Así no podemos vivir en Bogotá

12 de septiembre del 2019

Por: Javier Borda Díaz.

Así no podemos vivir en Bogotá

“Toca salir sin chaqueta y llevar lo menos posible para que no lo atraquen a uno”. Eso dice William, un hombre que viste solo una camiseta en la fría Bogotá.  Es consecuente con su argumento. “La inseguridad en Bogotá es terrible, hay mucho ladrón”, apunta este ciudadano en una entrevista reciente para Noticias Caracol.

De a poco nos venimos acostumbrando los bogotanos –y todas sus colonias aquí inmersas- a vivir de una manera irracional. Es decir, no vestir una chaqueta o un abrigo para prevenirse de un atraco es simplemente una locura.

Pero hay muchas más cosas–perversas, digo yo- que se nos volvieron un terrible hábito. Recuerdo haberles dicho a algunas personas –y no pocas veces- algo como: “¿Estás en TransMilenio? Mejor hablamos después, guarda el celular”. Si la persona al otro lado del teléfono está en la calle fácilmente aconsejamos cosas de este tipo. En 2013, el entonces alcalde Gustavo Petro nos propuso no usar el celular en la calle para evitar robos. Insano.

Detengámonos un segundo. ¿Quién sale tranquilo en Bogotá? Creo, tristemente, que casi nadie. Si tu pareja o familiar debe tomar un taxi en la noche es asustadizo. Si tiene que hacerlo en la calle es un suicidio. Si va en Uber tampoco sobra la confianza. Si tu hijo o hermana va de rumba a, qué sé yo, la zona rosa es ridículo el temor ante un posible paseo millonario o atraco con escopolamina.

No podemos vivir así. ¡No podemos acostumbrarnos a vivir así! Cuando manejo el carro voy mirando el asfalto para no pasar sobre esos taches que pinchan las llantas en pocos segundos y luego vienen personas dizque a ayudarte, aunque en realidad es para robarte. Me fijo sobre todo en las alcantarillas porque allí, según me han dicho, es donde suelen poner estos taches. A varias personas de mi trabajo los han intentado robar así, en la calle 80 y la carrera 68.

También me veo inquieto cuando en el trancón queda uno sin margen de maniobra y empiezan a llegar motos por lado y lado del carro. Algunos con parrilleros que atemorizan. En cualquier momento me rompen el vidrio y me roban, pienso durante eternos segundos. Entonces evito dejar el celular a la vista, es más, guardo la maleta y chaqueta en el baúl. Y llevo las ventanas arriba casi todo el tiempo. Dentro de poco, pondré láminas de seguridad a ver si me siento algo más tranquilo, más porque ahora ando con mi hijo recién nacido y a esta gente no le importa nada. El llanto de un bebé es capaz de sacarles una sonrisa a estos degenerados.

Es enfermizo esto. Y espero que no sea yo una víctima más de la paranoia o de una inadecuada percepción de la realidad. (¿Será acaso por ver tantas noticias?) Si tengo dinero en la cuenta de ahorros, dejo la tarjeta debito en la casa. Si voy a salir a tomarme un trago, prefiero llevar una tarjeta de crédito con poco cupo. Si alguien me quiere entregar algo publicitario en la calle, lo rechazo de tajo. Si me quieren preguntar algo, atiendo, pero de lejos. No dejo que nadie se me acerque demasiado. No estoy loco: he escuchado casos cercanos de muchos robos que empiezan así, inocentemente en la calle, con cualquier pregunta tipo “¿Sabes dónde queda esta dirección?”.

Siempre he dicho que para que fluya una conversación entre recién conocidos basta con hablar de robos y atracos. Todos en este país –no solo la capital- tenemos una historia que contar. A mí me robaron un carro en Mazurén; un saco y dinero en el puente de la autopista Norte con calle 170; una gorra en Kennedy; un celular en un bus alimentador; como cinco manzanas que llevaba una vez en una maleta en Transmilenio (no es un chiste); otra vez me robaron la billetera y con mi tarjeta de crédito compraron como 80.000 pesos en McDonald’s, luego tanquearon un carro y pagaron noche de motel (sí que les hice el plan esa vez a los ladrones).

Estoy seguro: a mí me han robado más veces de las que me acuerdo.

Es abrumador lo que cuento y no es fantasioso. Diga usted lo que quiera, pero esta no es una ciudad para un tranquilo vivir.  ¿Estoy exagerando? Del 1 de enero al 26 de junio de este año se contaron 72.749 hurtos en Bogotá, 9.749 más que en 2018, según la Fiscalía. Imagínese a cuánto ascenderá la cifra con todos los casos que no se denuncian…

Lo fácil sería pensar que la solución está en irse, mejor dicho, en largarse de aquí. Pero yo debo decir que quiero y defiendo a Bogotá. Solo que está muy pero muy mal habituarse a estos actos cotidianos de ilusa prevención que en el exterior fácilmente calificarían de terroríficos. ¿Nos falta solidaridad? Desde luego que sí. ¿Deben dejar de chatear los policías mientras prestan servicio? ¡Por favor! ¿Necesitamos penas más severas para los atracadores? Ya es necesario. ¿Podemos hacer algo desde nuestra comunidad? Quizás sí. Eso, y tener cuidado con el celular, con la chaqueta, con la billetera, con los vidrios del carro, con las tarjetas, con los tumultos, con la gente en TransMilenio, con todo… fatal.

En Twitter: @javieraborda 

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