¿Qué significa que Juan Pablo II sea beato?

23 de junio del 2011

La superación de las opresiones es la base de la paz y la reconciliación según el papa Wojtyla

El sustantivo beato viene del latín beatus que significa feliz. Para la comunidad católica una o un beato es quien en su vida terrena ha practicado hasta la saciedad toda la felicidad de la vida de Jesús, en la total entrega gratuita y generosa a cada persona y en especial a los más necesitados y excluidos. Y esta vida de infinito gozo sin duda la vivió Karol Wojtyla en su presencia carnal espacio temporal. Como Papa, obispo de Roma y pastor de la Iglesia Universal, siempre se distinguió por su trato cariñoso a toda persona y en especial a los niños, los pobres y los indigentes. De la misma forma, en lo que se refiere a su empeño en la construcción de la paz y la reconciliación, corazón del evangelio.

Avocar los hechos de la paz y la reconciliación posee como correlato la vigencia del conflicto social, la confrontación armada y las dinámicas de exclusión y discriminación. Por esto es inconcebible, por decir lo menos, que algunos pináculos del establecimiento nacional se empecinen en negar que en Colombia existe el conflicto. Arribar a la convivencia armoniosa y sin odios que tanto anhelamos, exige reconocer la vigencia de las diversas pugnas que marcan nuestra sociedad, determinar sus variadas causas e implementar soluciones integrales y complejas. Y este fue el camino practicado por Juan Pablo II con gran coraje profético evangélico, frente a las conflagraciones colombianas y mundiales.

Por esto nuestro Papa polaco brilló en su lucha contra todo tipo de injusticias. Certificó cómo “vivimos un mundo en el cual cada día hay menos ricos cada vez más ricos, a costa de más pobres cada vez más pobres”, siendo un acérrimo crítico de las causas de esta desgarradora situación, como lo que han dado en llamar la economía neoliberal y la globalización, la globalización de la miseria, que es la única que conocemos. Frente a estos absurdos Juan Pablo II se empeñó en la construcción de la globalización de la solidaridad, donde toda la humanidad, sin ningún tipo de exclusión, tenga acceso a los ingentes recursos y admirables avances de la sociedad contemporánea.

“Muro de la ignominia” fue el calificativo que le mereció a Wojtyla la absurda muralla construida por el gobierno de Israel para marginar aun más a los palestinos. Asimismo, él censuro con gran vehemencia la infame invasión militar contra Irak, la que señalo como una “guerra injusta, inmoral e ilegal”. Y un hecho más entre muchos, del compromiso de Juan Pablo II con el rostro de Jesús, presente en cada persona, y en especial en los que sufren, compromiso impajaritable para conquistar una auténtica paz y reconciliación.

Se hallaba Wojtyla en Popayán, Colombia, escuchando el discurso de un indígena quien le contaba a su Pastor, el Papa, todos los padecimientos de su pueblo desde la colonia hasta hoy. De repente, aparece un eclesiástico quien interrumpe al aborigen y lo saca a empellones del micrófono. Continua la siguiente intervención y la cámara de televisión enfoca el rostro papal molesto en absoluto y manoteando para llamar a su secretario personal. Al terminar el parlamento en turno, se anuncia que por expresa petición de Juan Pablo II, el indígena continuaba su discurso, y así fue. Yo mismo vi la trasmisión televisiva directa de esta situación.

Nuestro Papa polaco fue obrero, trabajó varios años como minero de carbón durante su juventud, viviendo en carne propia todas las amarguras propias de los trabajadores. Esta experiencia, y su honda sensibilidad frente a las injusticias típica de su profunda práctica de Jesús, lo llevo a tomar una radical opción por la dignidad de la persona humana. Con gran solidez demuestra que en la relación capital – trabajo humano prima el segundo sobre el primero, ya que todo producto económico es generado en última instancia por la labor del obrero que al ser hijo de Dios está por encima de cualquier resultado monetario. Este importante desarrollo lo encontramos en su encíclica Acerca del ejercicio del trabajo. En la misma línea, en su escrito Centésimo aniversario demuestra cómo sólo es ética una economía social de mercado que tiene como eje fundamental la promoción integral de personas y pueblos, y no la acumulación de riqueza en pocas manos a costa de la miseria de más de la mitad de la humanidad.

