“Nos mean encima y nos dicen que llueve”

30 de mayo del 2011

La frase es retomada de uno de los carteles expuestos en estos días en la Puerta de Sol de Madrid, y que bien sintetiza la indignación de los aglutinados en torno al 15-M.

El asunto de fondo es que la inconformidad exteriorizada por los españoles, en este movimiento que germinó inicialmente en blogs y foros virtuales, es causada por la situación de desesperanza ante un sistema democrático que no es verdadero, pues el interés económico que lo rige y que beneficia a unos pocos no le permite poner el interés general por encima del particular.

Es lo mismo que en ya redundadas ocasiones ha habido necesidad de repetir desde esta columna. El hecho de que tal cuestionamiento cobre voz en estos días en buena cantidad de ciudades españolas, y en varias del mundo que se les han unido, hace que tengamos que volver a insistir en que si queremos que nuestras sociedades sean viables es necesario no decirnos mentiras sobre la necesidad de replantear a fondo el sistema económico que rige en occidente y que resulta incompetente  ante los graves índices de pobreza, desempleo y desigualdad que reproduce.

Porque no es aconsejable seguir cerrando los ojos ante el hecho incontrovertible de que la problemática que hoy vuelca a ibéricos inconformes en plazas públicas es la misma que agobia a muchos países, incluido el nuestro.

Así mismo, no puede vencer la desesperanza que produce la realidad de un sistema económico globalizado que pone el resto de actividades de las sociedades por debajo de él y a su disposición. Los políticos, generalmente cooptados por los pocos beneficiarios del sistema, suelen ser (tal vez por su disposición natural, a través de su discurso, y sus acciones públicas, desde los órganos legislativos o de gobierno, a decirse mentiras, y además creérselas) los primeros en negarse a ver las cosas como son y a actuar consecuentemente con el sagrado interés general que representan.

El asunto no es fácil, pero tampoco se puede perder de vista que tan importante como la presión social sobre los políticos de cada país es la que debe hacerse sobre el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y similares, instrumentos todopoderosos de dominio planetario, que, a través de la imposición de sus lineamientos, cumplen el papel de protectores del sistema económico reinante.

Resulta difícil de creer que políticos y ejecutivos internacionales no entiendan que eso que ellos imponen es lo que niega a las democracias; es lo que las convierte en rey de burlas; es lo que hace que su remedo no pueda dar respuesta a las necesidades de la gente. ¿Cómo pueden pretender que las cosas sigan así y que no pase nada? ¿Y cómo pueden prestarse para tal farsa sin pensar que se los pueden cobrar?

En el mundo actual, de redes sociales que interactúan a velocidades insospechadas, y con capacidades de convocatoria pública nunca antes vistas, lo que es ya inatajable es que sentimientos como el malestar y la indignación de los habitantes de los países sometidos al determinismo del mercado y del interés económico como valor supremo, encuentren en ellas el mejor vehículo para hacer común su necesidad individual de salir a reclamar lo que instituciones y ejecuciones gubernamentales les niegan.

La combinación de avaricia y negligencia de los privados y públicos, que se contentan con sus beneficios particulares, no les deja pensar en serio en el contrasentido que han generado entre los derechos fundamentales consagrados en las cartas políticas de los países y la negación inhumana que de tales derechos hacen con sus prácticas excluyentes; lo que, a su vez, inevitablemente, pone en entredicho a los Estados y a la Democracia. Se los están gritando, hoy desde España y desde países solidarios, mañana quien sabe desde cuantas otras latitudes. ¿Será que persisten tercamente en no verlo? Ellos verán.

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