¿Por qué no hablas?

5 de abril del 2011

Cuando en vivo y en directo, el mundo presenció al rey Don Juan Carlos de España salirse de sus casillas para increpar a Hugo Chávez por sus excesos verbales, pensamos que se habían roto los canales diplomáticos y que desde ese día, los hombres y mujeres de Estado hablarían de frente, con la honestidad con que se hablan las amigas.

Yo esperaba, por ejemplo, que Cristina Fernández le dijera a la sobria Bachelet que le subiera el dobladillo a la falda: “Che, con ese largo parecés una monjita Belga”. Michelle a su turno le contestaría en su mesurada forma de hablar, recomendándole un peluquero de Santiago para que le cortara la capul, “porquei vos parecei una bataclana, con esa mechas en la cara”. Resueltas esas diferencias conceptuales de una manera francota, podrían pasar a temas secundarios como el comercio internacional y la deuda externa, trivialidades que hay que incluir en las agendas públicas.

Lamentablemente, el mundo no siguió el noble ejemplo de don Juan Carlos y para nada llaman las cosas por su nombre, se la pasan disfrazando los verdaderos pensamientos con eufemismos. Los gringos dicen que no firman TLC con nosotros porque dizque no respetamos los derechos humanos y nosotros le decimos a Chávez, el nuevo mejor amigo; Berlusconi, ahora que lo juzgan por corrupción de menores, se ha unido a la santa Cruzada contra su viejo mejor amigo Gadafi y hasta los japoneses tan respetuosos, dicen una mentira tras otra sobre Fukushima, después de cada venia. No, nadie siguió el ejemplo saludable del Rey de España.

Bueno, por lo menos, de dientes para afuera, porque las verdades, lo que se dicen verdades, esas se guardan para momentos privados y para el interlocutor adecuado. Hay que ver las cosas que se contaban, por ejemplo, en la oficina de William Brownfield, exembajador norteamericano en la era uribista.  El más hablador,  o por lo menos uno de los más parlanchines, era nada más, ni nada menos que “el mejor policía del mundo”, nuestro carismático general Naranjo.

Allá iba a quejarse de sus jefes; lo que no decía en público, ni en la fiscalía, ni en los cocteles bogotanos, lo decía a su confidente el embajador gringo, quien le pasaba un klínex y lo consolaba. “No preocupes, Narrango, que nos tuvimos chuzante propio like J.O… Es cosa de democrats perseguir terroristas. Nixon, chuzaba a los que atentaban contra la estabilidad Republicana. Don´t worry, but, cuenta, cuenta, más…¿J. O. sabía? y ¿quién más …?dime, prometo no decir nothing”.

Y el General Naranjo, el “mejor policía del mundo”, salía de allí como salen las buenas católicas de la visita semanal al cura, confesadas. Como ellas que aunque no hubieran pecado, se sentían en la obligación de  contarle al sacerdote los pecados de las vecinas, del marido y hasta del amante, contaban todo y el cura, escuchaba con el mayor interés y benevolencia.

Todo iba muy bien hasta que llegó el chismoso de Wikileaks y reveló los secretos que Naranjo le había contado a Brownfield y desde ese día, mi general, anda mudo. Cómo será que en las ruedas de prensa le ha dejado todo el show a Rodrigo Rivera, no ha vuelto a aparecer por los programas de opinión, ni se deja retratar en cocteles. Como dirían las viejitas: se le tragaron la lengua los ratones.

Esto es especialmente grave, porque ni siquiera nos dice cómo va a acabar con la delincuencia urbana, los fleteos, los robos de celulares, los asaltos bancarios, los paseos millonarios. No hay forma de que aparezca dando explicaciones sobre las bacrim en las ciudades, ni el licor adulterado, ni los policías detenidos. Nada, como si tuviera la lengua atorada entre las revelaciones de wiki y las condecoraciones recibidas. Ni siquiera ha vuelto a sorprendernos con un rescate, o una incautación. Sólo hablan o sus jefes o sus subalternos.

Espero que dentro de unos años no nos vuelva a sorprender Fidel Cano, con que el General Naranjo por estos días de silencio, se encontraba ocupado poniendo quejas antes los norteamericanos y que por eso no se ha dignado explicarnos cómo es que el mejor policía del mundo, no ha podido organizar sus tropas para acabar o al menos controlar la peor delincuencia del mundo, las bacrim y el resto de lacras que nos tienen asolados. Mejor dicho, don Juan Carlos, háganos el favor de llamar a Naranjo y decirle: ¡Por qué  no hablas!

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