¿Por qué lo mataron?

28 de agosto del 2011

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, la mañana del jueves 2 de noviembre del año 1995, cuando desconocidos asesinaron al dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado a las afueras de la Universidad Sergio Arboleda, fundada por él. Para mí, que tan solo era un niño de 10 años, ya interesado en temas políticos por la influencia […]

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, la mañana del jueves 2 de noviembre del año 1995, cuando desconocidos asesinaron al dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado a las afueras de la Universidad Sergio Arboleda, fundada por él. Para mí, que tan solo era un niño de 10 años, ya interesado en temas políticos por la influencia innegable de mi familia materna, fue un golpe fuerte y decisivo en la construcción posterior de mi ideario político. Al llegar a casa vi a mi madre, a mi abuela y a otros llorar de la misma manera que lo habían hecho el 18 de Agosto de 1989. La primera impresión, sin duda, fue que Colombia seguía sitiada por la mafia a pesar de la nueva constitución, de los procesos de negociación exitosos con el M-19, el EPL y otras guerrillas menos conocidas y de la transformación política en el escenario internacional luego de la caída del muro de Berlín. Y esa sigue siendo hoy la conclusión de tan aciago acontecimiento para la historia de nuestro país.

El reciente libro de Enrique Gómez Hurtado trata de explicar, precisamente, la evolución que ha llevado el proceso investigativo y judicial de la muerte de su hermano, llegando a dos conclusiones funestas y realmente preocupantes, que estoy seguro gran parte de la opinión comparte sin reserva. La primera de ellas es que ha habido (¿sigue habiendo?) una intención de las autoridades de desviar las investigaciones con el fin de conceder impunidad a los responsables, acusando a inocentes y limitando los recursos necesarios para que los encargados realicen una investigación seria y efectiva. La segunda, aún más grave, está relacionada con la hipótesis de que la muerte de Álvaro Gómez fue un crimen de Estado, orquestado desde el gobierno para impedir que su voz crítica siguiera haciendo curso en los medios de comunicación y la opinión pública, en la coyuntura crítica que vivía Colombia a final de 1995.

Luego de 15 años es poco o nada lo que la Fiscalía ha avanzado para impedir que este crimen quede en la impunidad, por el contrario ha buscado, como lo dice su hermano Enrique, enredar la investigación con sustentos probatorios débiles e inclusive contradictorios, dilatando el proceso judicial. Además se ha enfocado en los autores materiales y dejado de lado, parece que por pura conveniencia, a los posibles autores intelectuales, en una actitud muy conveniente hacia ciertas figuras públicas que aun hoy gozan de credibilidad y posan de adalides de la moral.

En ese sentido, el libro dejas dudas válidas y consistentes contra la ética de funcionarios del gobierno de entonces, que nunca han tenido que responder ante las autoridades ni ante la nación entera, por sus actuaciones durante esos espantosos cuatro años de gobierno. Vuelve a poner en el ojo del huracán, por ejemplo, a Ramiro Bejarano, entonces director del DAS, quien visitó a Santiago Medina para evitar que éste declarara en contra del presidente Samper por la entrada de dineros del narcotráfico a su campaña, prometiéndole toda clase de beneficios intolerables, como lo recuerda Enrique Gómez en su libro. Allí se cita el libro de Medina, La Verdad sobre las mentiras, donde el extesorero afirma que “el director del DAS, Ramiro Bejarano, me visitó en el calabozo y le pidió al vigilante no dejar constancia de su ingreso. Me dijo que yo no sacaba nada enlodando al resto de personas, que era más fácil someterme a un encarcelamiento y buscar los medios jurídicos para lograr mi libertad”. O de Horacio Serpa, quien para la época era Ministro del Interior, hoy gobernador de Santander, que hace gestiones parecidas para proteger a su “jefe” político.  Pero también de Alfonso Gómez Méndez, que fue escogido como fiscal general a pesar de su reconocida enemistad con Álvaro Gómez, sabiendo que de él dependería en gran parte la investigación que la Fiscalía debería adelantar en este caso.

Toda esa maraña de personajes poco éticos y comprometidos con un gobierno, a todas luces ilegítimo, como lo fue el de Samper, que aferrándose al poder como un niño se aferra a un dulce, obligó innecesariamente al país a vivir un cuatrienio lleno de complicaciones, dudas y limitado manejo político, como lo denunció Álvaro Gómez de manera sistemática a través de los editoriales de El Nuevo Siglo y el Noticiero 24 Horas, nunca fue tenido en cuenta dentro del proceso de investigación adelantado por la Fiscalía, inclusive hoy esa hipótesis es inexistente.

No resulta extraño que este trágico hecho criminal llegue a la impunidad, como ha pasado con otros connotados episodios de la vida nacional que todos recordamos. Si esto pasa con casos tan simbólicos e importantes para la sociedad colombiana, definitivamente la justicia sigue y profundiza su crisis, incapaz de responderle a una ciudadanía necesitada de este bien público esencial para el funcionamiento de un Estado de Derecho como lo es el nuestro, por lo menos en el papel.

Pero al mismo tiempo, el libro ¿Por qué lo mataron?, invita a reflexionar sobre el valor que les damos hoy, en un escenario democrático, a personajes que gobernaron con serios y profundos cuestionamientos éticos y políticos. Si no existe sanción judicial ni política, como pasó con el gobierno de Samper y como es costumbre en Colombia, si es necesario que por lo menos se les condene socialmente, logrando su ostracismo de los asuntos públicos. Pero en este país, ni siquiera ese tipo de sanción simbólica y social se presenta, por el contrario el expresidente, el exministro del Interior y el exdirector del DAS, siguen siendo figuras públicas de alta credibilidad, a pesar de todo.

Nuestra falta de memoria colectiva permite gran parte de los problemas que nos aquejan. Somos una sociedad pasiva, pasmada e inactiva, lo que facilita el trabajo de la ilegalidad para lograr sus peligrosos objetivos. Estoy seguro que llegará, a los 20 años, la investigación del crimen de Álvaro Gómez, el gran estadista, el conservador, el periodista, sin avances significativos. Ojalá me equivoque y la sociedad exija resultados de su administración de justicia. Mientras tanto seguiremos escuchando los “sabios consejos” de personajes como Bejarano, Serpa, Gómez y Samper, en una clara muestra del Alzheimer que padecemos. Inexplicable.

Escolio: El acto aleve de las Farc contra una patrulla militar que dejó dos niños y una mujer heridos en Nariño, es muestra fehaciente del tipo de organización que son. Pocas voces de rechazo se oyen frente a este tipo de actos terroristas, la anormalidad nos condujo a un estado de insensibilidad preocupante.

jafah2@hotmail.com

@javierflorezh

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