A la ceguera añadirle sordomudez

A la ceguera añadirle sordomudez

19 de agosto del 2018

¿A alguien se le ocurriría comprar, alquilar, hacerse cargo de un objeto, asunto, bien material o intangible sin examinarlo previamente? Así pues, hasta de un alimento cualquiera que compramos le verificamos, aunque sea someramente, sus condiciones higiénicas: olor, color, textura, fecha de vigencia.

Cuando se accede a un nuevo cargo laboral se hace un proceso de empalme, el cual consiste en conocer previamente, en detalle y de manera directa, el estado de lo existente y con base al cual poder tomar el adecuado control. La transición hacia un nuevo cargo debe efectuarse de manera transparente y lo más imparcial posible para así construir un inventario que permita proseguir sobre lo hallado o corregirle su trayectoria en caso desatinado. Así las cosas, las entrevistas y documentos establecidos durante este proceso tienen un valor indispensable para la implementación de las acciones propugnadas por
quien asume la obligación. No se trata en modo alguno de un proceso ritual, ni de un formalismo protocolario, ni de una huella histórica destinados al archivo de lo inconsultado. Al contrario, se trata de un elemento esencial en la hoja de ruta, así como de propulsión inicial en lo que se emprende.

Imaginemos una eventualidad en la que por alguna accidentalidad un avezado piloto se encontrara de repente frente al mando de un avión en vuelo. No tendría más remedio este piloto de marras que proceder a hacer un “état de lieux”, ¿En dónde se está? ¿Cómo se comporta el avión? ¿Hay combustible? ¿Alguna pieza está defectuosa? Diligencias elementales y prioritarias de sobrevivencia. Acto seguido, una vez el conocimiento de la nave adquirido y el control tomado, podrá con mayor precisión determinar el rumbo hacia el cual conducir la nave.

Pretende con desenvoltura el saliente gobierno colombiano y sus áulicos –en el poder por 8 años– que se dé su gestión por recibida a satisfacción, sin ni mu decir sobre la nave del Estado y continuar el periplo sin conocimiento pormenorizado de aquello que se aspira conducir a buen puerto. ¿Cinismo, irresponsabilidad, desfachatez?

Por eso cuando alguien se alza para indicar que la nave del Estado no vuela a velocidad de crucero, sino que aceleradamente se precipita en picada descendente a tierra, se le tilda de mal gusto, de inoportuno, de tratar de pilotear con espejo retrovisor. Que no se preste a ingenuidades, la carga y cargo presidencial es de crucial responsabilidad y exige conocer con minucia los parámetros sociales y económicos que desde ya se anuncian desastrosos; y esto ha de tenerse bien en cuenta antes de emprender responsablemente el control de esta nueva época gubernamental y oportunidad que se abre. De esto habló Macías, Presidente del Congreso, con estilo franco y cerril, propio de nuestra provincia que poco
se enreda en eufemismos ni menos en bogotanas florituras. Que no era el momento ni el lugar, le reclamaron, al tiempo que le orquestaron un escándalo. Jamás será oportuno expresar tanta sinceridad porque con la “mala intención denunciada” pretenden acallar para siempre cualquier irregularidad –que a montones existen– y perdurar el execrable “tapen, tapen”, practicado durante dos cuatrienios, y que en sus estertores practicaron sin velo alguno.

Una cosa es no basar la conducción del Estado con permanente espejo retrovisor y otra bien diferente establecer con el mayor detalle y de conocimiento público el estatus de la nación, y esto no por el placer de ventilar errores y entuertos, sino para mostrar claramente las fundamentos sobre las cuales se pretende construir. La rectificación es evidente, y el tiempo necesario largo, a juzgar por los resultados ya conocidos y que el vituperado congresista “improcedentemente” puso de manifiesto delante del cortejo del saliente presidente. Por fortuna estos representan menos del 18% del pueblo colombiano,
si se tiene en cuenta la popularidad de este mandatario que desde ya se perfila en primera posición en la galería de los peores gobernantes de nuestro país, nunca se creyó que pudiera superar en descrédito al vergonzoso Samper.

Nos tratan de inducir algunos dueños de los medios de comunicación a aceptar a la tapada el paquete que nos deja el saliente presidente, a aceptar el legado y a construir sobre él sin análisis ni inspección; es más, a loarlo y darlo por bien hecho. Así lo pregonan con adjetivos descalificadores los cortesanos contra quienes que no traguen entero este último sapo; batracio repugnante del que nos ha empalagado el saliente, desde hace tiempo, aduciendo un sine qua non ineludible de “avance”. Y estos mismos palaciegos son los mismos que recibieron fortunas en contratos de publicidad, favorecimientos y
embadurnamientos de mermelada del antiguo sistema.

El caso contra Uribe no es otra cosa que un chantaje al nuevo gobernante: o abandona la idea de reformar las cortes también enmermeladas y corruptas en estos recién terminados cuatrienios o el jefe del partido que lo apoyó irá a la cárcel. Se llama coerción. Son esas justamente las prácticas que se desean eliminar; es este proceder por el que el pueblo colombiano ha expresado su hartazgo. Hay que como mínimo darle la oportunidad al nuevo gobierno, un compás de espera suele llamarse, sin aniquilarlo en el cascarón como tal es la intención de estos dueños de la verdad noticiosa, bien secundados por sus aliados del momento: las Farc (que con la complicidad del saliente, amplió su radio de acción) y sus tapados seguidores que por conveniencia política no descubren completamente sus cartas, pero cuyas maniobras, loas y discursos no engañan ya al pueblo que han considerado (y quieren) ciego y, además, sordomudo.

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