Aquí está y aquí se queda

2 de diciembre del 2010

A Uribe no lo sacan del escenario tan fácil

Claro que es mesiánico, que es autoritario, belicoso, soberbio, camorrista, sobrador y pendenciero. Claro que piensa que la historia nació con él y que sus antecesores hacen parte de la prehistoria de Colombia. Que está requeteconvencido de que a los demás les faltan pantalones para enfrentar a las guerrillas y mucho más para pararle el macho a los Chávez, Ortegas, Correas y Evos, que le significan algo así como los kruschev o Brezhnev de la guerra fría. 

Claro que él parecía no haberse enterado al principio de que el gobierno cambió, e incluso pudo creerse el cuento de que con Santos iba a gobernar en cuerpo ajeno. Y claro que como era áspero con los periodistas y como mínimo irreverente con las cortes, pues no son pocos los enemigos que se granjeó ni los resentidos con su infranqueable poder, que aspiran a que por arte de magia termine como Fujimori, o en un exilio forzoso como le sugieren algunos columnistas que se calle o que se vaya.

No vaya y sea que aquellos a los que no les gusta el despotismo ni el unanimismo puedan estar cayendo en esos rincones de la intolerancia que casi siempre devienen en exclusiónismo. Y toque recordarle a los antiruribistas que se presumen demócratas que recuerden que hubo algún padre de la democracia que dijo que aunque no compartía las ideas de su adversario daría la vida por su derecho a defenderlas.

No, que no se calle Uribe, que twittee todo lo que le venga en gana. Que no se vaya, que dé la pelea política y mediática que le parezca y que siga defendiendo sus ideas, que buenas o malas, están protegidas por su legítimo derecho a expresarlas. Si todavía cantamos, hay que cantar que no se calle ningún cantor. Ni de izquierdas ni de derechas. Nadie puede creer que alguien no tenga derechos, por altruista que sea el motivo, aunque para ser justos ellos también tienen el derecho de pensar así.

Pero lo que se impone en una democracia como la que decimos que nos gusta es dar la pelea ideológica y derrotar a Uribe con argumentos. Sólo que para eso se necesita tener tanto compromiso como él con su causa y estar dispuesto a jugarse el cuero como él lo hace. Y para eso es necesario demostrar que la causa de los antiuribistas es más justa que la del expresidente, cosa que no es fácil si se piensa que el mundo se ha dividido en blanco y negro, o sea en plata blanca, entre Uribistas y antiuribistas. 

Y para los que no somos ni lo uno ni lo otro, esa pelea carece de toda objetividad. Para los unos, los que no están con ellos están con las FARC; y para los otros, quienes no hacen causa común con ellos están con el paramilitarismo. Pero hay una gran masa de colombianos que no le gustó que se impulsara un referendo rerreelecionista pero tampoco que la Corte no haya cumplido el mandato de nombrar fiscal como lo ordena la ley. Hay un mundo de gente que no cree válido que haya habido chuzadas, agroingresos y yidispolíticas pero que no cree que los adalides de la justicia estén en las herencias del 8000 o en las del Caguán. 

Y aquí hay que poner polo a tierra. Lo cierto es que gústenos o no el uribismo es una nueva fuerza política que, por más satanizada que se quiera, existe. Y representa el sentir de una buena parte de la población que equivocada o no, engañada o no, hoy siente que tiene jefe y que ese man es un verraco. Y aunque los liberales y los vargaslleristas hoy estén de luna de miel con el presidente, es mejor que dejemos los santos quietos, no vaya y sea que mañana cuando Juan Manuel quiera reelegirse, comience el viacrucis del que se mete a redentor. Y sus hoy aliados le vean cara de Uribe y lo manden pal calvario o hagan coro para decir “crucifícalo”. O le canten como decían Los Prisioneros “¿por qué no se van del país?”.

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