…Es el modelo, señores

…Es el modelo, señores

29 de noviembre del 2010

Cuántas veces hemos escuchado a gobernantes, directivos de empresas y líderes gremiales, hablar de manera convincente sobre los valores que los orientan y los fines que persiguen en sus actividades profesionales y laborales. Y cuántas, hemos tenido conocimiento del marco de principios y valores, que supuestamente constituyen la guía moral orientadora de organizaciones empresariales y gubernamentales, tan protagónicas en la vida contemporánea.

En el catálogo de denominaciones es usual encontrar de manera reiterada palabras sustantivas como respeto, solidaridad, honestidad, lealtad, igualdad, equidad, justicia, y responsabilidad social, entre otras. A juzgar por el resultado que muestran los indicadores serios de pobreza y de exclusión social, que en el caso de nuestra sociedad en lugar de disminuir aumentan, tales postulados, ya arraigados en el discurso de nuestros administradores, privados y públicos, parecen no haber obrado como correspondería.

Y no ha sido así, sencillamente porque, en la práctica, tales principios deontológicos no se hacen tangibles, no alcanzan a impactar la realidad.

La razón es de una lógica elemental; en un modelo económico globalizado como el que se ha impuesto en la mayor parte de nuestro planeta, a partir de los años 90 del siglo pasado, la aplicación de dichos preceptos resulta en una contradicción estructural.

En situaciones como las descritas a continuación se hace evidente  esa contradicción:

–      cuando las grandes potencias subvencionan con voluminosos recursos su agricultura, para proteger la condición de vida de sus empresarios agrícolas, a costa de la pauperización de los agricultores de los países menos favorecidos, relación desventajosa que suele plasmarse en los tratados de libre comercio, tan de moda en las negociaciones actuales entre países. El mismo esquema se repite para otras áreas de negociación.

–      cuando las firmas transnacionales y sus empresas filiales de operación nacional, las empresas en general y los llamados inversionistas, desarrollan su actividad dentro del marco de la ecuación universal, impuesta por el modelo, de alcanzar el máximo de utilidades con el mínimo de costos posible, lo que generalmente pasa por la adopción de políticas administrativas que afectan materias como: el empleo y su calidad, la condición salarial, la retribución a las comunidades por impacto socioeconómico negativo, y la mitigación de impacto ambiental y el cuidado del medio ambiente, en casos como los de la actividad minera, entre otras. Todo ello en detrimento del ser humano, que por causa del interés económico pasa a un segundo plano.

–      cuando, como empresarios y/o ejecutivos, en entornos sociales y familiares, y en reproducción recurrente de un mal enfoque de esa condición de privilegio, promovemos y practicamos conductas excluyentes y clasistas que van en contravía de esos valores que en ejercicio de nuestro rol administrativo predicamos.

Son precisamente, esa crudeza economicista, que aquí se dibuja, y algunas prácticas individualistas, que hoy determinan el carácter de la vida de nuestra sociedad, los factores que se contraponen a la aplicación real de esos principios y valores.

Nada más ni nada menos; el culto a la obtención de utilidades, de las cuales se benefician unos pocos, mandó al cuarto de San Alejo el valor del ser humano, su dignidad y su desarrollo. Ahí está el contrasentido.

Extraviado el norte, el problema sobreviniente, del cual aún no tomamos conciencia es que ese modelo, que encumbra las utilidades por encima de todo y que ha llegado a su máxima expresión en la ambición desmedida de lucro que hoy reina en los corazones, se reproduce de manera descendente hacia la base de la pirámide social donde muchos, excluidos y no tan excluidos, aprenden la lección, transgresora de cultura y de valores, de que lo que importa es obtener dinero, y entre éstos, varios están dispuestos a conseguirlo como sea.

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