¿Necesitamos 270 Congresistas?

23 de junio del 2011

La Constitución del 91 cumplió 20 años y en los balances sobre su existencia no hay una sola alusión al buen o mal tipo de Congreso que creó ni a la mayor novedad introducida por los constituyentes en nuestras costumbres democráticas, la elección por circunscripción nacional electoral de los 102 Senadores de la República.

Antes del 91, el Senado y la Cámara eran -en cuanto a su elegibilidad- una copia del sistema bicameral norteamericano, que correspondía a una representatividad departamental equivalente a la población de cada circunscripción. La nueva constitución introdujo dos novedades trascendentes al elegir congreso: Las circunscripciones especiales para minorías y la elección senatorial trasladada al gran espectro nacional, para elegir en todo el territorio los 102 congresistas de la cámara alta. Al revisar las notas de los debates durante la asamblea constituyente, es claro que su intención fue crear un universo de acción política general, para que en él florecieran grandes liderazgos de vocación nacional. Pensaron los constituyentes que al hacer nacional la confrontación de ideas de los senadores, éstos dejarían atrás el provincialismo de los temas locales para abordar los temas nacionales, en medio de certámenes electorales que abarcarían argumentos comunes a toda la república en beneficio del bien general.

¿Cuál es el balance de esta creación? Pues bien, 20 años más tarde el análisis de los eventos electorales prueba que la intención de la asamblea fracasó dramáticamente. Las campañas a Senado se convirtieron en costosísimas empresas electorales que echan mano de cualquier apalancamiento posible, incluyendo a veces financiarse con dineros fruto de tráfico de influencias y apropiación de dineros de contratación estatal. Pero lo peor es que no surgieron esos grandes liderazgos esperados, y el índice de concentración departamental se tradujo en una verdadera burla a la intención filosófica de la circunscripción. En la práctica, el 73% de los senadores elegidos en las elecciones acaecidas, han sido elegidos mediante el uso de estrategias políticas de concentración geográfica, dejando ver que los esfuerzos electorales se aglutinaron en un solo departamento en concordancia con la noción más básica de representatividad, que es el origen. Este resultado derrumbó el objetivo de la circunscripción nacional, si aceptamos que su expectativa fue promover liderazgos nacionales. Sumado a esto, la circunscripción nacional que buscaba ser un factor nacionalizador, en la práctica se reveló centralizador al abandonar a la región como fuente del concepto básico de representatividad.

Como si fuera poco, la reforma de 2003 introdujo el Voto Preferente, mecanismo que permite escoger por cual candidato votar en vez de hacerlo por tal o cual partido. Parecía muy democrático, pero con ese mecanismo los partidos se convirtieron en instituciones solo útiles para legalizar la aspiración personal de cada candidato; el sistema logró que las curules no pertenezcan a los partidos sino a los candidatos ganadores. En la práctica,  cada candidato se vuelve un partido, pues su tarea proselitista no la hace por el proyecto colectivo sino en pos de su interés electoral personal. El origen de la representación, que ya se había desdibujado al nacionalizar lo que antes era departamental, terminó de diluirse con el Voto Preferente e hizo que el dinero se volviera aún más determinante por encima de la pertenencia partidaria o los programas.

Todo lo anterior, que es diagnóstico, a 20 años de su concepción nos obliga a pensar en reformular el Congreso. Pero para no quedarnos cortos otra vez ni proyectar escenarios desasidos de la realidad, quizá sea hora de repensarlo de manera más drástica y ambiciosa. Para nadie es un secreto que un congreso de dos cámaras que hacen lo  mismo no tiene sentido, pero sí agiganta la burocracia parlamentaria y diluye las responsabilidades individuales ante los electores.  Sin iniciativa del gasto, sin capacidad verdadera para incidir en el gobierno y parcelado en intereses individuales, el congreso es percibido como la más deleznable de las instituciones democráticas. El origen de su desprestigio está en la flaqueza de los partidos, en el individualismo de sus protagonistas, en su costoso gigantismo, y también en la forma de su elección.

Pensar en recortar el tamaño del Congreso resucitando la idea de adoptar el sistema unicameral, concentraría en menos protagonistas la responsabilidad de estos ante sus electores. Un Congreso unicameral integrado por 100 senadores, de los cuales 66 fueran elegidos en los departamentos, de a dos por cada uno y dos más por el distrito capital, con dos candidatos postulados por partido en cada circunscripción departamental, aún permitiría elegir 34 senadores por circunscripción nacional, de listas elaboradas por los partidos sin Voto Preferente, para mantener la existencia de Senadores de vocación nacional entre los cuales podrían surgir los liderazgos nacionales que esperaban nuestros constituyentes del 91.

De paso podríamos acabar las circunscripciones de minorías, que caben en la circunscripción nacional y resultan hoy tan discriminatorias como su inexistencia anterior. Estas terminaron protegiendo aspiraciones personales de individuos que falseando su simpatía o pertenencia a las minorías, se cobijan en estas personerías jurídicas sin tener nada en común con ellas. Un candidato presidencial casi rubio, caucásico y de ojos verdes, avalado por un partido que representa la minoría afrocolombiana, revela cómo se burla al espíritu de la Constitución; aún si pudiéramos hacer un imposible examen de su alma, para comprobar su pertenencia al ideario y propósitos de reivindicación de esa minoría, la eventualidad de que sea un acto de oportunismo no debe dejar espacio para que ese absurdo se presente. La circunscripción nacional para elegir 34 senadores en todo el territorio nacional llevaría a indígenas, LGBT, afrocolombianos, y toda minoría concebible, a agruparse en movimientos monolíticos aglutinados alrededor del sentido común ante la expectativa de obtener o perder una representación política que sin duda es vital.

Twitter: @sergioaraujoc

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO