Piedras a una estatua

16 de febrero del 2015

“Pueden derrumbar su estatua, pero no lo ablandarán a él.”

Antanas Mockus es tal vez una de las personas más conocidas en Colombia, su fama se inició por la irreverencia con que enfrentó los estudiantes de la Universidad Nacional y fue creciendo a la par con los actos pedagógicos simbólicos que realizaba, como bañarse en una fuente, arrojarle agua a su contrincante político, vestirse de super héroe o ponerse una pirámide en la cabeza para identificar su lista al Congreso. Paralelo a esto hizo cosas de mayor profundidad como gobernar a Bogotá sin robar, transformar la cultura ciudadana y el sentido de pertinencia de los habitantes de la capital y enseñar a lo largo y ancho de nuestro territorio el sentido de la legalidad.

A pesar de no ser un buen político, en el mejor sentido de la palabra, logró dos veces ser elegido alcalde y llevar al Congreso a algunos de sus seguidores, pero lo más importante fue haberse convertido en un referente ético para el país, lo que es especialmente significativo en un mundo tan turbio como el de la política colombiana.

Sin importar los altibajos de su carrera, Antanas se erigió como esa estatua que representa el recto proceder y la incorruptibidad. Digo estatua, porque apenas quedó como testimonio solitarios sin lograr que grandes masas lo siguieran. Recordemos que el efecto “Ola Verde” generado en la campaña de 2010 a la presidencia, cuando creímos que iba a logra derrotar las maquinarias uribistas que apoyaban a Santos, terminó desvaneciéndose en pocas semanas. Antanas se derrumbó en las encuestas y terminó relegado con una campaña descolorida y floja, que sirvió para alimentar las burlas de muchos contradictores.

A pesar de esta derrota Mockus siguió en su ley pregonando que los Dineros públicos son sagrados y que la política tiene que ser un ejercicio decente. Sin ningún tipo de resentimiento, cuatro años después de ser derrotado por Santos, adhirió a su propuesta de paz y se sumó a quienes prefirieron el discurso conciliador de Juanma al guerrerista de Zurriaga, lo que al parecer no se lo perdonan todavía en las filas uribistas.

Ahora desde esa orilla ideológica le tiran piedras a la Estatua de Mockus, es decir, pretenden rebajarlo de su condición de figura emblemática a la de un lobista más o un enmermelado cualquiera.

Para conseguir desprestigiar a un hombre que no ha hecho nada distinto a ejercer la función pública con honorabilidad y la pedagogía social con solvencia, lo acusan de vender su apoyo a los propósitos de la Paz, como si se tratara de un concejal o un congresista en trance de negociar su voto.

Y él no responde furioso, no se rasga las vestiduras, sino que lo hace con humildad y sinceridad en una muestra más de su profunda convicción de que se debe dar cuentas de los dineros públicos. En la entrevista de Semana, Antanas no está preocupado por su prestigio, sino por aprender una vez más de cualquier error que él o su organización haya cometido, si es que lo cometieron. Mockus no es la estatua que ahora apedrean los uribistas, es un ser de carne y hueso, un hombre que ha sabido recibir los regaños de la opinión pública y cuando ha sido necesario pedir disculpas lo ha hecho.

Apoyar la paz no es algo que él esté negociando y estoy segura que lo seguirá haciendo así las huestes que lo atacan quieran amedrentarlo para que se aparte. Pueden derrumbar su estatua, pero no lo ablandarán a él porque muchas personas en Colombia hemos entendido su mensaje y así sea con dificultades electorales sus enseñanzas sobrepasan las fronteras de la intolerancia política. Ánimo Antanas, los perros ladran: señal que usted cabalga.

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