¿Para dónde va Vicente?

18 de agosto del 2011

Por Constitución, es decir, en teoría, Colombia es una nación multiétnica y pluricultural (o al revés), en la que no solo existe libertad de creencias, sino libertad de expresarlas sin ser objeto de linchamiento, lo cual es aún más significativo en una sociedad que se piense civilizada. Como la nuestra. Siempre y cuando, en la […]

Por Constitución, es decir, en teoría, Colombia es una nación multiétnica y pluricultural (o al revés), en la que no solo existe libertad de creencias, sino libertad de expresarlas sin ser objeto de linchamiento, lo cual es aún más significativo en una sociedad que se piense civilizada. Como la nuestra. Siempre y cuando, en la práctica, la creencia que se exprese esté orquestada y avalada por los medios de comunicación, especialmente por columnistas y mesas de trabajo de programas radiales. ¿Para dónde va Vicente? Pues para donde va la gente. Así se maneja la opinión en este país. Y vaya escápese Vicente del pelotón para que vea.

¿De qué y cómo tenemos que opinar los colombianos hoy?, es la interrogante de todas las mañanas; para responderla, nos volvemos masa. Sin identidad, pero felices: alimentamos las exigencias de los temas del día, aunque tengamos que renunciar al discernimiento. El tiempo en la radio es un tirano y el punto de vista de muchos opinadores de oficio es Ley, así que, en fila y rapidito, la inmediatez no da cabida a los matices, a pesar de que sean los encargados de marcar la diferencia. Por eso, oveja que se salga del redil será esquilada. O descalificada que, para los efectos, viene siendo lo mismo.

Si quienes tejen la red de lo-que-hay-que-pensar deciden que el técnico Hernán Darío Gómez es un atarbán, pues Vicente tendrá que decidir lo mismo si no quiere que ciertas reporteras intolerantes de emisora, aprovechando el poder que les da el micrófono, lo reduzcan a categoría de persona indeseable, blanco seguro de ataques activistas de distintas procedencias. Si deciden que la senadora Liliana Rendón es bruta, pues es bruta y punto; no basta con disentir de sus declaraciones –yo disiento de comienzo a fin-, es menester ridiculizarla. Si una entrevistadora no logra llevar a su entrevistada, la alta comisionada para la Equidad de la Mujer, a que utilice los calificativos que ella utiliza para hablar de la polémica del momento, emplea, entonces, la columna que tiene en la misma revista para sugerir debilidad de parte de la funcionaria. Si una afamada periodista, poseedora del don divino de la ubicuidad, se encuentra sin argumentos para su comentario dominguero, fabrica la retorcida teoría de que el D.T. de la Selección hizo lo que hizo, no por ser antioqueño, sino por ser paisa. A mí, que soy antioqueña o paisa –me da igual–, que me expliquen cuáles son las condiciones para ejercer de lo uno o de lo otro. ¿Diría ella lo que dijo por ser rola o por ser bogotana? Que lo diga Vicente, que no tiene idea, pero asiente.

El caso de Bolillo Gómez es una muestra de lo difícil (imposible) que resulta realizar aquí los debates serenos y profundos que reclamamos –los periodistas, a la cabeza– y necesitamos en relación con temas que a todos nos afectan. Entre ellos, la violencia, cualquiera sea su manifestación. Máxime si esta se desata sobre grupos o personas que están en estado de inferioridad o indefensión, como anatómicamente lo estamos la mayoría de las mujeres respecto de los hombres. Por eso la golpiza que propinó Gómez a la acompañante de aquella madrugada no pudo ni puede pasar desapercibida. Fue un acto de barbarie injustificable que merece sanción social –la víctima y la Fiscalía decidirán si merece alguna otra-, sobre todo por ser el protagonista un personaje público, un “ejemplo” a seguir para millones de jóvenes que crecen al ritmo que les marca el fútbol.

Lo desalentador, además de los puñetazos, es que como grupo social hemos sido inferiores al acontecimiento. Hemos sacado lo peor de nosotros para exigir venganza antes que reparación. Tomo prestadas unas palabras del psiquiatra Carlos Iván Molina, publicadas en la revista Semana de esta semana, que me hubiera encantado escribir con idéntica claridad, porque señalan la violencia que ha adquirido la discusión generada por la conducta de Bolillo “al menos en lo simbólico, al generalizar su comportamiento o al descalificar a los detractores. Se hizo explícita la violencia regionalista, la partidista, la sexista, la del fútbol. Todo esto habla de nuestra salud mental”. Y sabe por qué lo afirma, como que es investigador del ramo en la Universidad Externado.

Me pregunto: ¿Cuál va a ser el límite para los espectadores que desde las graderías están pidiendo que suelten ya los leones? Nada parece satisfacerles. Ni el llanto, ni la petición de perdón, ni el compromiso de participar en campañas contra el maltrato, ni el inicio de una terapia, ni la renuncia al cargo de seleccionador. Que es que tanto arrepentimiento se debe a que fue pillado y presionado, alegan los insatisfechos. Who knows? Y si fuera así, qué. Lo que nos interesa es que no haya más violencia contra las mujeres ni contra nadie, aunque no sea por convicción. ¿Estamos, Vicente?

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