Algo pasa en Fedegan

16 de junio del 2011

José Félix Lafaurie Rivera maneja el gremio ganadero desde hace siete años y sin duda le ha puesto una briosa dinámica. El es un ingeniero guajiro, inteligente y estructurado, con suficiente información universal para pasar cualquier filtro de salón y quedar bien parado ante sus interlocutores. Tiene columna en varios medios donde escribe sobre política, economía y ganadería, aunque nunca haya sido economista ni ganadero. Pero sin duda es un tecnócrata que ha dejado sentir su puño de hierro en Fedegan.

En cuanto llegó, Lafaurie instaló un Staff sin precedentes, aumentó la nómina desproporcionadamente y dio abrigo en ella a parientes y recomendados de la mayoría de miembros de su junta directiva. Poco a poco, mediante un clientelismo gremial inédito, fue haciéndose al control total de la federación, pasando reformas estatutarias de naturaleza electoral que lo entronizaron como un verdadero intocable ante los agremiados.

Cuando María Lucila Reyes, reconocida líder del Casanare, se atrevió a cuestionar su ímpetu reformador y el sinfín de aprobaciones que la junta expidió, Lafaurie maniobró hasta que Reyes en protesta prefirió no continuar. En el siguiente Congreso Ganadero reacomodó la junta y, con mayoría de su confianza, la organización gremial quedó lista para echar a andar los planes de su presidente, que no tuvo que ocuparse más en responder cuestionamientos.

La administración estableció Tecnigan, con sedes en todo el país, dedicadas a asistencia técnica ¿y política? para los ganaderos. Montó Almagan, que desplaza los almacenes veterinarios tradicionales. Importó embriones de Argentina, para competir con las centrales genéticas privadas colombianas; y sepultó varias decenas de miles de millones de pesos en Friogan, empresa que se hizo al control de cinco frigoríficos que ya están endeudados, cerrados o a media marcha, y el capital privado reducido a porcentajes irrisorios, pues al entrar Fedegan con chequera fácil, a desarrollar y terminar los mataderos, encareció su construcción y operación, hasta que la participación privada se volvió minoritaria. Para subsanar el descalabro, Lafaurie convenció al gobierno de prohibir la exportación de ganado vivo, pues solo exportando carne en vez de novillos, tendrían sacrificio los mataderos de Friogan, que compiten codo a codo con los del sector privado y cooperativo.

Mientras  tanto, Venezuela, que tiene mataderos, no entiende por qué Colombia no le vende lo que pide sino lo que Fedegan pretende; pero el presidente del gremio parece no haber escuchado que “el cliente tiene la razón”. Y en síntesis, los ganaderos no tienen cómo vender su ganado, porque Friogan no compra, y el ganado en pie que solicitan Venezuela y el Líbano, solo lo dejan vender mediante cuotas limitadas.

Todas estas aventuras comerciales se han hecho con dinero del Fondo Nacional del Ganado que -por ley- preside quien presida Fedegan. Son recursos parafiscales, tributados por los ganaderos, que deberían ser vigilados con mayor celo por la Contraloría General de la República.

Lo cierto es que la federación pasó de defender los ganaderos, a convertirse en la mayor competencia de todos los negocios derivados de la ganadería: La Fedegan de hoy vende insumos, embriones, droga, tractores, maquinaria, servicios profesionales, y hasta carne empacada al vacío. Sería como si Fenalco -el gremio de los comerciantes- en vez de defenderlos y representarlos, les montara competencia construyendo centros comerciales y abriendo almacenes de todo tipo a lo largo y ancho de Colombia.

Todo eso, parecería simplemente la obra de alguien con ínfulas de gigante corporativo, que no entendió que los gremios representan y defienden en vez de competir con los agremiados. Sin embargo, a raíz del escándalo de AIS, ha salido a flote que Lafaurie, muy cercano a Andrés Felipe Arias, hizo que el Ministerio de Agricultura, mediante Resolución 364 de 2005, designara a Fedegan como entidad administradora del Sistema Nacional de Identificación de Ganado SINIGAN. Pues bien, en su calidad de administradora, Fedegán recibió miles de millones de AIS, para gastárselos en el plan de Trazabilidad bajo su batuta.

¿Qué es eso? veamos, la Trazabilidad la define -pobremente- la ley 914 de 2004 como “la habilidad  para identificar el origen de un bovino en la secuencia de producción, de acuerdo con el fin para el cual ha sido desarrollado”. En otras palabras, es  un sistema que pretende saber la historia del animal desde que nace hasta que llega al plato. Ambicioso, pero no se entiende para qué pueda ser útil. Porque en razas puras se hace un examen de ADN que identifica los marcadores genéticos de cada animal, con lo cual se verifican tendencias, ascendencia y aptitudes cárnicas genéticas. Pero, un examen de ADN a bovinos fruto de cruces multirraciales, sería una práctica inútil.

Lo que sí parece brillante es montar un buen negocio a largo plazo: Prestar el servicio de trabajo de campo, y vender la orejera desechable con código de barras y alfanumérico, y el botón con radiofrecuencia, para identificar cada animal del hato nacional; al igual que los lectores electrónicos y el costosísimo software para que el sistema opere, aunque todo eso no sirva para nada.

Y no sirve. Primero porque Líbano y Venezuela (nuestros clientes para el ganado de exportación) no exigen trazabilidad ni les importa un pito. Segundo, porque a lo sumo cada examen dirá qué vacunas, colores y apariencia tienen los novillos; pero si no hay información genética de madres ni padres, ¿de qué sirve el Dispositivo de Identificación Nacional para que los sofisticados dispositivos electrónicos -al año de puestos- terminen a la parrilla?

Lo que sí sirve es que la Procuraduría, la Contraloría e incluso la Fiscalía, examinen con criterio de  legalidad, eficacia y eficiencia, si es aceptable que miles de millones de pesos, de los impuestos de los colombianos, se destinen para sostener un programa faraónico que no reporta utilidad comercial ni se justifica ante nuestros mercados.

Ahí hay un negocio de alguien, un despilfarro sin duda, una plata que se pierde y un gasto que no sirve en absoluto. Pero corresponde a las autoridades determinar si acaso hay un peculado, un enriquecimiento ilícito, un concierto para delinquir simple; otros tipos penales, o tal vez nada.

El presidente de Fedegan hacía parte de la Junta Asesora de AIS, de acuerdo al artículo octavo de la ley 1133 de 2009 que creó este programa. Pero eso no fue impedimento para que recibiera y ejecutara aportes AIS como administrador del SINIGAN. Esa indelicadeza ética palidecería si se comprobara que la plata recibida y manejada por Fedegan solo sirvió para enriquecer unos empresarios que ojalá no tengan vínculos con quien les dio el negocio.

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