¿Nada más que lluvia y selva?

13 de noviembre del 2010

Como a Arturo Cova, a Caimaicán, uno de los protagonistas de La selva y la lluvia de Arnoldo Palacios, se lo traga la selva.  Huyendo, perseguido por bandolero, preocupado por las desgracias de los obreros de Andagoya y del medio San Juan, escapa a la muerte: es encontrado.  Ha roto con el destino prefijado en la obra de Rivera que Luis Aníbal, otro de los personajes cuyas historias se entrelazan en esta novela de Palacios, considera la biografía “de todos nosotros”, los negros del Chocó.

La novela, de lenguaje crudo y poético, está elaborada a partir de relatos fragmentados salpicados de oralidad y de alusiones cultas porque Pedro José y el abogado José del C. Valencia son ávidos lectores de literatura y filosofía europeas.  Han venido del Chocó a Bogotá, a la que consideran el centro del progreso y la modernización,  para salir de la penuria y la ignorancia.  A repetir el esquema civilización-barbarie.  También Matiz y el Pote Rodríguez son parte ese collage de activistas políticos, de sindicalistas de buena fe, que no comprenden los juegos de poder de liberales, conservadores y militantes de izquierda.  Desconcertados por los asesinatos y persecuciones en este narración, un tanto caótica, de reveses, de los pobres irredentos, que recuperó recientemente Intermedio Editores.

La selva y la lluvia, acerca de los años cuarenta y del inicio de la violencia, fue impresa en 1958 por Editorial Progreso de Moscú, pero estaba perdida para la literatura nacional: sólo hay dos ejemplares de ese libro en Colombia.  La reedición de Intermedio amplía el panorama de la novela realista y de denuncia, común en el medio siglo XX; revela una vez más, como ha dicho Armando Romero, que las quejas de los escritores de ese período, con sangre de visionarios, anunciaron la catástrofe del 9 de abril.  Acontecimiento que clausuró el proyecto de la nación pensada (o deseada) según moldes europeos; a partir de allí se afianza la nación diversa de múltiples maneras, en la cual cada grupo social y de mercado recurre a sus búsquedas de identidad para consolidar espacios culturales y políticos propios.  Ruptura con el sueño de unidad difícil de aceptar, origen de debates encendidos porque pone en cuestión lo nacional, ligado a la elaboración de las subjetividades modernas.  Intermedio, además, traza la pauta para una tarea necesaria: poner a circular otros textos olvidados o nunca publicados.

Pero Palacios no sólo es uno de esos visionarios.  La selva y la lluvia y Las estrellas son negras, de 1949, lo incluyen en el primer grupo significativo de autores de literatura afrocolombiana conformado por Manuel Zapata Olivella, Carlos Arturo Truque, Jorge Artel y Juan Zapata Olivella.  Huellas de la esclavitud, injusticias, carencias y las luchas para escapar de ellas llenan las páginas de esas creaciones, hechas de escrituras que subvierten, cuyo aporte a la cultura nacional fue reconocido por el Ministerio de Cultura con su Biblioteca de Literatura Afrocolombiana.  Colección que molestó a algunos.  Y esto no sorprende.



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