A la M&%$X# los pastores

23 de diciembre del 2010

Aunque todavía faltan unas cuantas dosis de buñuelos y de natilla, y el consabido intercambio de lociones, de malos remedos del plum pudding y de canastas cada vez menos carnudas envueltas en papel celofán de colores, ya se empiezan a sentir ganas de gritar a voz en cuello, como los catalanes cuando finalizan las fiestas, que “se vayan a la M#$%&? los pastores”. No se trata de emular al Grinch, el personaje creado por el escritor norteamericano Theodor Seuss que odia la fiesta, denigra de Papá Noel y aborrece los villancicos, pero hasta el más fanático se cansa cuando la Navidad, por lo interminable, se convierte en un lugar común.

Era, que duda cabe, una fiesta muy grata, no tan larga y que, por lo tanto, no perdía nunca su condición de sorprendente. Otrora, el árbol y el pesebre no se armaban sino hasta una semana después de la llamada noche de las velitas en vista de que todo tenía que estar a punto el 16 cuando se iniciaba la novena de aguinaldos. Por supuesto no era menester disfrazar la casa con la anticipación de ahora, ni se seguía la antipática moda de tener que cambiar, cada año y de manera histérica, toda la decoración por culpa de los azules, fucsias o rosados que señalan, muertos de la risa, los magnates chinos desde sus fábricas de ornamentos de Beijing o de Shangai. Los pocos objetos navideños que había en cada hogar se guardaban con esmero durante generaciones y, aunque parezca contradictorio, había más tiempo para disfrutar sin importar que el tinglado se esfumara al día siguiente de la fiesta de Reyes, a escasas tres semanas de instalado. Se trataba de una sociedad menos consumista y, en todo caso, mucho menos americanizada.

Hoy la navidad comienza el 2 de noviembre, cuando aún las calabazas de Haloween parecen burlare, con sus sonrisas forzadas, de la poca originalidad de un país que ha adoptado como propias las tradiciones de Nueva Inglaterra. Los pinos falsos, cuajados de luces, aparecen tan rápido que empiezan a verse vetustos cuando el jolgorio ni siquiera ha comenzado. Lo peor es que todavía les falta un rato largo de estar ahí languideciendo, asomados a las ventanas, puesto que suelen permanecer, tan campantes, hasta dos meses después de instalados. En varios países, que tienen la suerte de ignorar el tropicalismo, el árbol aparece apenas el 24 de diciembre y desaparece uno o dos días después del Año Nuevo. El tiempo justo para que no pierda el encanto ni se convierta en paisaje

El sortilegio de una fecha tiene que ver, a menudo, con la rapidez que la hace poco común y, en todo caso, le quita la condición de obvia. Cabe preguntarse: ¿por qué, en Colombia, la gente se molesta en desbaratar el árbol y pesebre? Sería más práctico, una vez acabados los festejos, que se cubrieran con un guardapolvo y se dejaran de manera permanente. De hecho no tiene mayor sentido andar armando y desarmando los decorados cuando un 16.66% del año transcurre bajo la hégira de la Navidad.

Por supuesto que la profusión navideña es otro golazo del comercio del cual resulta casi imposible substraerse. En consecuencia, aunque de dientes para adentro se reniegue de la pertinaz presencia de los pastores, por ahora no hay más remedio que entrar en el juego, llenarse de paciencia, soportar el reguero de ramas de muérdago de plástico durante un mes más, agradecer el ponqué que nos espera atiborrado de frutas cristalizadas y desearle a todos una feliz Navidad, aunque los símbolos de la fiesta en sus casas, a estas alturas y después de una presencia tan larga, empiecen a apestar a trasnocho.



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