La paz se aprende a trompicones

7 de septiembre del 2012

A medida que se conocen detalles del proceso iniciado con las Farc, se aclaran las posibilidades de que este, aprendiendo de la gran experiencia lograda con mucho dolor por el país durante tantos años, se enfrente con realismo, sin generar falsas expectativas. De manera progresiva (“un camino a explorar”, planteó el presidente Santos) pero con […]

A medida que se conocen detalles del proceso iniciado con las Farc, se aclaran las posibilidades de que este, aprendiendo de la gran experiencia lograda con mucho dolor por el país durante tantos años, se enfrente con realismo, sin generar falsas expectativas. De manera progresiva (“un camino a explorar”, planteó el presidente Santos) pero con plazos y momentos de evaluación y ajuste definidos. Sin caer en un “procedimentalismo” puntilloso que tanto enredo causó en el pasado. Un proceso para terminar la guerra y no para “humanizarla”, como se proponía en tiempos de Samper.

Anteriores experiencias negociadoras llevaron a definir una acción balanceada  entre el pleno reconocimiento y atención de los derechos de las víctimas, olvidadas anteriormente, y los de los reinsertados de la guerra, que también son colombianos con  derechos, que se declaran decididos a dejar las armas para reintegrarse a la vida civil y, al menos sus jefes, participar en la política democrática,  con propuestas y no con balas.

La reinserción social y política de los excombatientes es un punto bien complicado para la negociación de un conflicto tan degradado como el colombiano, acrecentada su dificultad desde 2002 por la entrada en vigencia del Estatuto de Roma, que restringe la autonomía de los Estados para amnistiar a los alzados en armas. Al respecto el exmagistrado Jaime Arrubla anota: “el Estatuto de Roma no se opone a los procesos de paz; las amnistías condicionadas no son incompatibles con dicho estatuto… por toda clase de crímenes se puede exonerar al finalizar un proceso de paz.” El tema es delicado, altamente controvertible y por ello requiere que se clarifique de entrada. Sería  la primera e inaplazable tarea a realizar.

La  negociación ha de centrarse en las condiciones, cambios y condiciones requeridos en el ámbito político, para permitir que los guerrilleros, compatriotas nuestros que fracasaron en su propósito de  imponerle al país, por la fuerza de las armas los cambios que pregonaban, se les den las condiciones y las seguridades para que como ciudadanos, adelanten sus propuestas en el escenario de la política democrática. La experiencia del M-19 con la Constituyente,  es clarísima y aleccionadora al respecto. Dos de cada tres colombianos apoyan que se les de a los guerrilleros la posibilidad de la salida política para que  dejen de delinquir; en ningún caso apoyan las propuestas políticas de  la guerrilla. Ese es el almendrón de la negociación. Tenerlo claro evitaría caer en la trampa de una agenda convertida en verdadera “lista de mercado.”

Por ello, aunque suene poco democrático, una negociación para que avance, para que tenga foco y propósito, no debe ser “de puertas abiertas y con micrófono abierto”, en la cual todos participaríamos. Atrás quedan las experiencias fallidas pero muy ilustrativas del “Diálogo Nacional” del M-19 en tiempos de Belisario Betancur y de las mesas temáticas del Caguán. La experiencia universal, aún la guatemalteca, enseña que negocian pocos eso sí con amplias atribuciones para hacerlo, reunidos “lejos del mundanal ruido”, preferiblemente en un país neutral. Es posible y deseable, que al final de la negociación, lo acordado sea refrendado  por el pueblo, por “el constituyente primario”.

Empezar sin cese al fuego puede ser riesgoso, pero la experiencia indica que  ceses impuestos de entrada han sido causantes  de muchos de los enredos en que cayeron anteriores procesos (especialmente con la verificación y las zonas de despeje). El  cese al fuego es una etapa importante en el camino a recorrer y no punto de partida. Exige que previamente se logre un mínimo de confianza entre las partes, la principal barrera que ha superar el proceso en su etapa inicial.

Fundamental  que las Farc y por arrastre el ELN, entiendan que ni coyunturalmente (por la actual correlación de fuerzas en el frente miliar) ni por las condiciones generales tanto del país como del contexto internacional, es posible su triunfo militar y a la inversa, el sueño uribista de lograr el sometimiento y doblegamiento militar de la guerrilla, es igualmente irrealizable, máxime con una guerrilla abierta al narcotráfico. Pretenderlo solo llevaría a que de manera definitiva esta se “bandolerice” financiada con los millones de la ilegalidad, que llevaría al país a enfrentar  un conflicto completamente degradado, que nos sumiría en un  abismo de violencia criminal mafiosa.

Del narcotráfico no habló Timotchenko en su elocuente videomensaje, aunque el tema está listado en la agenda acordada (“sustitución con planes integrales de desarrollo” y “solución del fenómeno de producción y comercialización de narcóticos”). Tema igualmente espinoso que no podrá  ignorar el acuerdo político,  culminación de la negociación.

El tema rural, con la tierra en su epicentro, es obligatorio en la agenda, dada nuestra historia y la de las Farc, nacidas hace 60 años (¡ increíble !) empuñando la bandera de la reforma agraria.  Bandera que no es marxista sino reformista, como lo  fue el tono del discurso de Timotchenko, vocero de una dirigencia guerrillera con raíces urbanas, diferente a “los históricos” que eran campesinos de pies a cabeza.  Un discurso que habla de equidad ambiental, justicia social, reconciliación, visión de futuro y  “puntos de equilibrio aceptables para todos”. Interesante lo que está sucediendo. Vuelvo a cruzar los dedos y a mirar hacia un futuro desafiante por los riesgos, pero también por las posibilidades que encierra.

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