A la topa tolondra

25 de noviembre del 2010

Hace un par de semanas terminó, con más languidez que gloria, la magra temporada de la Ópera de Colombia. No se trata de enhebrar un comentario crítico que, a estas alturas, no merece la pena por lo extemporáneo, pero de cara al futuro si conviene preguntarse: ¿Cuáles son los criterios del gobierno, distrital y nacional, para aportarle varios cientos de millones a un espectáculo que, al parecer, no sabe para dónde va?

Para comenzar,  los gestores de la ópera, más de tres décadas después  la formalización de un espacio estable para difundir el género, siguen repitiendo, en una paradoja, dos títulos -La Traviata y El Barbero de Sevilla- que se han programado hasta el aburrimiento y que, por su obviedad, figuraron hace 34 y 33 años en las primeras temporadas. Lo anterior desautoriza cualquier argumentación que se intente sobre la necesidad de enriquecer la cultura o de estimular la competitividad de la ciudad. Tanto peor si se considera que las producciones suelen ser de un trasnocho que las hace irrelevantes.

Las puestas operáticas en el resto del mundo se nutren de una vanguardia que explora estéticas y dramaturgias audaces y con intención. Los repertorios trillados se reemplazan por lo inexplorado y por lecturas conceptuales. Los decorados de cartón le han dado paso a la multimedia que,  junto con una pertinente tecnología, refresca los escenarios y, aunque muchos se escandalicen, no son raras las Aídas judías que se enfrentan al Holocausto; las Traviatas con sida; las Toscas o Las Valkirias sincrónicas con la revolución industrial, y cientos de etcéteras que subyugan al público joven y lo llevan a gozarse la música de Verdi, de Puccini o de Wagner en revisiones de grandes directores escénicos coherentes con los tiempos y que, sin cambiar una coma musical, hacen caso omiso de las acotaciones pensadas para el siglo XIX. Hay montajes que atraen multitudes y que han hecho de la lírica una atracción turística lo cual, por supuesto, no sucede en Bogotá.

Lo anterior pone en evidencia que los patrocinios estatales tampoco obedecen al propósito de provocar una renovación, o siquiera la experimentación teatral si se considera que, de manera sistémica, se ha subvalorado la disponibilidad local de directores mientras que extranjeros de muy escasa trayectoria ofician de factótums.

¿Acaso las cuotas gubernamentales guardarán relación con un posible estímulo de los nuevos talentos musicales? Aunque ese sería un loable propósito la escasez de profesionales jóvenes en roles protagónicos es notoria. Si a veces se invitan cantantes nacionales es porque al tener cierto recorrido parecen apuestas seguras.

Aquí no existe un director musical, con conocimiento del entorno, que, como ocurre en cualquier compañía de mínima seriedad, tome las determinaciones que le atañen a partir de un profesionalismo y que es imprescindible para mejorar el nivel, y para cumplir un propósito formativo.

¿Podría pensarse entonces que los dineros se entregan para impulsar la formación de auditorios? No lo creo: el valor de las entradas, las yermas políticas de promoción y la pobre convocatoria de públicos masivos anulan la hipótesis  y ante semejantes galimatías solo cabe suponer que los fondos provenientes del erario se adjudican a la topa tolondra.

¿Amiguismo? ¿Ignorancia? ¿Costumbre? ¿Lasitud ante las súplicas? Existe la posibilidad de que en aquellas entidades que toman las determinaciones no haya criterios para evaluar los niveles mínimos de calidad que deberían exigirse a cambio de los aportes, o si los hay no se aplican. Lo grave es que por indolencia, o por orden superior, se conceden, sin el menor mosqueo, unas ayudas jugosas que en otros ámbitos acaso rendirían mayores dividendos.

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