Sin duda Juan Pablo II nos trazó un claro y seguro derrotero a seguir para superar todos nuestros graves conflictos y acceder a una convivencia fraterna y feliz. Este derrotero se encuentra en las palabras que dirigió en Bogotá, a los colombianos líderes culturales, económicos, políticos y sociales, durante su visita a nuestro país en 1986:

En esta circunstancia vienen a mi mente las palabras de mi venerado predecesor, el papa Pablo VI, pronunciadas durante su inolvidable visita a esta misma capital: ‘Perciban y emprendan con valentía, hombres dirigentes, las innovaciones necesarias para el mundo que los rodea…Y no olviden que ciertas crisis de la historia habrían podido tener otras orientaciones, si las reformas necesarias hubiesen prevenido tempestivamente, con sacrificios valientes, las  revoluciones explosivas de la desesperación’.

Asimismo, en las palabras del Papa polaco a la Asamblea General de la ONU en 1982:

En un mundo en el que la comunicación es tan rápida como generalizada, no se puede seguir tolerando la existencia simultánea de personas superalimentadas y de desnutridos sin que nazca el resentimiento y sin que éste lleve a la violencia. (…) Yo invito a todos los que combaten por la paz a comprometerse en esta lucha por la eliminación de las verdaderas causas de la inseguridad de los hombres, uno de cuyos efectos es la terrible carrera de armamentos.

El terrorismo es una categoría de la más amplia complejidad y ambigüedad, al punto que la ONU no ha logrado un consenso respecto a su definición. Algunos regímenes políticos que posan de democráticos, pero que brillan por su totalitarismo insisten en que la causa de la totalidad de los males nacionales y mundiales viene de los terroristas, y califican como tales a todos los disidentes que nos empeñamos en demostrar el talante mucho más complejo de los desequilibrios nacionales y mundiales.

En este paradigma de complejidad se ubicó Juan Pablo II, quien muy angustiado por el abordaje simplista del denominado terrorismo, y de la problemática general de la violencia, dedicó al asunto la Jornada mundial por la Paz del primero de enero de 2004:

La plaga del terrorismo se ha hecho más virulenta en estos últimos años y ha producido masacres atroces que han obstaculizado cada vez más el proceso del diálogo y la negociación, exacerbando los ánimos y agravando los problemas, especialmente en Oriente Medio.

Sin embargo, para lograr su objetivo, la lucha contra el terrorismo no puede reducirse solo a operaciones represivas y punitivas. Es esencial que incluso el recurso necesario a la fuerza vaya acompañado por un análisis lúcido y decidido de los motivos subyacentes a los ataques terroristas… evitando las causas que originan las situaciones de injusticia de las cuales surgen a menudo los móviles de los actos más desesperados y sanguinarios…

En la necesaria lucha contra el terrorismo, el derecho internacional ha de elaborar ahora instrumentos jurídicos dotados de mecanismos eficientes de prevención, control y represión de los delitos. En todo caso, los gobiernos democráticos saben bien que el uso de la fuerza contra los terroristas no puede justificar la renuncia a los principios de un estado de derecho. Serían opciones políticas inaceptables las que buscasen el éxito sin tener en cuenta los derechos humanos fundamentales, dado que ¡el fin nunca justifica los medios!…

A manera de conclusión traigo una estupenda síntesis del sabio análisis de Juan Pablo II acerca de los graves conflictos que nos aquejan en Colombia y el mundo, y de su camino de solución, o sea la construcción de la reconciliación y la paz. Me refiero a los #s. 37 y 38 de su Encíclica La Solicitud Social.

La causa última de todos las grandes y graves conflictos de la sociedad actual se halla en

el afán de ganancia exclusiva (de dinero), por una parte; y por otra la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás su propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: «a cualquier precio». En otras palabras nos hallamos ante la absolutización de actitudes humanas con todas sus posibles consecuencias.

La solución a las tremendas pugnas contemporáneas se halla en la solidaridad. Esta no es, un sentimiento superficial por los males de tantas personas cercanas o lejanas. Al contrario es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales «actitudes y estructuras de pecado» solamente se vencen -con la ayuda de la gracia divina- mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a «perderse», en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a «servirlo» en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cfr. Mateo 10, 40-42; 20, 25; Marcos 10, 42-45; Lucas 22, 25-27).

*Sacerdote Jesuita. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana. Doctor en Etica Teológica, Licenciado en Filosofia y Teólogo por la misma Universidad. Mágister en Etica Teológica, Pontificia Universidad Gregoriana, Roma.

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