilla o la ilusión de conseguir la esquiva aceptación social, resulta una extravagancia que un grupo de avanzada, que se ha curtido en el soslayo de las mayorías, confunda, al parecer, el derecho a un reconocimiento legal sin adornos ni ambages, ese sí inalienable y que nadie debería negar en razón de la igualdad que consagra la constitución, con lo que podría interpretarse acaso como un detergente de conciencia, quizás como la licencia de colgar en la sala un retrato con trajes de ceremonia y en todo caso como una antigualla.

La palabra matrimonio viene del latín matrimonium que, a su vez, se origina en el vocablo mater cuyo significado es madre. Eso involucra, al menos desde la etimología, la presencia en el asunto de una madre y, en consecuencia, la de un padre. Como, a no ser que se hable de un vientre prestado o de una inseminación convenida, la participación de ambos géneros no cabe en la unión de dos personas del mismo sexo, y dejando de lado cualquier asomo de confesionalidad, ¿por qué insistir en una palabreja cuya raíz se relaciona con una evidente la heterosexualidad? Los franceses, cuando legislaron sobre cualquier tipo de unión, incluida la homosexual, establecieron la fórmula del Pacto Civil de Solidaridad, que se puede concertar entre amigos, entre un padre y uno de sus hijos, entre una abuela y su nieto, entre un par de gays o entre dos seres cualesquiera que deciden establecerse como dúo y vivir juntos, con los mismos derechos y deberes de una pareja incluida la adopción, sin que ello tenga una connotación sexual que, como es apenas obvio, se rezaga al ámbito privado.

Todo lo resuelve un contrato que, al prescindir del término “matrimonio”, no pisa callos morales ni genera suspicacias y que, como sería procedente en un país laico como es este, establece el marco jurídico necesario para zanjar obstáculos tales como la negación o el despojo de unos bienes compartidos, la inseguridad social y la imposibilidad de heredar la pensión del compañero. Valga decir que cuando en el país galo se aprobó el Pacto Civil, los conservadores,  la iglesia, y los más recalcitrantes no pudieron decir ni mu.



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