¿Por qué la tierra es más caliente que Marte y más fría que Venus?

21 de diciembre del 2010

El cambio climático global afecta la calidad de vida de todos, sin importar cuál sea nuestra definición de calidad de vida. Es decir, altera las condiciones de vida afectando positivamente a algunas especies y negativamente a otras.

Por eso la historia es importante para comprender el cambio climático global. El invierno del 2006 fue el más duro de los últimos veinte años. En los últimos cuatro años ha habido todo tipo de desastres en China, Centro América y Sur América. Incendios en Nevada, Estados Unidos, muy cerca al Gran Cañón, gente muriéndose por los veranos en Europa y el año 2005 fue la temporada de huracanes más catastrófica de toda la historia.

Catorce huracanes en el Atlántico y cuatro de ellos de categoría 5, que equivalen casi a la máxima intensidad posible o medible para nosotros como, por ejemplo, un terremoto de 9 grados en la escala de Richter.

Es verdad que la palabra huracán nada en su origen por el Caribe pero ocurre en todas partes. Katrina, por ejemplo, arrancó en el sur del Caribe, subió por el Golfo de México y llegó a New Orleáns.  Y aunque los huracanes son fenómenos naturales, la frecuencia o intensidad de ellos depende de su relación con el calentamiento global, porque la atmósfera es la máquina termo-dinámica que mantiene la temperatura de la tierra en control y vivible. Por eso la tierra es más caliente que Marte y más fría que Venus y esto es lo que hace posible la vida.

Ahora bien, el 6% de la energía solar es repelada por la atmósfera. El 20% de la energía solar se queda en las nubes y se devuelve. El 19% de la energía solar es absorbida por las nubes, que se mueven gracias a la energía del sol. El 51% de la energía solar llega a la tierra y es con la cual las plantas hacen la fotosíntesis, que posibilita la vida de animales y que mantiene el calor en los océanos, entre otros.

El 4% de la energía solar rebota con la superficie de la tierra y es conocida como Albedo. En otras palabras, se trata de energía que no es utilizada y que hace más calientes las ciudades por el cemento y más agradables a los campos por la tierra, los árboles y los cultivos.

Esa energía absorbida por la tierra se degrada y pasa a ser energía infrarroja que sale a relucir en las noches. Por eso las capas de tierra de un hueco abierto en el día se mantienen frescas y en las noches tibias.

Pero a medida que la atmósfera cambia por la emisión de gases, es decir, por la deforestación, los carros, la ganadería extensiva, entre otros, los gases aumentan su concentración y la tierra por ende se calienta, porque la energía infrarroja no se está devolviendo, sino que se está quedando en la tierra.

Hoy, por ejemplo, se habla de un aumento promedio de dos grados centígrados de temperatura en todo el planeta. Esto se debe a la utilización de carbones fósiles como el petróleo, el gas natural y a procesos como la industrialización o las guerras; todos ellos factores que han incidido de manera determinante  en los últimos 155 años.

Y los mayores responsables son Estados Unidos y Canadá, porque la emisión de carbono fósil  de Sur América y Centro América  en el año 2000 es equivalente a la emisión de carbono fósil de Estados Unidos y Canadá en el año 1900.

El mundo actualmente está por encima de 15 grados centígrados promedio. Pero si el tratado de Kyoto o Cumbres como la de Cancún fracasan, si el tercer mundo sigue los pasos del primer mundo y si China sigue los pasos de Estados Unidos, es posible que para el año 2100 el planeta tierra tenga una temperatura promedio de 20 grados centígrados.

Esto quiere decir que se descongelaría el hielo del Ártico y la corriente del Golfo de México desparecería. Centro América se convertiría en un desierto y el verano en Europa invivible.

En cuanto a Colombia, en los últimos 150 años hemos perdido el 80% de nuestros glaciares y el deshielo de los glaciares aumentan el nivel del mar. Por ejemplo, entre 1880 y el año 2000 el nivel del mar ha aumentado 20 centímetros. Si esta tendencia continúa, Manhattan, Londres, Bangladesh o Tierra de Bengala se verían en aprietos. De igual manera, el Caribe se secaría, llovería menos en unas partes y en los Andes llovería más y catástrofes como la que estamos viviendo serían cada vez más frecuentes.

Por eso es necesario desarrollar prácticas alternativas, estrategias en el manejo del agua, un modelo de paisajes y de restauración ecológica, sensibilizar a las personas por medio de la educación y de la comunicación, enseñando a usar la tecnología y no que la tecnología nos use a nosotros y sobre todo, hacer análisis de vulnerabilidad preventivos.

Porque la ecología debe convertirse en una posibilidad política, sin discursos elitistas o sectarios que le saquen el aire y el impulso al globo pero   sobre todo, la ecología debe convertirse en un proyecto de vida para las nuevas generaciones. La sola idea de que cada persona influya en otras cinco personas para lograr multiplicar la conciencia ecológica, es tan acertada como cuando un gobierno le  propone a su país crecer al 6%.

Además, las enseñanzas están en las comunidades más pobres y marginadas del planeta, porque gracias a su conciencia ecológica, cohabitan de manera armónica en los lugares más biodiversos del mundo. Por eso no olvidemos que esta casa es de todos y que cada generación debe cuidarla por turnos…

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