Amigo de Alzate narró sus últimos días 

Amigo de Alzate narró sus últimos días 

13 de Noviembre del 2016

A una quincena del quincuagésimo sexto aniversario de la desaparición del caudillo Gilberto Alzate Avendaño, rescatamos un valioso testimonio de Antonio José Uribe Portocarrero, uno sus mejores amigos, sobre cómo fue su actitud en la antesala de la muerte que sacudió al país entero.

Antes de ingresar al quirófano para ser operado por segunda y última vez en menos de cinco días, el líder  conservador caldense pidió que le llevaran un confesor a su habitación del cuarto piso de la Clínica de Marly y un block de papel para escribirle a su esposa doña Yolanda Ronga algunas recomendaciones finales.

Unas horas después de la nueva intervención quirúrgica, exactamente a las 4 y 42 minutos de la madrugada del sábado  26 de noviembre de 1960, fallecía prematuramente este dirigente extraordinario que se perfilaba como el segundo presidente del Frente Nacional.

La primera operación se la había practicado el cirujano cartagenero Alfonso Bonilla Naar radicado en Bogotá, pero el ilustre paciente no fue muy colaborador con la medicina en la etapa postoperatoria.

Su amigo inseparable Uribe Portocarrero, quien lo acompañó desde el día lunes de la que sería la última semana de vida del Mariscal, cuando lo atacó el mal que le causaría la muerte, derivado de su glotonería invencible, consiguió a toda prisa el sacerdote para la confesión en la cercana Universidad de Santo Tomás y compró las hojas para el manuscrito final en un pequeño almacén de la clínica: un cuaderno de los que se usaban en la época para llevar  las primeras estadísticas de los recién nacidos.

El jurista consignó en un relato facilitado al Contraplano  por el abogado, historiador  y periodista samario Oscar Alarcón Núñez detalles muy puntuales del comportamiento postrero del gran conductor de masas:

“Al día siguiente de la operación, el paciente –si bien presentaba un mejor aspecto— su intolerancia era extrema. A las enfermeras las trataba muy duro y no cesaba de proferir amenazas contra el gobierno porque al reestructurar el gabinete, no había nombrado a ninguno de sus recomendados: Cornelio Reyes, Humberto González Narváez y Fernando Urdaneta”. Y añade el testigo de excepción del hundimiento del acorazado manizaleño de la bella metáfora que se sumergía lentamente en el océano con las luces encendidas: “Llegó a tal grado la exacerbación que Alzate se bajó de la cama y con la herida y el estómago a dos manos caminaba cual león enjaulado a lo largo de los pasillos públicos de la Clínica”.

En el tercer día del postoperatorio una grave junta de médicos tuvo lugar en la Marly. Al concluir, el doctor Juan Consuegra anunció que era necesario volverlo a operar, porque los movimientos que hizo y la grasa produjeron un desgarramiento de las  costuras; además, debían  explorar otras zonas”.

Uribe le transmitió a Alzate la decisión  de los médicos que rehusaron notificarlo directamente porque le tenían cierto temor, por su intemperancia y fuerza. “Muy bien, me someto a otra, dijo el Caudillo; pero deseo confesarme, pues en la primera no pude hacerlo”. Cuando su ángel guardián  se apareció con el sacerdote, le comentó: “Es el mejor favor que me has hecho, Antonio José”. Eran las 5 de la tarde. La segunda y definitiva operación, de la que no regresó, empezaba a las 6 p.m. Y expiró en la fría madrugada bogotana, cuando acababa de cumplir 50 años edad y el solio bolivariano lo esperaba a pocas cuadras de distancia, en la  céntrica Casa de San Carlos.

La apostilla:  Si Alzate no hubiera fallecido, el país no habría tenido en Palacio a Guillermo León Valencia, el Hidalgo de Paletará, con sus discursos cargados de “profunda emoción patriótica”, sus cuatro “Gorilas”, sus gabinetes “milimétricos” y sus escapadas nocturnas  a la casa de doña Blanca Barón.

Por Orlando Cadavid Correa ([email protected])

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