Álvaro Gómez Hurtado: grande entre los grandes

8 de noviembre del 2015

“No fue presidente porque este es un país que no estaba preparado para semejante titán.”

El doctor Álvaro Gómez Hurtado no fue presidente de Colombia, porque este es un país que no estaba preparado para tener, como máximo dirigente, a un hombre de esa estatura intelectual, humana y moral. Así como lo oyen: Colombia era un villorrio acostumbrado a políticos  del común y a prácticas politiqueras, en el que un estadista con visión global sobre la cosa pública y convicciones profundamente democráticas, además de una honestidad a toda prueba, generaba gran prevención entre aquellos que añoraban que las cosas siguieran como estaban. En países desarrollados, como Alemania, Estados Unidos e Inglaterra, no habrían dudado un segundo en elegir a semejante titán.

Para desacreditar a un hombre absolutamente intachable, los enemigos del caudillo conservador recurrieron a la infamia. Como no tenían nada qué decir de Gómez Hurtado, lo atacaban por el solo hecho de ser hijo del expresidente Laureano Gómez, quien, a la sazón, había cosechado muchos odios en la época de la violencia partidista. Ese “caballito de batalla” habría de perseguirlo toda su vida.

En el año de 1974, durante su primera campaña presidencial, Gómez Hurtado, propuso lo que sería, posteriormente, el derrotero de su pensamiento político: el acuerdo sobre lo fundamental. Entre las ideas que abarcaba el ideario programático, estaban el desarrollo del río Magdalena, como la principal arteria del transporte y conexión entre regiones, y una profunda reforma a la justicia. 41 años después, los planteamientos del gran maestro siguen más vigentes que nunca. Fue el primero en tocar temas trascendentales: la elección popular de alcaldes y la excesiva intervención del Estado. Además, fue el promotor de figuras como la Acción de Tutela, el Control Fiscal, la autonomía del Banco de la República y la Fiscalía General.

El inicio de su rutilante carrera política no pudo ser mejor: mientras su padre era embajador en Alemania, el mozalbete Gómez Hurtado fungió como activista en las juventudes a favor de la causa del Mariscal Hindenburg, nada más y nada menos que en contra de las aspiraciones de Hitler y su movimiento nazista. Álvaro Gómez Hurtado fue concejal, diputado, representante a la Cámara, senador, designado, constituyente, y embajador en Suiza, Washington y Francia. Lo único que le faltó fue ser presidente, aunque tenía el estatus de un expresidente, precisamente por sus grandes aportes ideológicos y por el liderazgo que necesariamente deviene de una vida sin mácula y una inteligencia sin par.

Álvaro Gómez Hurtado fue muchas cosas: abogado, periodista, pintor, profesor y político, pero, ante todo, fue un humanista que consagró su vida a la defensa del Estado de Derecho, la democracia y las garantías fundamentales de los ciudadanos. Tuve el honor de conocerlo y disfrutar de su cultura y sapiencia. Era un hombre sencillo, cálido y noble. La única vez que milité en un partido fue en Salvación Nacional, movimiento político creado por él, lo que sigue siendo motivo de orgullo para mí.

Hace 20 años manos criminales lo asesinaron mientras salía de dictar su maravillosa cátedra de Historia de la Civilización Universal, en mi alma mater, la Universidad Sergio Arboleda, de la cual el doctor Gómez Hurtado fue fundador. Ese magnicidio no puede quedar en la impunidad, porque, con su muerte, le arrebataron al país a un líder que se convirtió en la cantera moral de una Nación, sumida en la corrupción y la ilegalidad.

La ñapa: 30 años de la toma del Palacio de Justicia dejan una moraleja cruel: en Colombia los malos son tratados como buenos y los buenos son tratados como malos.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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