Al fin qué: ¿Mejía o Heredia?

3 de marzo del 2011

En estos primeros meses del año, que se caracterizan por una amplia vida cultural en El Corralito de Piedra, no deja de llamar la atención que todavía mucha gente, refiriéndose al principal teatro de la ciudad amurallada, sigue hablando de “el Heredia”, acaso por la fuerza de la costumbre, y, sin duda, por el poco interés que tal vez despierta la denominación de un coliseo al que hace tiempo le cambiaron, y con razón, el nombre. Por emblemáticos, los bienes culturales de Cartagena le pertenecen a todos los colombianos y por eso importa el singular descuido sobre la manera de llamar un teatro que, en realidad, solía ser el Heredia y que, por disposición del concejo municipal de la ciudad, se rebautizó en 1998 como Adolfo Mejía en homenaje a un gran compositor nacido en ese entonces en las sabanas de Bolívar, hoy de Sucre, pero cartagenero de corazón. Puede ser que tras el equívoco se agazape el viejo roce entre los ritos a ultranza y el cambio, aunque éste último sea acertado, o acaso ese otro frote tan pasado de moda entre lo que se considera de cierta alcurnia y lo que es popular, habida cuenta de que entre otras muchas piezas Mejía le compuso a la heroica el bello, y popular, bolero Cartagena oración de arena.

La historiadora María Teresa Ripoll dijo hace ya tiempo, en una de sus columnas de El Universal, que le oyó a Eduardo Lemaitre, autoridad indiscutible, que en 1933 al coliseo dejaron de llamarlo Municipal y lo rebautizaron como Heredia en reconocimiento no a don Pedro, el fundador de la villa como quizás hubiera sido deseable, sino al bate cubano de no demasiada nombradía José María de Heredia, quien escribió dos poemas en francés sobre Cartagena. El primero, con el nombre de A une ville mort, inspiró al parecer los celebres Zapatos viejos del tuerto López, y el segundo, “au fundateur de une ville”, se refiere a don Pedro de Heredia. Los dos, que pueden leerse traducidos en la Bibliografía General de Cartagena de Indias de Camacho, Zavaleta y Covo, dejan ver que, aunque sea de agradecer que un extranjero se inspire en la ciudad amurallada, están muy lejos de dar de sí lo suficiente, en términos de calidad, como para merecer el desproporcionado homenaje de endilgarle su apellido al principal teatro de una ciudad paradigmática que, dicho sea de paso, es una joya de ese gusto decimonónico caribeño con ciertas pretensiones de europeo y al mismo tiempo con un deje calentano.

A su turno, Adolfo  Mejía, nacido en Sincé pero criado y vinculado toda la vida con Cartagena, fue un gran compositor que, más allá de un bolero más o menos pegajoso, a fuerza de talento, a partir de la música popular y con una formación muy seria, irrumpió en el ámbito sinfónico y academicista con trabajos de anchura suficiente como para mecer el homenaje. Íntima, La Pequeña Suite, La Tercera salida de Don Quijote, entre otras obras suyas, y un repertorio pianístico y polifónico de calidad así lo demuestran. No obstante, Mejía ha gozado de poco reconocimiento a no ser por algunas interpretaciones por parte de la Filarmónica de Bogotá o de la Sinfónica de Colombia, y por la lectura de piezas que se han realizado en recientes ediciones del Festival de Música de Cartagena, acaso porque la Fundación Salvi, gestora del este último, está muy relacionada con el arpa. No hay que olvidar que el músico escribió dos suites para dicho instrumento, estrenadas en su momento, en Bogotá y en París respectivamente, nada menos que por Nicanor Zabaleta quien era el primer arpista del mundo.

Es evidente, entonces, que la determinación de quitarle a la sala el nombre de un poeta cubano menor y de rebautizarla con el de un gran músico colombiano no sólo fue justa sino loable. Ojalá que todo el mundo se acostumbre, con orgullo y sin peros, a llamar el Adolfo Mejía como corresponde, y que el asunto sirva para que se conozca a fondo, y se difunda, la obra de un gran creador musical.

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