¿Muy agradecido?

26 de noviembre del 2010

En una reunión de compañeros de generación hablaban de organizarle un homenaje a alguien cercano al grupo con la disculpa de haber terminado sus labores en un alto cargo oficial y ser merecedor de nuestros agradecimientos.

Al escuchar la palabrita: agradecimiento, sentí algo muy parecido a un escalofrío que me recorría el cuerpo de cabeza a pies y viceversa pues si bien no soy muy partidario de los homenajes a quienes se retiran de los cargos gubernamentales, tampoco opongo una enorme resistencia a hacerlo. Pero lo que en ese momento me hacía sentir ése no-se-qué era el hecho de que yo tenía que, además de gastarme cien mil pesos en el homenaje, quedar con él muy agradecido.

Haciendo un esfuerzo y dejando a un lado lo que me quedaba de paella en mi plato, me atreví a preguntar muy débilmente, por qué razones debíamos estar agradecidos con el posible homenajeado cuando yo consideraba que era él quien debía estar profundamente agradecido con nosotros, ya que para bien o para mal, su sueldo durante esos tres años que le duró la golosina del poder, había salido de nuestros bolsillos y de los de todos los demás contribuyentes. Y, como si fuera poco gracias al vitrinazo que le había dado el cargo ahora se había levantado una asesoría con una multinacional que lo dejaba arreglado económicamente para los años que le faltaban de vida.

Me callé eso sí definitivamente para evitar mi linchamiento público, que también su familia, hermanos, cuñados y uno que otro primo, resultaron premiados con chanfainas nada despreciables pues la cercanía con quien tiene el poder de firmar decretos de nombramiento siempre termina trayendo buena suerte . Eso es por lo menos lo que se puede apreciar, la prosperidad atropella físicamente a quienes llegan a esas alturas. Hasta terminan siendo elegantísimos y les luce el carro oficial y el chofer.

Desde luego que no me atrevería jamás a poner bajo sospechas de otra índole tanta prosperidad personal y familiar pues tenía fe, no certeza, de que salía de ése despacho con las manos limpias de indebida contratación pues al fin y al cabo lo había conocido desde muchos años atrás y mis suspicacias no daban para tanto. Pero otros en su misma posición sí despertaban todas mis sospechas pues habían pasado de un mediocre pasar a un verdadero goce pagano en materia de satisfacciones materiales.

Varios de mis compañeros alegaron a favor del homenaje y del homenajeado que durante todo el tiempo en el que había sido importantísimo,  había recibido a sus amigos con cariño y a veces hasta sin cita previa; que cuando se encontraba con cualquiera de nosotros en un acto oficial o social, el saludo era con abrazo incluido y que, siempre había cumplido con sus funciones en forma brillantísima. Conclusión: que se merecía nuestros agradecimientos.

Me callé y acepté los argumentos pero durante el resto del almuerzo me quedé rumiándolos. Convencido, lo que se dice convencido, no estaba.

No podía sentirme agradecido con nuestro amigo pues si él había sido amable y simpático y cordial como funcionario, a mi me parecía que eso era parte de sus obligaciones. Y si había sido honesto y eficiente, pues era lo menos que se podía esperar de él. Si hasta juró por Dios serlo el día que se posesionó. Para eso lo habían nombrado. A mi no me había hecho ningún favor en especial fuera de figurar en mi nómina de amigos pero esa nómina era bastante larga y no le estábamos programando homenajes a todos. Por último yo jamás había ido a proponerle que se convirtiera en un alto funcionario estatal. Ese fue un asunto entre él y quien lo nombró.

En fin, me dije, nada saco con tratar de restablecer entre nosotros  la escala correcta de valores. No hay nada mas parecido a “El extraño mundo de Subuso”, donde todo es al revés, que este inefable país. Dejemos la cosa así y sigamos agradecidos con los que gracias a nosotros han ejercido el poder con todos su gajes, se han hecho celebres, famosos y, de golpe, hasta millonarios.

Al que le caiga el guante………

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