¿Medios desfasados?

13 de diciembre del 2010

Era de no creerlo, no salía de mi sombro. ¿A dónde vamos a llegar? me dije. En la emisión de noticias del Canal RCN de las 7 p.m. del pasado 1 de diciembre, una nota daba cuenta de los galardonados “por su aporte al país”, en el evento “Los Mejores de 2010”, organizado por ese mismo canal.

Lo que llamó mi atención es que entre los premiados figuraran políticos y funcionarios del gobierno nacional: Alfonso Prada, como el mejor Representante a la Cámara; Armando Benedetti, el mejor Senador; la canciller María Ángela Holguín como la mejor ministra y el presidente Juan Manuel Santos como el personaje del año.

Además, entre esos mejores estaban: el Ministro del Interior y de Justicia, Germán Vargas Lleras; el comandante del Ejército, Alejandro Navas; el presidente de Ecopetrol, Javier Gutiérrez, y la empresa Interconexión Eléctrica (ISA), de la cual el gobierno nacional es el accionista mayoritario (59.29% de la propiedad accionaria).

Con todo respeto, y evocando las normas más elementales sobre el ejercicio periodístico, obliga recordarles a los señores de los medios masivos de comunicación que no es su papel andar dando premios ni a políticos ni a funcionarios públicos. Aclaro: está bien que sean premiados; ni más faltaba; pero esos reconocimientos deben ser otorgados por otras organizaciones. Nunca por medios.

No señores; en el contexto de lo público, su deber es informar y dar elementos a la comunidad en general para que construya su opinión sobre las tareas a cargo del gobierno y de los cuerpos colegiados, entre otros.

Nada más ni nada menos, el problema radica en que al traspasar el límite de ese “deber ser” se desvirtúa la representación sagrada que de la comunidad en general ellos tienen. Su rol como fiscalizadores y guardianes de los intereses de esa comunidad queda en entredicho.

Pero, me temo que en una época como la actual, caracterizada por la distorsión de límites y de valores, tanto a dueños de medios como a periodistas los seduce más congraciarse con los poderes existentes que cumplir a cabalidad con su papel.

Es incontrastable que, en la práctica diaria, algunos medios ejercen como extensiones de las oficinas de comunicaciones del gobierno.

Cuando se repica información tal cual como la da el estamento oficial, sin acudir a otras fuentes y sin contextualizar con la realidad histórica y secuencial de los hechos, no hacen más que sumar méritos para ganarse, como ha ocurrido en el pasado, el denominativo de “speakers” oficiales. No es sino ver y escuchar varios de nuestros noticieros para comprobar de qué estamos hablando. Y eso es de por sí cuestionable; porque de lo que se trata es, como ya se dijo, de informar debidamente, no de congraciarse.

Que al hecho de no ejercer su función sagrada como corresponde ahora le sumen el de premiar a quienes ellos deben fiscalizar no pasa de ser, como mínimo, un desfase. Es haber perdido de vista su razón de ser.

En este extravío de cosas, el primer valor en riesgo de ser sacrificado es la objetividad. Ese principio supremo (en el cual algunos periodistas sospechosamente y sin ruborizarse dicen que no creen) que si no es del todo alcanzable cuando se ejerce la labor periodística de manera ecuánime e imparcial, mucho menos lo es cuando dicha labor se hace en medio de prácticas como las aquí cuestionadas.

Pero, ¡qué va!, tal vez, el desfasado es uno, que no logra aceptar que los medios en todo el mundo, por hacer parte de conglomerados económicos, hoy constituyen órganos consolidadores de ese poder y que, en pos de ello, valores como la objetividad son un contrasentido y que, en consecuencia, lo que menos les interesa es hacer periodismo. No conviene.

*Especialista en Opinión Pública y Marketing Político

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