¿Es el hombre un lobo para el hombre?

30 de agosto del 2011

Se ha tomado como inicio de la Ciencia Política –es decir del estudio científico de la política y de la Teoría del Estado-  los escritos de Hobbes. Su tesis es que antes de organizarse el ser humano en sociedades con reglas –o si no lo hubiera hecho- el hombre sería como un lobo para el […]

Se ha tomado como inicio de la Ciencia Política –es decir del estudio científico de la política y de la Teoría del Estado-  los escritos de Hobbes. Su tesis es que antes de organizarse el ser humano en sociedades con reglas –o si no lo hubiera hecho- el hombre sería como un lobo para el hombre; solo vería en su semejante un enemigo al cual había que derrotar porque era un peligro en la medida que representaba un competidor que luchaba por los mismos espacios y los mismos recursos.

Lo paradójico es que hoy en día se puede decir que la política –o el efecto de las ideas políticas- han creado un ser humano casi peor que el símil del lobo, y que el Estado se ha convertido en el instrumento para ello.

Es escalofriante hacia dónde ha evolucionado el hombre político. Entendiendo por ‘hombre político’ (¿Homo politicus?) el que actúa como un soldado que obedece y justifica sus acciones en los intereses del ideario político que sirve, estamos muchísimo peor que la forma en que se relacionan los animales. Y como especie animal adquirimos una posición supuestamente ‘racional’ mucho más peligrosa para nuestros propios semejantes que la de cualquier otra especie.

Como se mencionó, el lobo o cualquier otra bestia es agresiva por necesidad o por miedo; ataca para comer o para defenderse. Obedece a un instinto que se satisface en sí mismo, sin propósito ulterior, ni sometido a reglas que lo inducen a causar el daño sin saber por qué o para qué.

El nuevo ser humano que actúa de acuerdo a ideologías políticas –se puede llamar el soldado político-  responde a unas reglas que le permiten convertirse en un instrumento perverso que hace el mal sin sentirse responsable de ninguna maldad.

Cuando se oyen las noticias del mundo se pregunta uno ¿quiénes son esos pilotos que son capaces de soltar bombas sin pensar siquiera en el sufrimiento que causan?, ¿quiénes esos líderes de los Estados que ordenan las guerras?, ¿quiénes los terroristas que por una causa matan miles de inocentes?, ¿quiénes los que ordenan y quiénes los que ejecutan las torturas? etc.

A nombre de la ‘democracia’ o a nombre de la ‘revolución’ o a nombre de una u otra ideología, la capacidad destructiva del hombre no solo se ha disparado sino se ha logrado blindar contra los reatos de conciencia. Como cualquier soldado cuyo principio y norma es que obedece la orden superior, quién es instrumento de un propósito político es capaz de cualquier barbaridad sin reflexionar sobre ella. Ya sea en las acciones de las fuerzas americanas en Afganistán, Irak o cualquiera de sus frentes de batalla; o los israelíes en Gaza; o la Otan en Libia; o las guerras de liberación en Sudán o Somalia; o las dictaduras de cualquier momento de la historia; o en países como el nuestro con falsos positivos, decenas de miles de desapariciones forzadas, o barbaries como la retoma del Palacio de Justicia; tan profunda y fuerte es esta orientación del actual ser humano que no solo son políticas de Estado las que generan esto, sino que el individuo o los individuos que las encarnan –ya sea al nivel del que da la orden o del que la obedece- logran ignorar completamente lo que significan en cuanto al dolor que causan, al efecto directo sobre las víctimas.

Poco se reflexiona sobre cómo los autodenominados Estados civilizados llegaron a caracterizarse y adquirir esa categoría a través de las armas de destrucción; cómo esa se identifica o depende exclusivamente del poder bélico; cómo destruyeron culturas que consideraban primitivas y pudieron hacer esa calificación y esa imposición gracias a que su maquinaria de guerra era superior. Igual que a nombre de la Corona y de Dios –o las Coronas y los Dioses- en su momento las monarquías en Europa produjeron las matanzas de las guerras de religión y los conquistadores en América o en África esclavizaron, mataron y desparecieron comunidades enteras por considerar sus costumbres ‘salvajes’, hoy se desencadena la nueva versión de ‘el hombre lobo para el hombre’ a nombre de principios políticos y por medio del poder de y sobre los Estados.

Pocas cosas que se hayan intentado responder más que la pregunta de cómo llegó Alemania a convertirse a la barbarie nazi; y sobre todo como las personas -los soldados, los funcionarios, los ciudadanos-  llegaron a ser ya no espectadores sino actores, participantes activos de lo que sucedía; y la triste y única respuesta que se ha dado es que eran ‘gente como uno’ pero inducida y motivada por un condicionamiento político, porque les fue vendida e inculcada la idea de que ese comportamiento era legítimo y necesario.

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