36 años de violencia impune

26 de julio del 2013

Yo nací el viernes 29 de julio de 1977 y según los que creen en las misiones cósmicas y los regentes de las vidas planetarias, el viernes es un día regido por Venus, que según cuentan es el planeta del amor. De ahí se hacen una serie de estudios sobre la personalidad de los humanos. Yo creo en Dios y punto, creo en lo que no veo, tengo fe de carbonero.

Próximo a cumplir 36 años de vida, lo primero que debo hacer es agradecer a Dios por haberme creado y permitido tener un par de padres maravillosos, que se debieron a mí plenamente. Pero no solo los tuve a ellos, hubo un tercer ángel que sobrevino en tiempos de guerra. De eso hablaré después.

Para el entonces de mi irrupción en el mundo terrenal, ya las guerrillas colombianas llevaban más de dos décadas de sangre y enlutamiento sistemático de la población civil. Hoy Colombia ostenta el vergonzoso segundo puesto en el podio de la violencia guerrillera en la historia. Como nací en el segundo lustro de la década de los 70, nací durante el período presidencial de Alfonso López Michelsen. En ese momento ya se había generado el famoso Frente Nacional para resistir a Rojas Pinilla y se estaba recrudeciendo el ataque de las guerrillas de las FARC, M-19 y ELN, que cada vez se hacían más fuertes, inclementes y asesinas. Ejemplo de ello eran los métodos sanguinarios de Pedro Antonio Marín Bernal, que en sus épocas más demenciales agitado por el PCC, practicaba a sus víctimas el “corte de franela” y el “corte corbata”.

El 23 de mayo de 1984 las FARC y Belisario Betancur firmaron un compromiso de Cese al Fuego, que fue sellado por parte del jefe narcoguerrillero con estas mentirosas palabras “Refrendamos con nuestras firmas la Política de Cese al fuego, tregua y paz adelantada por el secretariado y ordenamos a todo el movimiento cesar el fuego con el adversario el día 24 de mayo de 1984 a las 00:00 para dar comienzo a un periodo de prueba y tregua de un año…”. Esto daría origen a la Unión Patriótica. Para estas calendas ya el paramilitarismo había dado cuenta de una buena cifra de militantes del Partido Comunista, de activistas de la izquierda colombiana, contando entre ellos a sindicalistas, integrantes de grupos subversivos y en general exterminando a todo lo que les sonara a izquierda o -como algunos lo llaman- a los Mamertos. Ya pues había un notorio asomo de impunidad en estos actos; y uno grande con las promociones de amnistías a grupos narco guerrilleros por parte del gobierno antes mencionado.

Dando un salto largo –más exigido por la cantidad de líneas permitidas que por cualquier otro motivo-, nos vemos avocados a la época más pavorosa que tuvo que soportar nuestros país –y acá hago un reconocimiento a la gallardía y el estoicismo de nuestro pueblo Muisca, Caribe, Quimbaya, Calima y demás-. Colombia es un país que aguanta y resiste, pero que hoy clama a gritos verdad, justicia y reparación. Esa época es la de finales de la década de los años 80, en la cual el auge de la insania narcoterrorista fue quien protagonizó los derramamientos de sangre. No quiere decir esto que no siguieran actuando las guerrillas y los paramilitares; peor aún: quiere decir que un nuevo padecimiento se unía a la carnicería.

No puedo dejar de tocar en este escrito las masacres del Cartel Medellín y voy a hacer puntualmente referencia al año más cruento, gracias a las prácticas satánicas de esa organización criminal. Fue sin duda 1989. Solamente en ese año Escobar y sus secuaces hicieron detonar 50 bombas, generando la zozobra más insufrible en la población civil con tal de obtener su fin político: la no extradición. Para nadie es un secreto que Escobar para lograr crímenes como la masacre del Avión de Avianca “trabajaba” mancomunadamente con Carlos Castaño Gil y sus AUC. Muchos pensarían que fue un año para el olvido. Yo pienso que como así ha sido, es que mañana completamos 23 años y 8 meses de impunidad en ese macabro acto terrorista que ensangrentó a 106 familias de pasajeros que en pleno vuelo, cobardemente fueron literalmente atomizados. Este pues, es otro gran ejemplo de impunidad. No podemos olvidar.

Luego vino la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, en la cual veíamos una luz de esperanza ya que la justicia ordinaria no operaba y pensamos que la transicional sí lo haría. Pues NO. La Unidad para la Reparación a las Víctimas en cabeza de su directora Paula Gaviria Betancur –nieta del ex presidente Betancur-, tuvo a bien negarme la inclusión en el Registro Único de Víctimas: esto no es otra cosa diferente que negarme la condición de víctima. Me pregunto yo si ser hijo de uno de los pasajeros fatales de la masacre Avianca a manos de narcoparamilitares no me hace víctima. Me pregunto si es que acá existen víctimas de primera y segunda categoría. Me pregunto una cantidad de cosas ajustadas a derecho que me indican que este no es un Estado garantista. Es un Estado discriminatorio.

Cuando recibí la resolución que me excluía y me dejaba sin derechos como víctima, a través de mi cuenta en Twitter mencioné al HS Juan Fernando Cristo, quien no podía creer que me hubieran excluido. Pero eso quedó ahí. Luego la doctora Gaviria personalmente, me pidió perdón por el craso error de su equipo al no valorarme como víctima y quien en palabras de Cristo, consideró aquello como una revictimización. Pero esto también quedó ahí. Hoy me han dilatado la reparación pasando por encima de los términos de ley y negándome la práctica de pruebas pertinentes y conducentes. Espero equivocarme pero se para dónde va esto. Sé que estoy próximo a recibir mi discriminación absoluta como víctima en este pseudo Estado de Derecho.

Hoy el debate fresco lo damos en el camino hacia la paz. Un debate de la mayor importancia, pues sin duda somos millones lo colombianos quienes queremos la paz y la verdadera reconciliación. Opinar, aportar y señalar los vicios que contiene el acto Legislativo hoy en debate, me hace enemigo de la paz para algunos. Yo creo que los pocos enemigos de la paz, paradójicamente son los que están en La Habana, impartiendo instrucciones para continuar con la sistemática violación a los DDHH y al DIH en Colombia. O cuáles son sus actos inequívocos de paz? Acaso cesación de hostilidades, acaso dejación del narcotráfico? NO. Otro No.

El Marco Jurídico para la Paz, no atiende a los presupuestos constitucionales e internacionales en materia de justicia; es más ni siquiera atiende a su propio nomen iuris, porque no es jurídico: es inconstitucional y así difícilmente puede pretenderse para la paz. Es devastador para las víctimas y desdibuja el Estado Social de Derecho promoviendo la impunidad. Estamos frente al abuso -en su máxima expresión- de la justicia transicional.

36 años de violencia impune cumpliré el próximo lunes 29 de julio, sin ver un solo día de paz y de manifestaciones efectivas de justicia. #nomasmentiras. Abrazo cálido. Seguimos trabajando.

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