¿Somos dueños de nuestras células?

23 de febrero del 2011

La señora Henrietta Lacks nació en Virginia, EE.UU, en 1920.  Era una mujer afrodescendiente pobre de origen rural, cosechadora de tabaco, con cinco hijos.  En 1951 murió de cáncer de cuello uterino después de radioterapia en el pabellón de “negros” del Hospital Johns Hopkins de Baltimore. A veces olvidamos que la segregación racial apenas se declaró anticonstitucional en los Estados Unidos en la década de los  sesenta.  La vida y muerte de la señora Henrietta pudo ser olvidada como la de tantos pacientes pobres afrodescendientes.

Pero ocurrió algo inesperado.  Las células cancerosas de Henrietta Lacks se pusieron en cultivo.  Muchos investigadores estaban tratando de cultivar células neoplásicas de muchos pacientes y tumores.  Las células de Henrietta crecieron y se reprodujeron exitosamente.  Por primera vez se tenían células humanas de una neoplasia maligna en cultivo.

Y las células siguieron creciendo por varias generaciones sin problemas.  Estas células humanas en cultivo se usaron en múltiples investigaciones: las de la vacuna del polio, protocolos de quimioterapia, clonación humana, mapeo genético, leucemia y otras enfermedades.

Cuando yo hacía mis estudios de posgrado y me tocó rotar por virología conocí las células HeLa de uso corriente para cultivar y diagnosticar distintos virus.  Pensé que HeLa era un curioso nombre comercial porque se encargaban esas células a un proveedor comercial como se piden tubos, soluciones y otros suministros para un laboratorio clínico.  Años después descubrí que se llamaban HeLa por la señora Henrietta Lacks.

Hasta nuestros días se han producido unas 50 toneladas de células HeLa que se han usado en unas 60 mil investigaciones científicas.  Los descendientes de la señora Lacks apenas se dieron cuenta que las células de su abuelita andaban por todo el mundo veinte años después de que ella muriera.  Nunca recibieron regalías por su comercialización y siguieron siendo pobres.  Una de las nietas dice que paradójicamente no tiene hoy seguro de salud que le permita recibir las vacunas que fueron desarrolladas con las células HeLa.  Apenas en los últimos años se ha establecido una fundación que ayuda económicamente a los descendientes de la señora Lacks.

Esto del cultivo de células humanas es hoy mucho más fácil y hay varias líneas celulares humanas permanentes.  Un Sr. Moore desarrolló una leucemia llamada leucemia de células peludas (algunos nombres médicos tienen cierto humor negro parecido al del famoso Dr. House de la serie televisiva).  Se cultivaron sus células exitosamente. Y el Sr. Moore demandó a la Universidad de California porque no había recibido ningún beneficio económico de la comercialización de sus células.  La Corte Suprema de  California estableció jurisprudencia diciendo que una persona no puede beneficiarse económicamente de productos desarrollados a partir de sus “desechos” biológicos.  Pero uno de los jueces de la minoría (tres de siete) escribió que el caso llevaba a preguntas de orden ético, filosófico y religioso que la Corte no podía decidir.  Entonces es pertinente la pregunta: ¿somos dueños de nuestras células?

Desde nuestra escuela secundaria sabemos que en 1839 Schwann y Schleiden (pregunta segura del Icfes, muchachos) establecieron que “todo en los seres vivos está formado por células o productos secretados por las células”.  Y Virchow, padre de la patología moderna, unos veinte años después afirmó  “toda célula proviene de otra célula por división de ésta”.  O como nos enseñaban a los médicos cuando sabíamos un poquito de latín “omnis cellula e cellula”. Entonces desde el siglo XIX el pensamiento médico ha sido predominantemente, aunque no en su totalidad, celular y entendemos la mayoría de las enfermedades como daño o injuria celular.

Pero ¿de dónde surgió la primera célula o las primeras células? Contemporáneo a Virchow, Darwin publicó “El Origen de las especies” en 1859 y hoy en perspectiva evolucionista podemos preguntarnos cómo empezó la vida a organizarse en células.

La mayoría de los biólogos creen hoy que las células aparecieron como una agregación de entidades pre-celulares más pequeñas.  Por ejemplo las mitocondrias con las que producimos energía probablemente eran bacterias sin núcleo que “entraron”, si así podemos decirlo, en las células nucleadas que nos conforman.  Por eso hablamos hoy del ADN mitocondrial distinto a nuestro ADN nuclear.  Ésta es la teoría endosimbiótica formulada por la bióloga Lynn Margulis, viuda de Carl Sagan, desde los años sesenta.  Y como dijo ella misma “la vida no se tomó el planeta por combate sino por cooperación” estableciendo redes y comunidades.

Entonces la especie humana es una comunidad de individuos (“raza” dejó de ser un concepto científico con los estudios genéticos recientes).  Y estos individuos son a su vez una comunidad de células.  Y estas células son a su vez una comunidad de organelas.  Por tanto, ¿de quién son nuestras células? Son de la comunidad humana, podríamos decir.

Claro que volviendo a la historia de la señora Henrietta no pueden ser tomadas y manejadas sin nuestro consentimiento.  Y eso fue lo que no se pidió en el caso de las células HeLa, pues en los años cincuenta había menos conciencia ética en los laboratorios.

Pero más allá de individuos y comunidad de células, somos personas libres que nos poseemos a nosotros mismos en integridad aunque no seamos dueños de nuestras células como si fueran ladrillos.

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