Abel es el eje del relato. Poco sucede antes de que el joven habite el cuarto que, para conseguir algún dinero, tienen que alquilar Silvestre y Mariana, los únicos felices de la novela. Se quieren de verdad, con un amor que trasciende a la pareja. Hay que amar, dice Silvestre, con amor lúcido y activo: que la actividad no haga olvidar la lucidez, que la actividad no lleve a cometer villanías como las que cometen los que quieren el desamor entre los hombres. Hay que amar, lo único que todavía se ha experimentado, porque si los hombres se odian, nada se puede hacer. Todos somos víctimas de los odios, nos matamos en guerras que no deseamos. “¿Y para qué? Para crear la simiente de una nueva guerra, para crear nuevos odios, para crear nuevas banderas y nuevas palabras. ¿Para esto vivimos?”. Silvestre, un hombre que piensa mientras cose zapatos, se lo dice a Abel que busca razones para vivir, que saldrá de su casa más seguro de encontrar su propio camino. Abel será siempre pesimista; para él el amor es sólo una ilusión fácil y envolvente. Ha rechazado ser un burgués respetable y escapa cuando se siente atado. “¿Me quieren casado, fútil y tributable?”, repite recordando a Pessoa.
Las conversaciones de Abel con Silvestre son como un tragaluz, como una ventana abierta en el techo que ilumina un recinto cerrado, como el ojo que todo lo ve en un edificio cualquiera de Lisboa donde todo es fastidio. Por eso el nombre de la obra, Claraboya, que ahora publica en español Alfaguara. José Saramago envió el manuscrito a una editorial en 1953, pero ésta nunca le respondió, irrespetándolo. El autor tenía por norma de vida, “nadie está obligado a amar a nadie, todos estamos obligados a respetarnos”. En 1989 cuando la misma casa ofreció imprimirlo, Saramago se negó. Por dignidad. Muerto el novelista y poeta, Pilar del Río permite su edición. Es un regalo a los lectores para que gocen “las puertas de entrada a Saramago”: el libro escrito antes de que el autor tuviera treinta años, contiene todas sus claves narrativas.
Las vidas de Silvestre y Abel se cruzan con las de otras familias de cotidianidades infernales, sometidas a guardar las apariencias. Mundos de pasiones aberrantes, de sexo oculto. Lida que fue prostituta y volverá a serlo después de su relación con Paulino Morais, el hombre adinero que preferirá a María Claudia. La muchacha, hija de Anselmo y Rosalía, habitantes de otro piso, decidirá ser o no su amante. Una carta anónima culpó a Abel de un romance con Lida. ¿Invento, excusa de Morais, para dejar a Lida?
Isaura, Adriana, tía Amelia, Cándida. Atentas a sus costuras con música de fondo. Isaura lee novelas, Adriana “llena de hambre de amor” lleva un diario de deseos fracasados. Alguna noche ambas se enredaron en una aventura lésbica que quedará en secreto.
Caetano Cuhna, linotipista, asqueroso visitante de burdeles y Justina se odian. Emilio Fonseca, a quien “le bastaba atravesar el umbral de la casa para que le cayera encima un peso insoportable. Se sentía como un hombre a punto de ahogarse” vive con su hijo Enrique y con Carmen, la española que no para de gritar sus desgracias. Pero no sabrá qué hacer con su libertad cuando su esposa se vaya de viaje…” ¡Qué fuerza era esa que lo ataba a aquella casa, a aquella mujer, a aquella criatura!!”.
Todo es desamor en el vecindario de patio y marquesina. No hay esperanza. “El día en que sea posible construir sobre el amor no ha llegado todavía”, señala Abel el final de la novela.
