¿Libertad y Orden?

26 de enero del 2011

María Jimena Duzán, en excelente artículo publicado en el último número de Semana sostiene, como el título lo señala, que los colombianos lo aguantamos todo.

Totalmente cierto. Un viejo chiste en Antioquia decía que si el gobierno ordenaba que todos los paisas tuvieran que ponerse un sello en la cola, la cola (para ponerse el sello) empezaba al día siguiente a las cuatro de la mañana, para salir de eso.

En un plano más mundano del que comenta María Jimena no deja de sorprenderme todos los días, aún cuando hayan pasado diez años desde que me fui de Colombia, el poder disfrutar la libertad en Estados Unidos sin miedo, sin paranoia. Mis derechos como persona son respetados, y no tengo que demostrar todo el tiempo que no soy una delincuente.

Viví, como todos los colombianos, el terrorismo de Pablo Escobar, la guerrilla, los Pepes, los paras, la corrupción, todos esos factores que hacían el país inviable. Sin embargo, en encuestas internacionales, los colombianos siempre brillaban por ser los seres más contentos en su país.  Creo que ese optimismo se debe a que no han salido nunca del país y nunca han vivido en libertad.

En 2000 me fui a Canadá, privilegiada, lo reconozco, como Embajadora. Recién llegada agarraba la cartera como en Colombia -atravesada para que no me la robaran y sobre el regazo en los restaurantes, agarrando el asa. Un día en la calle alguien me preguntó la hora y yo seguí caminando como se hace en Colombia, donde  uno nunca responde porque es una invitación al atraco.

Pero poco a poco me fui librando de la paranoia. Me di cuenta que tenía la libertad de manejar sola por la noche sin miedo al paseo millonario, de conducir con la ventana abajo, de no ser agredida por mendigos y limpia parabrisas al parar en un semáforo, de no tener que pasar los semáforos en rojo por la noche por temor a un atraco,  de salir con joyas a la calle, de contestar a quien me preguntaba una dirección, de poder sacar dinero del cajero automático sin mirar alrededor presa del miedo, de retirar dinero del banco sin temor al fleteo, de poder tomarme un trago sin arriesgar una dosis de escopolamina y de salir por la mañana sabiendo que voy a regresar por la noche.

Siendo niña mi comic preferido era la pequeña Lulú, pero yo no entendía como Lulú y Toby se la pasaban andando en la calle, podían montar bicicleta o patinar, entrar y salir de la casa a su antojo. Creciendo en el barrio Laureles en Medellín, nunca pude montar en bicicleta, caminar sola o utilizar un bus.  Dos o tres generaciones de colombianos hemos crecido rodeados por el peligro, maniatados por el miedo, o en otras palabras, hemos sido prisioneros. A pesar de tener a mi familia en Colombia, lo mismo que infinidad de amigos, no cambio la lejanía por la libertad de que gozo en Estados Unidos.

Y no solamente es libertad, sino también respeto. En Colombia uno tiene que probar que no es un delincuente.  En los almacenes la vendedora lo persigue a uno vigilando que   se  vaya a robar nada. Para abrir una cuenta en el banco o comprar un teléfono celular se necesitan tres recomendaciones y ser amiga del gerente. En los edificios públicos hay que entregar un “documento que no sea la cédula”. Los baños, mi obsesión, nunca tienen papel o jabón y las máquinas secadoras no funcionan. No se puede tomar un taxi en la calle. No se pueden mandar cheques por correo ordinario sin que se los roben. Del tráfico, ni hablar. Para hacer un reclamo de una cuenta de servicios hay que pagar primero.

Acá en Estados Unidos, cuando uno tiene que hacer un “denuncio” a la Policía no lo pasean de un lugar a otro (“acá no recibimos robo de carros, tiene que ir a la Fiscalía, o a la URI, o al CAI”), sino que se llama por teléfono y a los cinco minutos devuelve la llamada un detective. La Justicia no sale a vacaciones colectivas. Los casos se resuelven, los crímenes no prescriben. La Policía o la ambulancia llegan a los cinco minutos de la llamada. Todo el mundo tiene acceso a la justicia sin necesidad de abogado.

Las colas se respetan. Las personas de atrás no se le pegan a uno ni lo empujan. Las escaleras eléctricas funcionan todo el tiempo. Todas las transacciones se pueden hacer por teléfono o internet. No se necesita palanca ni chanchullo, todos los ciudadanos somos iguales.

Nuestro escudo lleva la leyenda “Libertad y Orden”. También contiene el istmo de Panamá. Que ironías.

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