La paz es verbo, no sustantivo

23 de marzo del 2016

“Ir a por Uribe, como dirían los españoles, hoy no es un acto de paz.”

Quienes cantan victoria por la captura del hermano del expresidente Álvaro Uribe poco y nada se diferencian de quienes se alegrarían porque los Estados Unidos decidieran, por ejemplo, no repatriar a Ricardo Palmera o Simón Trinidad, o porque la Corte Constitucional dijera no al plebiscito. En el fondo son posturas de guerra y lo que reflejan es que algunos ilusos de la paz imaginan que llegó su momento reivindicativo y que con su reduccionista visión de la paz, esta solo debe beneficiar a uno de los bandos. En realidad son reacciones típicas de aquellos aparentes amigos de la paz que destilan odio y sed de venganza. Ese tipo de personas que desde uno de los bandos de la guerra quiere la paz pero con el “merecido” castigo para sus contrincantes.

Ir a por Uribe, como dirían los españoles, hoy no es un acto de paz, ni siquiera porque el uribismo persista tercamente en una posición de ir a por las FARC. El furibismo es tan nocivo para construir la paz como el furiantiuribismo. Ser enemigo del proceso de reconciliación con las FARC por el hecho de que este implique unos mínimos de impunidad, equivale a ser enemigo de generar un proceso de coexistencia con el uribismo, el cual desde luego conllevaría algún tipo de perdón, y por qué no, incluso la posibilidad también de un grado de impunidad para quienes hayan delinquido desde esa particular forma de concebir la lucha contra la subversión.

Por eso no se avanza limpiamente en un proceso de paz. Porque se ha caído en una especie de esquizofrenia de la paz, una postura maniquea sobre la paz o incluso en una postmoderna versión de la paz de los sepulcros. No se puede querer que se perdone a la guerrilla mientras se quiere encarcelar al Uribismo, aun asumiendo que sus delitos sean tan o más atroces que los de los guerrilleros. Querer probar que Uribe o algunos de sus familiares o seguidores están ligados al paramilitarismo, es equivalente a tratar de demostrar que las FARC son narcotraficantes. Eso será un ejercicio interesante desde la investigación periodística o para mostrar la capacidad de adelantar pesquisas judiciales.

Ambos intentos son poderosas armas en la confrontación pero los dos ejercicios son peligrosas herramientas contra la reconciliación. Nadie que realmente quiera la paz puede sentir regocijo alguno con que se dicten medidas políticas o judiciales contra la ultraderecha hoy en Colombia. Y nadie que quiera de corazón la reconciliación puede sentir que conquistar la paz pase por encarcelar a los jefes guerrilleros. Cualquier maniqueísmo en este sentido termina por ser un rotundo petardo contra la convivencia de los colombianos y por supuesto una verdadera bomba de tiempo contra cualquier proceso de paz.

O se quiere la paz o se quiere la derrota del enemigo. No se puede hablar de paz mientras se declara la guerra al otro bando. Eso es tomar partido por un bando de la guerra. No se puede querer la paz y buscar dejar herido al otro bando en el camino. De esta esquizofrenia por la paz hacen parte aquellos aparentes amigos de la paz que llegan casi al clímax cuando identifican aparentes enemigos de la paz. Y parece que de esta esquizofrenia no se escapa ni el propio Presidente de la República, Juan Manuel Santos, quien no oculta su beneplácito cuando se le asesta algún golpe a sus detractores del Centro Democrático o cuando se le pide una renuncia a un periodista que no se haya caracterizado precisamente por ser áulico del gobierno Santos.

Harto nos hace falta para construir un lenguaje de paz, sobretodo porque no hemos construido una práctica de paz. La paz debe ser asumida como un modo de actuar, una forma de percibir el mundo con una nueva perspectiva, una postura incluyente y conciliadora, una forma de pensar y de actuar en la que se reconozca al otro como un legítimo otro y en la cual se perdona para recomenzar una nueva relación con todos. La paz es un estado que se busca para que se pueda convivir con los demás, así piensen exactamente lo contrario. Y la paz se hace justamente es con quienes han estado en la otra orilla de la tolerancia, en la negación del contrario y hasta en la eliminación física del contradictor. Y precisamente por eso se hace la paz, para acabar con esas prácticas de intolerancia y exclusión. De lo contrario lo que se estará impulsando es otra etapa triste de la historia colombiana con una paz boba.

La paz no debe ser una palabra sin contenido pacífico, no debe ser un discurso para sacarse la espina o para reacomodarse en el escenario de la confrontación. La paz debe ejercerse como una práctica cotidiana que lamentablemente ha sido sustituida por la práctica de la guerra. La paz, parodiando a Humberto Maturana cuando habla de la democracia, debe ser un arte, un modo de vivir, una acción permanente. O parodiando a Ricardo Arjona cuando canta a Jesús, la paz hay que asumirla como un verbo y no como un sustantivo.

Por eso se equivocan quienes siguen atizando el fuego, sea desde la Fiscalía, desde el periodismo o desde las tribunas politiqueros. No sirven para nada las posturas de esos parlamentarios uribistas que repiten como loros los planteamientos de su jefe sobre la supuesta entrega del país al castrochavismo o que siguen con la cantaleta de la traición de Santos. Esas posturas sirven solamente para la trinchera confrontacionista. No sirven para un comino las peroratas petristas que pregonan que Uribe debe ir a la cárcel. No sirven las cucharadas oportunistas y electoreras de Roy Barreras, Armando Benedetti o Claudia López de hablar de paz mientras se impulsa una cruzada para aplastar al uribismo. No sirven las emociones de Iván Cepeda de querer revanchistamente aplicar a Uribe lo que le ocurrió a Fujimori en el Perú.

Se equivocan mamertos y filomamertos que se creen el discurso de Uribe pero a la inversa cuando consideran que la paz es algo así como el triunfo del mamertismo y con el cual pueden aspirar a que sea la tarima de la venganza contra el uribismo. Y se equivocan los uribistas que creen que la paz solo se puede hacer a su estilo y por eso le ponen zancadillas a un proceso que necesariamente va a implicar tragarse unos sapos y pasar unos buenos tragos amargos para que se pueda parar la guerra subversiva que tanto los ha mortificado.

Qué lástima que el propio Enrique Santos Calderón, que en el pasado aportó tanto para hacer caridad democrática en momentos en que la izquierda mamerta o la extrema pretendían apropiarse de las luchas sociales en beneficio de sus desviaciones sectarias y vanguardistas, y quien ha fungido de soporte conceptual para apostarle a las negociaciones en la Habana, hoy no tenga su pluma al servicio de la paz democrática y pueda llamar la atención sobre la urgencia de imprimirle un carácter incluyente a la paz.

Qué lástima que el otrora preclaro columnista democrático haya terminado a la zaga de una paz burocrática que se ha apoderado del escenario de las negociaciones, ya que tristemente hoy los Santos confían más en la mermelada que en la movilización de las fuerzas sociales y le apuestan más a la idea de sacar adelante el proceso por sí mismo, antes que a la construcción de una paz sostenible. Aquella que implica replantear los factores de la guerra para poder llegar al nunca jamás. Para que no se repita la historia. Para que no se permita ese doble juego de hablar de paz pero hacer la guerra. Porque lo que se permite se repite.

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