Florence: La peor cantante de ópera del mundo

25 de septiembre del 2016

Esta tragicomedia nos advierte como el dinero y el mercadeo logran encumbrar personas de la más dudosa calidad.

Florence: La peor cantante de ópera del mundo

Hay gente que vive engañada toda su vida, ignorando o tergiversando sus capacidades y habilidades, y hasta su misma personalidad. Buena parte –si no todo– del trabajo de un psicólogo es detectar estas singularidades, y devolver al afectado el realismo que le ha sido arrebatado por la alegre y engañadiza imaginación que se empecina en crear quimeras, en instalar mentalmente lo contrario de lo verídico, o en deformar a tal extremo la lucidez que lo real no corresponde con lo pensado de sí mismo. Sin perder de vista que todos los humanos, en menor o mayor cuantía, tenemos una percepción de nosotros mismos que suele distar de la que los demás tienen y observan de nosotros. El problema podría presentarse en la medida en que esa distancia sea tan grande que se necesite acudir a un “arbitro” que determine cuál de las partes tiene más razón. Suponer que quienes nos rodean y observan constituyen la realidad es poco seguro, así como tampoco certeramente lo es nuestra propia autopercepción. Sabia mezcla entre nosotros y los demás para definir/juzgar nuestra personalidad y actuar.

Florence Foster Jenkins (EEUU, 1868-1944) vivió su vida entera con la presunción de ser una gran cantante lírica, de poseer una voz operística de gran calidad. La apreciación del oído ajeno distaba mucho de su convencimiento y mostraba exactamente lo contrario: una cantante, si es que ameritó tal denominación, sin ninguna habilidad ni sentido musical, con imposibilidad para mantener una nota musical, un tempo, un ritmo o una mediana afinación.

Nacida melómana no se contentó con la admiración y aprendizaje musical como nos ocurre a una inmensa mayoría de aficionados a estas artes, sino que arremetió con ahínco en la ejecución musical, escogiendo, oh osadía, la tan complicada y exigente interpretación de ópera; en total subestimación de sus enormes fallos de voz. Millonaria de cuna pudo dedicarse a esta su pasión con la que apesadumbró los oídos de quienes la rodearon y de un público al que se le “impuso” y que buscaba en sus presentaciones más diversión burlona que aptitudes musicales.

Poco le importó que su padre y su primer marido trataran de disuadirla de esta aventura musical, ella embistió con la fuerza de la testarudez y del autoengaño. Posibilidades que se le vieron abiertas, con ayuda obviamente de su mucho dinero y la colaboración de las personas que la rodearon con más proximidad: su segundo marido St. Clair Bayfield y su pianista de cabecera Cosmé McMoon, así como de los beneficiarios de sus generosas dádivas, entre los cuales figura Toscanini, el gran y director de orquesta, célebre en la Scala de Milán y en el Metropolitan Opera de New York, entre otros.

Nuestra heroína vivió en ese mundo de irrealidad y en él se hizo célebre. Su vida ha sido narrada en numerosas ocasiones, a través de libros, en obras de teatro y en varios filmes (ie. “Marguerite” en adaptación francesa). Pasó a la historia como una de las peores cantantes de ópera que haya existido. Dudoso honor que la ha hecho tan conocida. ¿Cuántas muy buenas cantantes líricas no hubiesen anhelado pasar a la historia con un nombre reconocido? Muchas, y muy meritorias, han desfilado por los escenarios y el olvido las devoró.

Stephen Frears, director británico de cine, bien conocido por su extensa filmografía, en la cual se hallan excelentes piezas como “Mi hermosa lavandería”, “Las amistades peligrosas”, “The Queen”, produjo recientemente la película “Florence” en la que da parte de la vida de Foster Jenkins, haciendo énfasis en la tragicomedia que fue su existencia. Parte este director cinematográfico de hechos históricos, sin embargo, permitiéndose ficciones para condimentar mejor la narración, y poner en relieve, más que a la cantante, al trío de: su marido, su pianista y ella misma; interpretados por Hugh Grant, Simon Helberg y la gran Meryl Streep. Actuaciones estelares.

Este trío vivió una relación simbiótica en la que cada cual se ayudó y obtuvo beneficio, todos se necesitaron y contribuyeron con una causa que los favoreció mutuamente; así actuaron, así se compenetraron y buenos resultados les dio. Ocurre esto mucho en la vida corriente, es más común de lo que imaginamos o queremos ver. Una tríada sinergética que logra arrancarnos lágrimas y sonrisas. Meryl Streep ejecuta un rol magistral y del que no es de extrañar le conceda buenos galardones, nominaciones a los Óscares, en particular. Logra la actriz interpretar a Florence con esa mezcla de lo que ella fue: candidez, timidez, obstinación, distinción e histrionismo. Anotación también importante para Simon Helberg, el pianista, quien con poco hablar logra mostrarnos su drama personal: sentirse apoyando una causa musical que de toda su evidencia era de pésima factura, ver comprometido su prestigio al lado de esta pseudocantante. Así, consciente de este desastre musical, se convirtió en su cómplice y quiso después de la muerte de Florence quedarse con parte de su fortuna. Tal vez, bien merecida le fue.

A su marido, con quien no tuvo una verdadera vida conyugal debido a la gran diferencia de edades y sobre todo a una sífilis que le fue contagiada por su primer marido, lo presenta el filme como un cónyuge atento, complaciente, que respetaba la obstinación de su mujer por la música y que la ayudaba lealmente en sus gestas escénicas, incluso hasta contratarle público aplaudidor y periodistas escribiendo artículos favorables. Hay quienes lo critican por mantener relaciones sentimentales paralelas o servirse del dinero de la “diva”. Era, tal vez, el precio a pagar por mantenerle viva la llama de la ilusión operística…

El súmmum de su carrera lo alcanzó, pocos meses antes de su muerte, en una presentación en el famoso Carnegie Hall de New York. Sólo los grandes llegan allí, Florence, con la perseverancia de su marido, lo logró.

Hace años tengo el “magnífico” disco de Foster Jenkins “The Glory (????) of the Human Voice” el que me ha dado para reír y medio llorar con amigos; es casi un objeto de culto que me ha alegrado horas de tristeza, que me ha arrancado sonrisas cuando el palo no ha estado para cucharas. Que me realza el ánimo cuando anda por el piso. Sí, una mezcla inevitable entre admiración y burla.

Podrán decir que soy mala cantante, pero no podrán decir que no canto”, dice la cantante en un momento de lucidez poco antes de exhalar sus últimos suspiros.

Mi recomendación es no perderse esta entretenida tragicomedia, aún en cartelera, que además de ilustrarnos sobre la vida de Florence, la fallida cantante, nos advierte implícitamente como el dinero y el mercadeo logran encumbrar personas y productos de la más dudosa calidad.

PD: Permítase escuchar, sin abandonar, el aria de Mozart, “La reina de la noche”, de su celebre ópera “La flauta mágica”, interpretada por Florence Foster Jenkins: https://www.youtube.com/watch?v=OBOuRlgoU2A

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