¿Para qué la Unidad Nacional?

5 de septiembre del 2011

El pulso que se le toma a la Unidad Nacional obliga a recomendarle no perder de vista las protestas masivas contra la desigualdad entre ricos y pobres que hoy tiene en las calles chilenas a estudiantes, amas de casa y trabajadores, pidiendo cambios de fondo en su modelo económico que es idéntico al nuestro. El […]

El pulso que se le toma a la Unidad Nacional obliga a recomendarle no perder de vista las protestas masivas contra la desigualdad entre ricos y pobres que hoy tiene en las calles chilenas a estudiantes, amas de casa y trabajadores, pidiendo cambios de fondo en su modelo económico que es idéntico al nuestro. El asunto no es menospreciable si se tiene en cuenta la clasificación de Colombia como el país más desigual de América Latina.

La recomendación cobra validez toda vez que nuestra Unidad Nacional desde su origen guarda semejanzas con el Frente de la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición que ejerció el poder en Chile después de Pinochet y antes de Piñeira y que fomentó un manejo de la economía, que hoy se mantiene tal cual, bueno para los grandes negocios pero no tanto para la comunidad chilena, como quiso pregonarse en los últimos años dentro y fuera del país.

En este contexto y poniendo de presente la actual circunstancia política, caracterizada por la proclividad al unanimismo y una oposición reducida, riesgos que corre nuestra democracia y que se expresan en la configuración de la Unidad Nacional, la coalición de gobierno puede seguir dos caminos: O confirma que la motivación no confesable para acceder a tal alianza es participar en el reparto del poder, como ha sido costumbre de varios de sus integrantes, y se dedica a abordar decisiones a partir de los intereses particulares que tradicionalmente ha representado; o entiende su compromiso con la comunidad y se consagra a concertar soluciones sobre aspectos determinantes de la vida nacional que consoliden la democracia y los derechos de la gente.

Si opta por el segundo camino, además de demostrar que es capaz de responder a las necesidades sentidas del país, cambia el rol tradicional que en nuestro medio suele cumplir este tipo de uniones, obliga a que dejen de verla como la habitual asociación de fuerzas que interesadamente apoyan al Gobierno, aleja al país de realidades cruciales como la de Chile, deja sin piso a los escépticos y, de paso, da al traste con el pretexto que, con todas sus contradicciones y contra toda credibilidad, pretende seguir esgrimiendo la mal llamada guerrilla para continuar justificando su brutal lucha armada.

Desde luego, la agenda legislativa acordada por los miembros de la Unidad y el gobierno para el actual período de sesiones ordinarias del Congreso es significativa; pero el calado de las preocupaciones, si de verdad se quiere actuar a fondo, debe, concitando a otros actores, ir más allá y abarcar problemas madre. Qué tal meterle el diente a asuntos trascendentes como la discusión central no asumida aún sobre la recuperación para el Estado del poder político real, hoy en manos de las trasnacionales y el gran capital, con sus privilegios, bajos tributos, exenciones, débiles regulaciones e imposición de condiciones. Qué tal la urgencia de replantear la orientación de la productividad del país de modo que en las llamadas locomotoras se incluya, por ejemplo, a los sectores de la industria que sean más exitosos, generen más empleo y demanda de sus productos; y, qué tal, poner en el plano de realidad que corresponde la satisfacción engañosa del gobierno de pretender asumir como sostenible en el largo plazo el crecimiento de la actividad minera (y por ende de la economía) cuando ésta se basa en la extracción de recursos naturales que se agotan.

Que el presidente, seguramente ya motivado por lo que escuchó de las reclamaciones estudiantiles en su reciente viaje a Chile, haya aceptado la propuesta de la Mesa de la Unidad Nacional de no incluir el ánimo de lucro en la proyectada reforma a la educación superior, cosa de la cual su ministra del ramo se mostraba muy convencida, podría dar la pauta para que los miembros de la coalición se pellizquen y empiecen a dar las discusiones que les permitan llegar a consensos sobre problemas decisivos de los que ya deberían haberse ocupado.

Si así ha de ser habrá valido la pena, entre otras cosas, la encorbatada de Lucho.

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