“Duermevela”. Melba Escobar

12 de diciembre del 2010

“Papá era fuerte y a la vez tan frágil y desvalido como lo era yo cuando me negaba a recibir su cariño”

No tiene madre Irene y ahora ha perdido a su padre.  Cuenta su historia desdoblada en dos lugares, Bogotá y Barcelona, con numerosos flash backs, recurre a relatos infantiles y fábulas que le permitirán, paradójicamente, salir del país de Nunca Jamás.  En primera persona.  Entre el sueño y la vigilia, o mejor,  en el estado de incredulidad y aturdimiento que genera la muerte de los seres cercanos.  Así es Duermevela, publicada por Planeta, la primera novela de Melba Escobar.

Para “darle algo al padre”, de la generación de los setenta.  Al hombre moreno que fue pobre de niño, monaguillo, obrero en París; al optimista alcalde y ministro que hablaba de grandes temas en la mesa; al que educaron para ser macho y que después de cumplir cincuenta años se permitió leer poesía; al que estaba seguro de que cambiar le sentaría bien.  Por razones de salud, además.  Envejecía, vendió el carro y esperó una pensión que no llegó. Y antes de que Irene partiera le dijo: “me voy a morir de tristeza y soledad cuando te vayas”.  La hija también escribe por culpa.  Arrepentida por irse cuando empezaba a comprender quién era el hombre detrás del padre.  Por eso se lava los dientes a menudo.

¿Viajar a España, la tierra de Carmen, su mamá, para buscarla? ¿Recuperar a la madre siendo madre? ¿O para inventar su voz de escritora?  Porque es el eco de las palabras de la madre el que guía la escritura de las mujeres.  Carmen, princesa, hada, diosa.  Blancanieves, y a veces la madrastra.  Irene debe aprender de esa adulta, bella y creativa, que usa sus artes para lograr sus deseos. Para mezclar palabras y urdir conjuros literarios.  Educada por monjas, Irene no podrá eludir la maternidad, a pesar de que la desdeñe por “vulgar”, y queriendo ser autónoma, critique a la Bella Durmiente y a Cenicienta, impensables sin sus príncipes.  Reescribirá, a su manera, la historia de Rapunzel encerrada en una torre, salvada por el enamorado que sube por su trenza para darle dos hijos.  El árabe, papá de Nicolás que está por nacer, no le confiere identidad, no la ama y tampoco es el hombre ideal.  Nicolás la redimirá como sucede a las madres solteras.

Tienen algo de fábula los cincuenta y un capítulos de la novela de Escobar.  A diferencia de esas narraciones para niños donde los animales actúan como humanos, aquí los humanos habitan un zoológico.  Irene es perro y su padre chimpancé.  Extraño artificio, relato intercalado, crítica social, cuya articulación con el resto de la novela es incierta.

Reconciliada con la idea de la muerte de su padre Irene regresa a Bogotá: volver a casa es la razón de todos los viajes.  A ella misma, que se parece a Melba Escobar con su escritura autobiográfica llena de fuerza, de fantasmas, de rebeldía que quisiera impresionar al lector.

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