¿Quién mató a Kirchner?

27 de noviembre del 2010

A propósito de que hoy se cumple un mes de la muerte de Néstor Kircher.

El buen pueblo gaucho, que en menos de un siglo ha producido a Gardel, Perón, Mennen, Maradona y los Kirchener , mostró recientemente su verdadero talante democrático, poniendo en juego todos sus recursos pedagógicos y su sabiduría legendaria.

Después de tantos pesares y pésames y una vez se marcharon a sus casas los Chaves, Lulas, Correas y todos los Santos que acompañaron a Cristina en su dolor inmenso  por la pérdida de su marido, los herederos de Martín Fierro empezaron a preguntarse por las verdaderas causas del deceso de Néstor, el grande de la Patagonia. Hoy cuando ha pasado un mes después de su muerte, siguen haciéndolo.

– Che, ¡somos incomparables! Se escuchaba después del funeral, en los cafés de la calle Corrientes. – Ningún país tiene tantos sufrimientos, nadie puede igualarnos, aquí hasta la muerte tiene la cadencia sensual del enrevesado ocho de un tango.

– Es cierto, replicaba otro porteño –o  al menos cuando nos aprietan, cuando los afanes de la improvisación nos lo exige, tenemos la milonga que es como un tango desbocado.

– Che, por eso somos grandes – concluía el primero.

– En todo caso somos un pueblo único – reafirmaban ambos – nadie igualará jamás nuestras tragedias, solo nosotros convertimos una derrota, como la de las Malvinas, en una historia épica.

Y en esas conversaciones, donde se confirmaba la grandeza argentina, también fueron aflorando las dudas por una muerte tan inesperada como misteriosa. ¿Por qué murió Néstor? ¿Qué oscuras fuerzas lo hicieron abandonar a su pueblo sin terminar de enriquecerse?

Los argentinos  aman la verdad, no en balde constituyeron una comisión para investigar los crímenes de la dictadura y con Sábato reescribieron su historia para que “nunca más” se repitan los oprobiosos momentos de la “mano de Dios”. Ahora, nuevamente, tienen que enfrentar la realidad, por dura que ésta sea, para que nunca más Cristinas e Isabelitas queden huérfanas de poder, sin poder gobernar, precisamente por tanta viudez.

Así que se estableció una nueva Comisión de la Verdad y ésta solicitó la inhumación del cuerpo inmenso de Néstor su prócer, ese benemérito socialista del siglo XXI, nieto de Perón y hermano de Hugo.

Bueno, pues la noticia asombrosa es que esta Comisión ya dio su veredicto – un poco acelerado por cierto, como cualquier milonga – y una vez quebrada la resistencia de Cristina, que no quería dar acceso al féretro lacrado de albiazul, ella que se aferraba al ataúd, mientras se retocaban la cabellera roja por la henna, tuvo que ceder a la presión popular. El pueblo peronista necesitaba de nuevo la verdad. ¿Quién mató a nuestro padre? ¿Quién nos arrebato nuestro líder predestinado a gobernar en los años venideros, comiendo chinchulín y bife de chorizo, acompañado de sorbitos británicos de whiskey?

– Fue Cristina, sin duda – dijo la sabia comisión.

Ningún gran hombre, ni el corazón más fuerte, soporta que su mujer le quite la silla en la cabecera de la mesa. Con el último bocado de su asadito se le clavó una espina en la garganta y como la mujer que había diseñado para que estuviera detrás de su grandeza, se colocó delante, relegándolo, obligándolo a trabajar el doble para volver a desplazarla, no pudo soportarlo, resultó  superior a sus fuerzas. Así murió Néstor, el grande, con una mujer atravesada en su garganta.

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