¿Qué nombre le pondremos? ¡Materile, rile, ro!

22 de marzo del 2011

En mi infancia, jugábamos a cambiarle los nombres a las cosas, preguntándonos ¿Qué nombre le pondremos? Y respondíamos en coro: Materile, rile, ro. Después alguno de los participantes decía un nombre absurdo y el juego seguía sin llegar a ninguna parte, se trataba tan solo de usar la imaginación para rebautizar personas y cosas, pero ni las personas, ni las cosas cambiaban, seguían intactas con sus mismas características. Era un juego de meras apariencias y risas.

Así han sido las reformas al Estado que, en Colombia, se suceden con más frecuencia de la necesaria, sin que surtan ningún efecto sobre las características de las instituciones, donde sigue predominando la ineficiencia, la burocracia y la corrupción.

Tuvimos una Caja Agraria, que ahora se llama Banco Agrario, pero sigue sin otorgar verdaderas facilidades de crédito a los campesinos. Tuvimos un Incora, que hoy se llama Incoder, pero la tierra ha sido mal repartida, por lo menos hasta ahora. Tuvimos un Instituto de Crédito Territorial que se disolvió en varios organismos, entre ellos el Findeter, que sigue sin darle recursos a los municipios para hacer vivienda. Tuvimos un Instituto de los Seguros Sociales que fue desmembrado y rebautizado; una parte se llama la Nueva EPS, y otra pronto se convertirá en Colpensiones y ya sabemos que sigue haciendo lo mismo y lo sigue haciendo mal.

Podría mencionar muchos otros cambios de nombres como el Idema o el antiguo DAS, o lo que fue antes el Inpec, o los Ministerios de Gobierno y de Justicia, que hoy son uno solo y se llama del Interior y de Justicia, o el de Comunicaciones que fue rebautizado como Ministerio de las Tecnologías y la Información, o el Inderena, que pasó a ser el Ministerio de Medio Ambiente y hoy es el de Vivienda y Hábitat, ¿o será al revés? No recuerdo ya el nombre correcto, y no importa porque pronto volverá a ser el Ministerio de Medio Ambiente. Tuvimos también a Colcultura que hoy es el Ministerio de Cultura y sigue sin plata.

Ni qué decir de las Consejerías Presidenciales; cada Presidente llega con una pila de bautismo a cuestas para cambiarle los nombres a las múltiples oficinas que asesoran directamente al alto gobierno en temas como la  Paz,  la lucha contra la corrupción, la Mujer, la de reinserción, las comunicaciones, etc. etc.

En eso terminan las grandes reformas al Estado, en cambios de nombres que no cambian nada, porque a nuestras instituciones las reformas las atraviesan como los rayos del sol a un vidrio: sin romperlas, ni mancharlas. Les otorgan nuevos y pomposos nombres, recortan la nómina para volver a ampliarla con nuevas denominaciones,  las inauguran cortando cintas y discursos; luego vamos a ver los resultados y la desilusión es muy grande, siguen igualitas, sin producir mayores efectos en la economía, la vivienda, la salud, el medio ambiente. Si acaso, se vuelven más corruptas, como sucedió con las reformas del Gobierno anterior.

Por eso miro con gran escepticismo las tan cacareadas facultades que le acaban de otorgar al presidente Santos para reformar el Estado. Después de un desayuno, los parlamentarios miembros de uno de los partidos de la coalición de gobierno, le recordaron al primer mandatario que el nombre es lo de menos, lo de más es quién maneja el Estado. Dejado esto bien claro, al final del desayuno, salieron a aprobar las facultades y todos felices se preguntaban: ¿Qué nombres les pondremos, Materile, rile ro? Y riendo a carcajadas se encaminaron a realizar preparativos para los nuevos bautizos, porque a los padres de la Patria les encanta traer hijos al mundo, eso sí, para que luego trabajen para ellos.

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