¿Quién quiere ser alcalde de Bogotá?

14 de junio del 2011

La posesión y el discurso de Clara López como nueva alcaldesa de Bogotá ofreció varios temas para pensar: ¿Qué se requiere para ser idóneo para ese cargo?

Dos aspectos indispensables para servir apropiadamente las funciones que le competen al burgomaestre son la formación académica y el conocimiento de la ciudad y sus problemas. Tal vez no sea necesario tener tantas calificaciones como la nueva gobernante (graduada cum laude tanto en la carrera como en la maestría en Harvard –no un ‘posgrado’-, con la posterior carrera de Derecho en el Externado), pero sí no se conciben candidaturas de personas que no saben qué es una localidad, cuántos barrios tiene la ciudad, ni el nombre de aunque sea diez miembros de las JAL  -o que funciones y atribuciones tienen- o las tres mayores inversiones o gastos del Distrito.

Algo el tema coyuntural. Por increíble que parezca, todo aspirante tiene que afirmar e incluir como esencia de su programa ‘ser honesto’  y ‘ser trasparente’. Increíble por ser esto lo obvio, pero más absurdo  porque para algunos les parece suficiente como propuesta. Es claro que nadie haría una campaña de ‘con la corrupción un gobierno a escondidas’. Pero además habría que diferenciar cuándo el problema es del sistema y cuándo de las personas. Este es un largo y complejo debate ya que nos regimos bajo un modelo basado en la competencia en los mercados –tanto del económico como del poder en general-, donde los estímulos de la ganancia y el éxito, las ambiciones individuales, etc. son los motores y los ordenadores de la sociedad. Esto propicia lo que desde el punto de vista del sector público se convierte en corrupción, y la falta de controles del sistema al permitirlo la multiplica. Partiendo de este punto de vista, la solución no puede ser dedicarse a perseguir a quienes caen en esas tentaciones (pues siempre habría continuidad del delito) sino corregir las fallas del sistema o aún mejor, revisar el modelo. En ese sentido la nueva alcaldesa ofreció nombrar una especie de ‘comité de trasparencia’ cuyos miembros serían los rectores de las universidades, quienes por su calificación y su vocación garantizarían bastante la pureza y la calidad de la contratación. Será discutible si tiene aspectos buenos o malos, pero es una respuesta que reconoce tanto la existencia del problema como un vacio en su control, y que crea un mecanismo para subsanarlo que va más allá de la simple afirmación de ‘mi gobierno será honesto porque yo lo soy’.

Pero en estos momentos en que lo que caracteriza la próxima elección son unos partidos en busca de candidatos y unos candidatos en busca del aval de algún partido, lo más interesante del discurso fue la concepción de la política y del Estado que expresó.

Porque planteó la naturaleza de lo que supone ser una elección popular. No refleja solo la simpatía por una persona y no se vota solo por su carisma: lo que se ejerce tanto dentro de la esencia de la democracia como dentro de nuestro orden jurídico es lo que se llama el voto programático; es decir, se elige el ejecutor de un mandato y no alguien que decida y oriente según sus convicciones; alguien sometido a un programa y no alguien que puede gobernar a su criterio.

Al insistir en que continuaría el gobierno del Samuel Moreno porque este corresponde al programa escogido por el pueblo y a la orientación ideológica del Polo la cual que generó esa propuesta, se marcó otro par de condiciones que deberían llenarse para aspirar a tal cargo: primera, la de tener conciencia y visión de  que la política no es un camino para el éxito individual sino debe ser motivado por un concepto de cómo debe ser el ordenamiento de la comunidad y que prioridades se deben atender, una ideología; y la otra, la de que eso no puede depender y ser solo el ejercicio de un individuo como si fuera un ser superior, sino el fruto de un proceso colectivo, compartido y complementado con otras mentes y otras voluntades, llevado a la propuesta y el apoyo de un partido, o sea, menos de ego y de vanidad y más de trabajo y de equipo.

Indirectamente con la ilustración de los antecedentes se señaló que no basta la retórica sino que las ejecutorias deben tenerse en cuenta. Al mencionar que el Polo le ha cumplido a Bogotá hoy porque garantiza la educación pública hasta el undécimo grado para toda la niñez, o que el millón de desayunos gratuitos diarios mejoran la capacidades físicas y mentales de quienes antes no los tenían asegurados, o cuanto se ha avanzado en la universalidad en la atención a la salud, lo que se reivindica es que algo va de un compromiso cumplido a una simple promesa de campaña –que entre nosotros ya se sabe lo que puede valer-; en otras palabras que ante los mandatos que se reciben se deben rendir cuentas, porque en eso consiste la responsabilidad ante la ciudadanía. Faltó señalar los logros en vivienda social, el cómo si en el país bajó el desempleo donde más bajó de las grandes ciudades fue en la capital (o sea que fue la que arrastró ese resultado), y que si en Colombia subió la tasa de homicidios, en Bogotá subió menos que en Medellín, Cali, o Barranquilla (en otras palabras que padeció como todas las consecuencias del modelo pero lo sorteo un poco mejor).

Como nada de esto es escandaloso no lo recogen los medios. Pero es un discurso donde se ve la diferencia entre quien asume las responsabilidades de un cargo y quien solo piensa en cómo alcanzar un poder.

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