A propósito de don Rufino…

10 de febrero del 2011

Por estos días finalizó en Bogotá el Festival de la Palabra que inauguró las conmemoraciones del primer centenario del fallecimiento de don Rufino José Cuervo quien, dicho sea de paso, a estas alturas debe revolcarse en su sepultura del cementerio parisiense de Pére Lachaise si advierte cómo nos expresamos sus compatriotas. Aunque aquí se cuidaba la lengua cuando el estudioso, que dejó libros tan trascendentales como los primeros volúmenes del monumental Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana y Disquisiciones Sobre la Filología Castellana, abandonó el país en el siglo antepasado, a él le pareció conveniente invitar a sus coterráneos a que corrigieran sus errores de expresión en un volumen que, bajo el título de Apuntaciones Críticas Sobre el Lenguaje Bogotano, ponía de presente las faltas frecuentes en la forma de hablar y de escribir. Por desgracia casi nadie le ha hecho caso y el asunto ha empeorado.

Dicho texto debería ser obligatorio en los pensums, sobre todo donde se forman quienes pretenden incursionar en los medios en vista de que en cualquier canal de televisión o emisora llueven las bestialidades idiomáticas. Para comenzar, están los eufemismos o como los define el diccionario de la Real Academia, esas “manifestaciones suaves o decorosas de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante” pero que aquí obedecen a una confusa percepción. Por ejemplo, a los colombianos nos dio por creer, sin razón, que la palabra pelo conlleva una referencia a ciertas partes anatómicas y por ello, para sonar menos púbicos, hemos ido cambiando un sustantivo tan digno como necesario por el mucho menos insinuante cabello. ¡Una ordinariez! Otro tanto ocurre con el verbo poner que empieza a desaparecer porque, en el imaginario colectivo, se extendió la estupidez de que sólo “ponen” las gallinas.

Lo grave es que si tales boberías se mantuvieran en lo popular no pasarían de ser folclore, pero han hecho carrera entre locutores, actores, políticos y otros especímenes que llaman a la guerra “conflicto”, que “se colocan” nerviosos, que piden que les regalen en vez de que les sirvan o les vendan, y otro centenar de burradas que van horadando el idioma. Eso, sin hablar de las faltas de pronunciación casi ortográficas como emitir una K supuesta en palabras como eksenario, piksina, Aleksis o silbar, por el miedo que debe producir la fuerza de la ch, una sh que, al no existir en castellano, crea esperpentos como shocante y shabacanería. Gracias a una dicción inadecuada se inventan vocablos como Aksequible, un yerro garrafal, que debe interpretarse como accesible o asequible. Y ello ocurre en todos los niveles sociales.

En las telenovelas las barrabasadas campean a su antojo. La profusa utilización del adjetivo demasiado, cuyo sentido es negativo al indicar exceso, lleva a esbozar frases tan contradictorias como “estoy demasiado feliz” o absurdos como “me encantó demasiado”, sin advertir, en este último caso, que ciertos verbos como encantar, o morir, no admiten el calificativo. Para que quede claro: ¿a quién se le ocurriría decir que alguien “se murió demasiado”? Lo anterior es apenas una muestra: pocos saben usar las preposiciones; a la mayoría los asalta el miedo a decir “de que” cuando se exige el afijo; casi todos usan mal los plurales del verbo haber, caen en repetidas faltas de concordancia y en otra ristra de equívocos que piden el uso urgente de herramientas, como las Apuntaciones, que podrían salvar del deterioro, cuando menos local, a una lengua muy hermosa.

El propio don Rufino, en el prólogo de la quinta edición del citado texto, dice que “Es el bien hablar una de las más claras señales de la gente culta y bien nacida, y condición indispensable de cuantos aspiren a utilizar en pro de sus semejantes, por medio de la palabra o de la escritura, los talentos con que la naturaleza los ha favorecido…”.  Ojalá el Instituto Caro y Cuervo, que lleva el nombre del insigne filólogo y que está adscrito al Ministerio de Cultura, impulse este año el mejoramiento de la forma de expresarnos. Sería el mejor homenaje no sólo a la memoria de un hombre que defendió el idioma como pocos sino a la identidad.

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